Centro comunitario LGBT de Chapinero: cuando Bogotá salió del clóset

Centro comunitario LGBT de Chapinero: cuando Bogotá salió del clóset

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En 2015 se cumplen nueve años de la apertura del primer centro comunitario LGBT que existió en Colombia. Aunque hay mucho por celebrar, son numerosos los retos que enfrentan estos espacios.

centro comunitario LGBT
Después de visitar muchas casas, finalmente el primer centro comunitario LGBT que existió en Colombia, estaba ubicado en la Calle 66 # 9 A-28, en Chapinero. Foto: Colombia Diversa.

El 16 de diciembre de 2006 abrió sus puertas el primer centro comunitario LGBT, no solamente de Bogotá, sino de Colombia y de Latinoamérica. Inspirado en iniciativas similares existentes en países como Estados Unidos y Canadá, nació para convertirse en un lugar seguro y amable para las personas lesbianas, gais, bisexuales y trans en Bogotá.

Allí, profesionales de distintas áreas (abogados, psicólogos y trabajadores sociales entre otros) ofrecen información, orientación y asesoría a esta población, así como a sus familiares y redes de apoyo.

“Se constituyó, entre otras cosas, en un lugar para salir del clóset y para aprender a enfrentar el bullying escolar, la discriminación laboral y la violencia intrafamiliar”, afirma Blanca Inés Durán, activista y exalcaldesa de Chapinero.

Según el abogado y activista Germán Humberto Rincón Perfetti, el centro se consolidó como un oasis en medio de las dificultades que muchas personas LGBT deben enfrentar a diario.

Maritza Ochoa, quien estuvo a cargo de su administración los primeros años, recuerda que un día estaba en la entrada conversando con Miguel Rueda, uno de los psicólogos del equipo inicial.

De repente, vieron pasar por el andén a una persona una y otra vez. “Cuando nos dimos cuenta de que lo haría por tercera vez, mi reacción fue abrirle la reja de la casa. Esa persona entró corriendo con miedo de que la vieran allí”.

Se trataba de una mujer trans que no había iniciado su tránsito. “Fue muy reconfortante ver su cambio: al año siguiente ya salía a la calle con falda y tacones”, agrega Ochoa.

El proceso para tener un centro comunitario LGBT en Bogotá no fue fácil. Todo empezó el 22 de abril de 2002, cuando un grupo de activistas se reunió en un bar gay con Luis Eduardo “Lucho” Garzón, hoy exalcalde de Bogotá y con el exmagistrado Carlos Gaviria.

Lucho se comprometió

En ese entonces Lucho aspiraba a la presidencia de Colombia y Gaviria al Senado. El propósito del encuentro era firmar un acuerdo en el que los activistas se comprometían a apoyar sus candidaturas y ellos a liderar proyectos en favor de la igualdad LGBT.

Según Rincón Perfetti, Gaviria no aceptó firmarlo argumentando que él desde las diferentes instancias en las que había estado vinculado, siempre había estado a favor de la diversidad sexual.

Lucho, por su parte, sí lo hizo. Sin embargo, en esa oportunidad Álvaro Uribe ganó las elecciones. Así que él espero hasta 2003 para presentarse a la alcaldía de Bogotá, para el periodo comprendido entre 2004 y 2008 y resultó elegido.

Una vez asumió como alcalde, mantuvo firme su compromiso de respaldar las iniciativas LGBT. Por esto le encargó a Angélica Lozano -hoy representante a la Cámara por Bogotá- a quien había nombrado alcaldesa de Chapinero, liderar algún proyecto.

Según un artículo publicado en El Tiempo en 2011, Lozano se dio cuenta de que las cifras de suicidio en Chapinero eran particularmente altas. Al indagar el motivo, encontró que en muchos casos se debía a la dificultad para asumir una orientación sexual o identidad de género.

Así que después de crear mesas de trabajo con activistas y líderes, emprendió la tarea de darle vida a un centro comunitario LGBT en Chapinero.

