¿Cis qué?

¿Cis qué?

Coordinadora de proyectos en Sentiido. Doctora en Lenguas y Literaturas Romances (Universidad de California, Berkeley). Profesora de Género y Sexualidad y Literatura Latinoamericana en American University (Washington DC).
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En los últimos años ha empezado a circular el término “cisgénero” en los debates y estudios sobre la diversidad sexual y de género. ¿Qué significados tiene y para qué se usa?

Personas de todo tipo
Foto: Giovana Milanezi

En los últimos años una sopa de letras y términos se ha tomado el mundo de la lucha por la igualdad.

Académicos y activistas usan con fluidez prefijos, acrónimos y palabras que muchas personas no logran comprender.

La desinformación es generalizada y la confusión impera incluso entre aquellos que demuestran compromiso y simpatía por el reconocimiento igualitario de los derechos de las personas con identidad de género y orientación sexual diversa.

Esta falta de claridad es grave pues apunta a una brecha entre activistas y académicos, y la sociedad que pretendemos transformar para bien. Parte del problema se debe a la rapidez con la que aparecen expresiones nuevas o caen en desgracia formas que hasta pocos años eran las más usadas y conocidas.

Sin embargo, que las palabras nazcan, crezcan, se reproduzcan y mueran con rapidez no significa que carezcan de sentido o importancia. De hecho, uno de los ejes del movimiento por la igualdad es resaltar que las palabras sí importan, y mucho, y que las buenas intenciones de un hablante no las despojan de su carácter ofensivo o denigrante.

Más aún, en varias ocasiones he señalado cómo el lenguaje que los medios masivos de comunicación  usan con frecuencia para hablar de las personas con identidades de género y sexualidades diversas tiene serias consecuencias sociales, aún cuando las intenciones manifiestas del artículo sean las de “reportar objetivamente” un evento, contar una historia o, incluso, apoyar una causa.

Con esta idea ya hemos escrito definiciones cortas que pueden contribuir a entender mejor términos como trans, transexual, transgénero y travesti. Sin embargo, hablar de personas “transgénero” sin hablar de “cisgénero” es como hablar de “homosexualidad” sin mencionar la “heterosexualidad”. Es más, a pesar de que casi nadie conoce la palabra “cisgénero”, la gran mayoría de personas en el mundo podríamos ser clasificadas de esta manera.

La palabra “transgénero” resulta de la mezcla de la partícula latina “trans” que significa “del otro lado de” y la palabra “género”. El género se refiere a las expectativas sociales, históricas, raciales y culturales que determinan el papel que los cuerpos tienen en una sociedad determinada en un contexto histórico específico.

En otras palabras, el género es un complejo sistema de jerarquías sociales constituido por las características que le damos a un cuerpo una vez éste ha sido clasificado como “femenino” o “masculino”.

El prefijo “cis” también proveniente del latín, significa “del lado de”. Si usted es una persona cuya identidad de género está alineada con el sexo que le asignaron al nacer, usted es una persona “cisgénero”. Por ejemplo, cuando nací a mí me asignaron el género “femenino” que es el mismo con el que yo me identifico. Por eso yo soy una mujer cisgénero.

El término se empezó a usar en círculos académicos estadounidenses en la década de los noventa y en los últimos años se ha extendido pues tiene la ventaja de despatologizar la diferencia.

Con mucha frecuencia escuchamos o leemos diferentes versiones de “no es una mujer de verdad, es un travesti”, “es impresionante, parece una mujer, pero es hombre” o “es increíble que tenga tanta barba y una voz tan gruesa cuando en realidad es mujer”. Estas expresiones señalan que ideológica, cultural y gramaticalmente la partícula “trans” degrada la categoría “mujer” u “hombre”.

Hablar tanto de “hombres y mujeres cisgénero” como de “hombres y mujeres transgénero” es un pequeño paso para empezar a combatir estos arraigados prejuicios socioculturales. Permite igualar el terreno ideológico de los términos al resaltar que hay, al menos, dos tipos de hombres y mujeres y que las personas trans son tan hombres o tan mujeres como sus homónimos cis.

Al reconocernos como cisgénero visibilizamos el hecho de que también nosotros tenemos una relación identitaria entre género y sexo, pero que ésta, por ser la más frecuente, no es la única posible ni implica superioridad moral o normalidad.

Aunque puede parecer innecesario agregar un término más al ya de por sí complejo vocabulario y alfabeto de la diversidad sexual y de género, la palabra es importante si tenemos en cuenta el principio básico de que lo que no se nombra no existe.

