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A Sergio Urrego, dos años después

Género, diversidad sexual y cambio social.

Como educador, no puedo permitir que una vida más se vaya porque no fui capaz de entender, de dialogar y de acercarme al otro. Como ciudadano, no puedo seguir inmóvil y callado. Sergio Urrego, por un año más te pido perdón.

Por: Julián Vargas Hernández*

sergio urrego

Un día como hoy, hace dos años, un estudiante en Colombia tomó la decisión de quitarse la vida. La causa: un sin fin de muestras de intolerancia por parte de las directivas y algunos docentes del colegio donde estudiaba, uno de esos establecimientos educativos que confunden responsabilidad orientadora con prácticas anacrónicas de poder, religión y prejuicio.

A dos años de la muerte de Sergio Urrego, la situación que se lo llevó se sigue repitiendo, no sólo por los perpetradores de violencia que ignoran los convenios, la Constitución política de Colombia y los acuerdos internacionales que llaman a la igualdad y al respeto, sino por quienes confunden la defensa de derechos con palabras de odio, repitiendo así las prácticas violentas de otros.

Sergio Urrego sigue muriendo por quienes creen que una formación fundamentada en el respeto por la diversidad implica la destrucción de la moral y la ética. Así, continuamos ultrajándonos, destruyéndonos y desconociéndonos.

La muerte de Sergio sigue impune, no porque algunos colegios no hayan cambiado sus prácticas discriminatorias o manuales de convivencia, sino porque muchas personas no son capaces de entender lo que el otro vive y aún nos consideramos dueños y señores de las vivencias de nuestros hijos y estudiantes.

Hoy he hecho un ejercicio espiritual, de esos que hacen algunos budistas, hinduistas, judíos, musulmanes, protestantes, católicos… Pensar cómo se sentía, un día como hoy, Sergio Urrego.

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Este era el cuarto de Sergio Urrego.

Quizás se sentía solo, devastado y lastimado. Por más especulaciones que haga, siempre llego al mismo resultado: seguramente estaba destruido y desilusionado. ¿Qué más puede pensar alguien que viene a un mundo donde muchas personas no son capaces de aplicar ni un ápice del amor y del respeto que predican?

Un mundo donde buena parte de quienes lo habitan se limitan a destruir lo que no se parece a ellos, lo que no entienden, a apabullar a quien no comparten sus mismas ideas, a desestimar lo que les invita a pensar que el otro también existe.

Mi práctica de vida me ha permitido aprender que solo puedo controlar lo que viene de mí y que sólo puedo gobernar sobre mí.

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Alba Lucía Reyes, la mamá de Sergio Urrego, y una abanderada de la lucha de su hijo por colegios libres de prejuicios.

Ahora que escribo estas letras, pienso que, como educador, no puedo permitir que una vida más se vaya porque no fui capaz de entender, de buscar dialogar y de acercarme al otro. Como ciudadano, no puedo seguir inmóvil y silente.

No podemos olvidar una ética imprescindible: toda vida es sagrada y hoy no puedo dejar pasar y olvidar que en un 4 de agosto un ser humano decidió quitarse la vida a causa de mis prejuicios y mi cobardía ante la injusticia y la falta de igualdad y ausencia de paz.

Por mi resistencia a entender al otro, Sergio Urrego partió con el peor recuerdo de lo bella que puede ser la vida. Sergio, por un año más te pido perdón.

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*Profesor de Artes Escénicas.

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