Cuando el amor se confunde con posesión

Cuando el amor se confunde con posesión

Diseñadora de formación y tramposa por vocación, nunca aprendió las tablas de multiplicar. |La opinión de los colaboradores es personal y no compromete a Sentiido ni a institución alguna|
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¿Por qué algunas personas creen que “amor” es sinónimo de “posesión” y que los vínculos otorgan derechos sobre el cuerpo del otro? Por esto vemos a diario casos de mujeres violentadas por parejas o ex que se sienten sus dueños.

Cuando el amor se confunde con posesión
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) la mayoría de los casos de violencia contra las mujeres son cometidos por sus propias parejas, por la creencia de que les pertenecen. Ilustración: Brian Cathcart con Creative Commons.

Últimamente, cada vez que por alguna circunstancia me encuentro con mi ex, la conversación se reduce a lo mismo: “¿Cómo andas?, ¿y tu mamá?, ¿y tu hermana?, ¡qué bueno, me alegra mucho!”.

Su tono de voz empieza a volverse ridículamente seductor cuando remata con un: “¿cuándo me invitas a tu casa a cenar? Luego podemos ver una ‘peli’ y tal vez…“. ¿Ah? No encuentro otra manera de poner mi asombro por escrito. La frase queda en puntos suspensivos, pero el mensaje es claro. No es difícil imaginar el final.

Mi respuesta es siempre la misma: “Mira, lo que puedo ofrecerte es que vayamos a tomarnos un café, pero lo demás nunca volverá a pasar. ¡Nunca!”. Aunque pienso que soy clara, mis palabras son ignoradas. Y cuando volvemos a encontrarnos en reuniones de amigos en común, nuevamente se acerca y repite el mismo cuestionario, incluido el final.

Al principio me causaba gracia lo irónico de la situación: experimentar la gloriosa “volteada de roles”, después de que él decidió terminar la relación. Pero con el paso de los días lo he seguido “masticando y ahora intento buscar una explicación a su actitud.

¿Por qué será que él sigue pensando que tiene derecho a disponer de mí? o ¿qué le hará pensar que no está fuera de lugar hacerme esa propuesta? Y lo que más me enoja: ¿qué pasaría si yo todavía estuviera enamorada de él y entendiera sus palabras como un deseo de volver a empezar? A él nada de eso le importa.

En todo esto descubro un egoísmo proveniente de la idea de que ese otro que algún día nos amó, nos pertenece.

Identifico en su comportamiento una lógica similar al “intercambio de mujeres” por cabras o camellos, tradición tristemente célebre en algunos países y que infortunadamente hoy continúa practicándose.

Allí, la mujer se convierte en una mercancía, en un bien intercambiable como cualquier mueble de la casa, que forma parte de un inventario bajo el nombre de su “dueño”: un “algo” sin voluntad ni sentimientos.

Estoy a punto de creer que este hombre tiene un concepto similar en su cabeza: que soy de “su propiedad, que como entre nosotros existió un vínculo, esa familiaridad le da derecho a “pasar un buen rato conmigo” y que “no hay que ponerle tanta tiza al asunto si finalmente ya nos conocemos bien”.

Propietarios del presente y del pasado

Creer que el otro es una propiedad no es un pensamiento exclusivo de quienes alguna vez formaron una pareja. También sucede entre personas que están juntas y se traduce en celos, maltratos y constantes cuestionamientos.

Muchas personas desearían que su pareja hubiera nacido en el momento en que se conocieron. No soportan que hayan tenido otras vivencias, otros amigos, otros amores. Y luchan obsesivamente por borrar los recuerdos de la “vida anterior de quien supuestamente aman.

Hace poco estaba hablando por WhatsApp con un viejo amigo. Él vive fuera del país y hace dos años no nos vemos, pero nuestra amistad continúa y seguimos en contacto.

Le pregunté por su vida, por sus proyectos y, repentinamente, en medio de la charla, me dice que su esposa tiene un ataque de celos y que está de mal genio, por lo que no podemos seguir hablando y se despide.

¿Ah? Nuevamente no encuentro otra manera de poner en palabras mi sorpresa. A su esposa le molesta nuestra amistad. No nos perdona habernos conocido y haber compartido experiencias antes de que ella entrara a su vida.

Supondrá que quiero seducirlo a distancia, que pretendo enamorar a mi amigo virtualmente. Dará por hecho que él corresponde a mi “seducción imaginaria”. Cuando uno cree que el otro le pertenece, siente que es dueño de sus deseos y pensamientos.

¿Dónde queda el otro?

A diario vemos noticias de mujeres violentadas por sus parejas o ex, algunas de las cuales han sido denunciadas y tienen, incluso, órdenes de restricción para acercarse a ellas. Sus agresores, sin embargo, están convencidos de que tienen derecho sobre sus cuerpos y sus vidas.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la mayoría de los casos de violencia contra las mujeres son cometidos por sus propias parejas, por la creencia de que es “una posesión”. No obstante, la idea de que mi pareja me pertenece persigue tanto a hombres como a mujeres.

El filósofo argentino Darío Sztajnszrajber, en su programa Mentira la Verdad hace una excelente reflexión sobre el amor y el sentido de la posesión:

Si el amor me llena, me completa, me expande, me engorda; entonces cuando amo el otro sólo es un objeto para mí. Pero, ