Al final del túnel rosado

Al final del túnel rosado

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De muñecos a maquillaje

Después de unos años, poquísimos, el problema de desigualdad en los juguetes pareció desaparecer: ya no tenía que escoger porque ya mi hermana estaba muy grandecita para eso. Al parecer las niñas cambian más rápido o las hacen cambiar, porque su enfoque del mundo se volcó sobre su apariencia. Ahora quería ropa, rosada preferiblemente, que hiciera juego con su maletín del colegio, adornos para el pelo, más ropa y más adornos, mientras que mi hermano, dos años mayor, seguía dándole a los piratas y a las naves espaciales.

Y vuelve y juega la intersección entre el mercado y las convenciones sociales. Todos los almacenes ofrecían ropa y adornos, hasta maquillaje disfrazado de juguetes como los brillos de labio y los polvos, y toda la familia lo demandaba. Ella se los ponía y todos admiraban su belleza y se lo decían: le decían cómo en unos años los niños se iban a morir por ella, y ella se sentía contenta, y así se mantenía este círculo vicioso. Mientras tanto,  mi hermano llegaba embarrado de jugar fútbol a darle otra vez a los piratas y las naves espaciales.

Mi problema ahora no era solo contra las tiendas sino también contra mi hermanita, a quien parecía importarle cada vez menos las actividades que yo proponía y las cosas que le compraba. Supongo que tanta presión se la estaba llevando al lado oscuro, al lado rosado, y estaba cambiándola de manera definitiva a ella y a las demás niñas que la rodeaban, de una manera tan sutil que hacía que todos pensaran que era el proceso natural.

A veces sin embargo, en un descuido del sistema, veía de nuevo la niña que yo sabía debía estar por ahí medio escondida; se le caía el moño y mientras se agachaba a recogerlo, me preguntaba qué estaba haciendo. Me ayudaba a sostener los cables de un aparato que estuviera arreglando y me preguntaba cómo funcionaba, y de ahí pasaba a preguntar sobre la energía eléctrica y cómo se pasaba del muro al cable, y de dónde venía antes del muro, y se sorprendía, y disfrutaba entonces de ser una niña, o un niño, no importa. Después salía mi tía, le recogía el moño y le decía: “A ver mi princesa, cómo se ve de divina toda de rosado, ¡la niña más linda del colegio!”

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