La historia de las palabras

Pensemos, por ejemplo, en la historia de la palabra “heterosexual”. En una carta personal fechada el 8 de mayo de 1868, el periodista y pensador austro-húngaro Karl Maria Kertbeny usó por primera vez las palabras “heterosexual” y “homosexual”.

Kertbeny estaba intentando articular un sistema de reclasificación de tipos sexuales que hiciera uso de un lenguaje neutro que reemplazara expresiones peyorativas como “sodomita” y “pederasta”. La idea era que este lenguaje contribuyera a despatologizar y descriminalizar los actos sexuales entre adultos del mismo sexo que eran castigados por las leyes prusianas de la época.

Aunque la palabra “homosexual” tuvo mucho éxito y fue rápidamente acogida por la ciencia médica, el objetivo de Kerbeny no se logró. Hoy en día los actos homosexuales son ilegales en Jamaica, Yemen, Nigeria, Arabia Saudita y Sudán entre otros.

En cuanto a patologización se refiere, la homosexualidad fue clasificada como trastorno mental por la Asociación Americana de Psiquiatría hasta 1973, y la Organización Mundial de la Salud hizo lo propio durante 17 años más. Es decir, que la homosexualidad fue considerada una enfermedad mental para la ONU hasta 1990.

Los términos transexual y transgénero también tienen una compleja historia en la que se mezcla la criminalización y la enfermedad con la reivindicación de derechos y la celebración de la diferencia.

El término transexual fue introducido en la literatura médica a principios del siglo XX para diferenciarlo de “travesti”. En este contexto específico, el travesti era definido como alguien que se vestía momentáneamente con las ropas del sexo opuesto principalmente por razones eróticas, mientras que el transexual aspiraba a cambiar de sexo permanentemente.

La palabra comenzó a popularizarse en 1949  con un célebre artículo del doctor D. O Caldwell llamado “Psychopathia Transexualis” pero se volvió aún más conocida en 1952 con el muy publicitado “cambio de sexo” de Christine Jorgensen. Durante las décadas siguientes el trabajo de doctores como Harry Benjamin en los Estados Unidos ayudarían a definir el término, visibilizar la existencia de las personas trans y abogar por sus derechos.

Pese a las muchas limitantes que tuvo–y continúa teniendo— este discurso articulado con la medicina, el trabajo de doctores como Harry Benjamin fue clave para que muchas personas tuvieran acceso a los servicios médicos y sociales que tanto necesitaban y para empoderar a una primera generación de activistas y académicos.

El término “transgénero”, aunque se ha usado de manera fluida y cambiante desde hace años, empezó a usarse con un significado más estable en el mundo del activismo y la academia de los Estados Unidos. Esto sucedió hacia la década de los noventa para incluir a un grupo amplio de personas que transgreden las nociones establecidas del género en mayor o menor grado. Esto implica que hay una amplia gama de identidades que están cobijadas bajo esta rúbrica.

Ser “normal” o “pervertido”

En Latinoamérica estos y otros términos tienen una historia diferente, cambiante y única que da cuenta de la especificidad histórica y cultural no sólo de la región sino incluso de cada país. Por ejemplo, en Argentina, el país con la ley de identidad de género más avanzada del mundo, el término más usado para hablar de la variedad de identidades de género es travesti, no transgénero.

Gracias al trabajo que muchos activistas, intelectuales e incluso médicos han hecho en las últimas décadas para avanzar los derechos de las personas LGBTI, hoy en día todas estas palabras presentan opciones útiles para quienes estamos haciendo un esfuerzo por quitar la carga negativa de estos términos y visibilizar y nombrar la diferencia sin demonizarla.

Sin embargo, aún con los avances y el reconocimiento cada vez mayor de las personas trans, hasta el 2013 el transexualismo se encontraba listado en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales como un trastorno de la identidad. Hoy en día la “disforia de género” todavía forma parte del manual.

Más aún, el esfuerzo que implica categorizarnos a nosotros mismos desde esta óptica hace que repensemos nuestras propias relaciones con nuestro cuerpo, nuestro deseo y nuestra identidad.

Ya no se trata de ser “normal” o “pervertido” sino de reconocer nuestras diferencias y nombrarlas sin juicios de valor que impliquen el despojamiento sistemático de la dignidad, el respeto y derechos fundamentales como la educación, el trabajo, la salud y la vivienda.

Seguramente las palabras seguirán cambiando y multiplicándose, y está bien que así sea pues esto indica que como sociedad seguimos analizando y cuestionando cómo la forma en la que nos nombramos a nosotros mismos y a los demás impacta y moldea nuestros cuerpos, deseos y sociedades. Después de todo, con esta sopa de letras hay que hacer lo que se hace en Latinoamérica con todas las sopas: echarle agua pa’ que sean más los que se puedan sentar a la mesa.

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