“Concluimos que lo mejor para disminuir los prejuicios era generar un espacio en el que la comunidad se articulara. La mejor terapia es la de pares: esa en la que las personas llegan, cuentan sus historias y se sienten identificadas con los relatos de los otros”, dijo Lozano en el artículo publicado en El Tiempo.

El 28 de junio (fecha en la que se celebra el día internacional del orgullo LGBT) de 2006, el alcalde Lucho Garzón ratificó en un evento llamado “Bogotá, territorio de diversidad”, su compromiso de establecer un centro comunitario LGBT.

El primer gran reto a superar fue que los 180 millones de pesos estipulados por la alcaldía de Chapinero, no eran suficientes para garantizar la operación del primer periodo del centro.

Para completar, la aprobación del uso de esos recursos requería del visto bueno de la Junta Administradora Local (JAL) y dos de sus integrantes se oponían férreamente al proyecto.

Una vez superados los primeros tropiezos, la Secretaría de Gobierno le propuso a la ONG Colombia Diversa operar el centro. Pero como esta organización no había administrado un proyecto de tal magnitud, se decidió crear una unión temporal que además de liderarlo, aportara los recursos que faltaban.

La unión logró la plata

Esta unión estaba conformada por Colombia Diversa, que diseñó los servicios; Profamilia, que aportó el respaldo administrativo y la Fundación Arcoíris (Theatron) que lideró varias fiestas para reunir los 100 millones de pesos que se necesitaban.

Otro reto era que solamente disponían de dos meses para conseguir la casa donde el centro funcionaría. Además de cumplir con unos requisitos de espacio, el contrato especificaba entre qué calles y carreras debía estar ubicada.

Vieron varias que les gustaron, pero al saber lo que allí funcionaría los dueños se negaron a arrendarlas. Finalmente don Luis aceptó arrendar la suya. De esta manera, el centro quedó ubicado en la Calle 66 # 9A-28. “Fue un lugar austero, efectivo y acogedor. La gente tenía todos los servicios en un solo espacio”, dice Mauricio Albarracín, director de Colombia Diversa.

Para la activista y abogada Elizabeth Castillo, se cumplió con el eslogan de ser un lugar de encuentro y convivencia con la diversidad. “La gente sabía que podía recibir ayuda calificada de una manera cálida”.

Además de ser un punto de encuentro de personas y organizaciones LGBT, en el primer centro comunitario se llevaban a acabo diariamente charlas, talleres y foros. Foto: Colombia Diversa.
Además de ser un punto de encuentro de personas y organizaciones LGBT, en el centro comunitario de Chapinero se llevaban a a cabo, diariamente, charlas, talleres y foros. Foto: Colombia Diversa.

Además de los servicios planeados, en el centro se llevaban a cabo tardes de juegos, cine foros, cursos y talleres. Allí nacieron grupos como Colectivo Hombres Gay, Sentido Bisexual y Diversidad Somos Todos (Disoto).

Fue entonces cuando la administración distrital decidió que lo operaría directamente. Esto era justamente lo que sus directivas esperaban para garantizar que los servicios que prestaban, que eran gratuitos, fueran cubiertos por el Estado.

El primero de febrero de 2009, el centro pasó a manos del Instituto Distrital de Participación y Acción Comunal (IDPAC), bajo la dirección de la Gerencia de Mujer y Géneros. Ahora sería el Centro Comunitario Distrital LGBT.

“Al quedar en manos del IDPAC, se cambió el foco porque se concentraron en participación ciudadana y no en el concepto de bienestar y de prestación de servicios que se tenía. No fue algo premeditado sino producto de la filosofía administrativa en la que quedó”, enfatiza Elizabeth Castillo.

La administración distrital decidió apostarle no solamente a un espacio sino a una estrategia de centros comunitarios. Así, nació uno itinerante para llevar estos servicios a las diferentes localidades de Bogotá y uno en Bosa: ambos cerraron tiempo después.

Mártires, un nuevo centro

Sin embargo, el 31 de marzo de 2014 fue inaugurado el Centro de Atención Integral a la Diversidad Sexual y de Géneros (CAIDS) de Mártires, enfocado en atender a población LGBT vulnerable como las mujeres trans en situación de prostitución, personas que fueron abandonadas por sus familias y niños y jóvenes que son víctimas de explotación sexual.

En 2012, en la administración de Gustavo Petro, el Centro Comunitario Distrital LGBTI pasó del IDPAC a la Secretaría Distrital de Integración Social, bajo el liderazgo de la Subdirección para asuntos LGBT.

Fue entonces cuando la administración distrital tomó la decisión de trasladar el centro comunitario de Chapinero a Teusaquillo. Según explica Juan Carlos Prieto, director de la Dirección de Diversidad Sexual, la idea era ubicarlo en un sector más céntrico y ofrecer una atención más distrital y menos local. Ahí llegaron nuevos nombres para este espacio como Centro de Cuidadanía LGBT y finalmente CAIDS.

Varios activistas se opusieron a dicho traslado señalando que Chapinero es una de las zonas con mayor concentración de personas LGBT viviendo, trabajando o llevando a cabo su vida social. En 2006 se identificó que en esta localidad estaban ubicados 104 establecimientos, de los 136 que había en la ciudad, orientados a las personas LGBT.

para Prieto, era importante sacar del imaginario que las personas LGBT solamente están en Chapinero.

“Este traslado ha hecho visibles organizaciones de otras zonas de la ciudad. Además, Teusaquillo es una localidad conservadora y se pensó que la presencia de este centro podría traer transformaciones culturales importantes. Cuando llegó, se presentaron algunos actos de vandalismo, pero casi tres años después forma parte de la cotidianidad del sector”, afirma Prieto.

¿Y los servicios?

Otra de las polémicas que surgió cuando el centro comunitario pasó a manos del distrito fue que los servicios legales que se prestaban, como asesorías para llevar a cabo uniones maritales o elaborar tutelas, se restringieron a unos días y horas a la semana.

En una entrevista concedida a Sentiido en abril de 2014, Juan Florian, director de la Subdirección para asuntos LGBT, dijo que la presencia de los abogados en estos centros no es competencia de esta entidad. “Ese es un acompañamiento que hace la Secretaría de Gobierno a través de la Dirección de Derechos Humanos”, afirmó.

Según una fuente consultada por Sentiido que solicitó mantener su nombre en reserva, es importante que el centro preste servicios legales allí y no en otro lugar, todo el tiempo que esté abierto y no solamente unos días y a unas horas.

Sin embargo, para Blanca Inés Durán, la población LGBT cada vez tiene más igualdad en sus derechos y ya no es necesario un acompañamiento jurídico como el de antes. “La gente cada vez es más consciente de qué debe hacer en caso de discriminación”.

Para algunas personas, lo ideal es que la gente pueda ir a un solo lugar para recibir atención psicológica y legal. Así, se evita que se vean obligadas a acudir a diferentes instituciones, lo que conduce a que no reclamen sus derechos.

Varios activistas coinciden en que el servicio de psicología debe ser una de las prioridades de estos espacios. “De manera que les permita a las personas no solamente saber cómo salir del clóset, sino tener la autoestima suficiente para exigir en la sociedad el lugar que les corresponde y el respeto que se merecen”, señala Durán.

El problema, explica Elizabeth Castillo, es que ella conoce casos de personas a las que ha referido al centro y el profesional de psicología ha llegado cuatro horas tarde a la cita.

“Se necesita un servicio permanente. Cuando el centro era operado por la unión temporal, teníamos una lista de espera de hasta tres semanas y contábamos con psicólogos de planta y varios voluntarios”, dice Castillo.

Otra de las críticas que el centro recibió desde que pasó a manos de la administración distrital es que ya no tiene una programación diaria tan completa. “Antes, la gente llegaba y siempre había alguna actividad o alguien con quien hablar y eso se perdió”, afirma la activista Laura Weins. No obstante, el blog de la Subdirección para Asuntos LGBT tiene publicado un horario con la programación diaria.

Para Weins, el actual centro perdió la esencia comunitaria. “Es importante que la gente se sienta parte del centro, pero no desde una línea asistencial sino más de empoderarlas”, enfatiza.

¿Una oficina pública más?

Según Castillo, la sensación que tiene ahora es que la gente percibe cada vez más lejano este centro y usa menos sus espacios. “Muchas personas sienten que están entrado a una dependencia institucional o a una oficina pública más. Alguien me dijo que no había ninguna diferencia entre ingresar al centro comunitario o a una EPS”, señala Weins.

Para Blanca Inés Durán, cuando el centro pasó a manos de la alcaldía, asumió un carácter más institucional. “Algunas personas lo ven menos amable o libre por esto, pero lo cierto es que lo hace más permanente”.

“Cuando algo se vuelve institucional gana en unos sentidos pero pierde en otros. En este caso se ganó en sostenibilidad pero se perdió en el sentido de que la institucionalidad es cuadriculada, tiene reglamentos y formatos que no tienen los proyectos cuando son más comunitarios”, agrega Durán.

En su opinión, al pasar de un centro en el que todas las personas podían estar cuando quisieran, a un espacio institucional donde hay unos protocolos a seguir, se pierde en flexibilidad y eso lo resienten las organizaciones.

Para Rincón Perfetti, lo que se perdió no tiene que ver tanto con el centro comunitario, sino con la compra de conciencias del activismo por parte del Estado. “Muchas personas que han sido activistas pasaron a engrosar las nóminas de estos espacios, lo que impide que se expresen como antes: ahora tienen un compromiso institucional”.

Una segunda fuente consultada por Sentiido que también prefiere mantener su nombre en reserva, asegura que esta administración ha invertido recursos significativos en temas LGBT, pero no se ven resultados impactantes ni una contabilidad abierta al público sobre su manejo.

“Se ven más funcionarios e instituciones pero es importante que la información sobre cómo y en qué se invierten los recursos, sea más visible”, afirma.

En últimas, continúa, falta mayor veeduría del movimiento. “Esto en parte responde a la falsa creencia de que no es aconsejable hacer control porque es mejor que existan estos centros a que no haya nada”.

Información clara a mano

Para Elizabeth Castillo, ahora que se acerca un cambio de administración distrital, es clave que los centros comunitarios muestren unos resultados sólidos, una información unificada, clara y a mano para cualquier persona sobre presupuestos, inversión, cuánta gente atienden diariamente, impacto, número y actividades de los funcionarios, etc.

“Que no sea necesario conseguir estas respuestas a través de un derecho de petición sino que sea algo sistematizado y fácil de encontrar”, afirma.

Juan Florian coincide en que es importante que las personas LGBT se sientan sujetos de derechos para que hagan veeduría y control, de manera que la política pública LGBT no se caiga en una próxima alcaldía.

Según Castillo, vale la pena mantener esta apuesta. “Por eso es importante que haya resultados serios y fortalecer los centros en cuanto a la prestación de sus servicios, para que no se contemple la posibilidad de desmontarlos”.

Blanca Inés Durán va más allá para hacer énfasis en que es momento de hacer una evaluación integral de la política pública LGBT.

“Mirar qué ha pasado en Bogotá, si se han reducido los índices de discriminación, si se ha cambiado la percepción sobre las personas LGBT y si ha resultado útil para mejorar la calidad de vida de esta población, de manera que se puedan llevar a cabo los ajustes necesarios”, concluye.

Actualización 19 de marzo de 2015: aunque algún material de la Alcaldía de Bogotá y fuentes consultadas por Sentiido señalaron que la fecha de apertura del centro comunitario LGBT de Chapinero fue el sábado 16 de diciembre de 2006, la activista y abogada Elizabeth Castillo afirma que, con seguridad, fue el martes 19 de diciembre.

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