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¡Ay, Dios mío!

Diseñadora de formación y tramposa por vocación, nunca aprendió las tablas de multiplicar. |La opinión de los colaboradores es personal y no compromete a Sentiido ni a institución alguna|

Me niego a creer en un Dios que enseña a punta de sufrimiento, que disfruta viendo a las mujeres sometidas a regímenes extremos, que margina a la gente por su orientación sexual o que celebra que se descuarticen personas en guerras libradas en su nombre.

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Caricatura del chileno Alberto Montt. www.dosisdiarias.com

Y al púlpito me subo hijos míos, para darles un adormecedor sermón. Pero si lo prefieren, también puedo pedirles que nos tomemos de las manos y alabemos al Señor al ritmo de la batería. ¡Alabado sea Dios!

Hoy vengo, hermanos y hermanas, a hablarles de un tema que aunque usualmente se fundamenta en el amor, la caridad y el perdón, en otro momento de la historia me podía haber llevado a la hoguera o a la excomunión: Dios. El padre. El creador.

Para mí, la relación de cada uno con su cuerpo, el dinero y Dios es tan personal que por eso no comulgo con comentarios como “¡uy! pero te subiste varios kilitos, ¿no?” o el popular “Y ¿cuanto te estás ganando?” o el inquisidor: “¿hace cuánto que no te confiesas?”.

Cuando estaba en el jardín infantil, me imaginaba a Dios como una estatua gigante que flotaba boca abajo, arriba de las nubes. Un día, sentada en la arenera, le pregunté a la profesora si Dios podía oírnos desde el cielo, y ella me contestó: “Claro, el puede oírnos a todos”’. “¡Ah! debe tener unas orejas muy grandes”, le dije. Así que a la estatua le añadí dos orejas como las Topo Gigio.

Según fueron pasando los años, mi imagen de Dios se fue modificando: durante la primaria, aparecía en carteles pegados en las paredes del salón de clase, acompañado de ovejas caminando serenamente rumbo al atardecer.

En bachillerato se fue poniendo más complejo, porque entre otras muchas cosas nos decían que debíamos tener “temor” de Él, a pesar de que la cara del que ahora estaba en el afiche, era igual a la de un modelo de Hugo Boss.

Y desde ahí, hasta hoy, no ha dejado de cambiar de cara y gesto, dependiendo de quién habla de Él. Entendí que para cada quien hay un Dios distinto. Por ejemplo, uno era el Dios de la hija de una de las amigas de mi mamá, otro el de las monjas de mi colegio, otro el de un excompañero de trabajo y otro el de un amigo de mis primos.

Milagro en la nevera

Muy conmovida por la muerte de mi papá, se presentó en mi casa Laura, hija de una de las amigas de mi mamá, y fervorosa asistente del grupo religioso Oración Fuerte al Espíritu Santo.

La ausencia de mi padre nos dejaba además de un gran vacío emocional, uno económico. Con esta certeza, Laura entró directamente hacia la nevera, empezó a caminar alrededor de ella repitiendo con los brazos levantados: “¡Te ordeno Señor que llenes esta nevera! ¡Te lo ordeno!”.

Después del ritual con el que proclamaba que Dios era un proveedor, tomó su cartera y se fue. Entonces ¡sucedió el milagro, hermanos míos! Esa misma tarde tocó el timbre de la puerta una clienta de mi papá y nos trajo cuatro cajas de mercado.

El Dios de Hamilton, un vecino de mis primos, aunque también es benévolo, es muy estricto y no le gusta que los seres humanos hagan bromas sobre Él.

Por eso, cuando mi primo estaba contando uno de los clásicos chistes de Jesús y la última cena, Hamilton se le tiró encima, llevando la cabeza de mi primo hacia su pecho, pasándole las manos con desespero. Mirando al cielo decía con angustia: “¡Perdónalo, perdónalo Jehová!, ¡es un chiste, no lo castigues con tu furia!”.

Dos hermanos en la hoguera 

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Era difícil tener “temor” de un dios que nos representaban como un modelo de Hugo Boss. Actor: Jesús Dupaux. Foto: Raúl Acosta.

Otras personas tienen dioses vengadores e implacables, dioses que tienen listo el fuego y la parrilla para nosotros.

En este instante me bajo del altar, hermanos, porque mi excompañero de trabajo Santiago ya me lo informó: me voy a ir al infierno.

Y en tanto van juntando sus piedras para arrojármelas, les contaré mi pecado: me enamoré de un hombre y viví con él, SIN (¡ojo!) habernos casado. Soy peor que un asesino, ¡lo sé!

Cuando Santiago estuvo de viaje por Argentina, país en el que vivo, nos encontramos para tomarnos un café.

Allí, él no dudó en regañarme: “¿Pero qué es lo que te pasa? ¡Estás en pecado mortal!, ¡si te mueres te vas para el infierno!”.

Lo bueno es que no me voy sola. Me voy con uno de mis hermanos de sangre, otro hereje Forero, quien cuestionando con firmeza las enseñanzas católicas de nuestro colegio, se rehusó a recibir el sacramento de la confirmación.

Cuando mi hermano tomó esa decisión, de inmediato sonó el teléfono. Mis papás fueron citados por la monja rectora, quien los interrogó como en un juicio de la Inquisición, por el extraño e inadmisible comportamiento de mi hermano: “¿Será que está escuchando esa música metal de ahora?”, preguntó.

La rectora concluyó la reunión, sugiriendo que tal vez mi hermano estaba poseído por algún espíritu maligno, que habría entrado en él por sus gustos musicales.

Abogada “divina”

A veces me parece injusto que metan a Dios en problemas y lo culpen por las tragedias del mundo. “Dios pensó este dolor para ti”, me dijo alguien a modo de consuelo alguna vez. Increíble. Me niego a creer algo como eso.

Mi Dios es diferente y no es responsable de los actos de los hombres. Tampoco tiene como método de enseñanza el dolor, ni quiere ver mujeres sometidas a regímenes extremos, ni que se margine a nadie por su orientación sexual o que se descuarticen personas en guerras libradas en su nombre.

Creo que no le interesa patentar la palabra “matrimonio”, como una marca registrada para ser distribuida exclusivamente entre algunas personas. Tampoco creo que les vaya a cerrar las puertas del cielo a quienes escuchan determinado tipo de música o que viven de acuerdo con sus sentimientos, sin hacerle daño a nadie. Es mucho más grande de lo que podemos comprender.

Ustedes, ¿creen en Dios?, ¿cómo es su Dios?

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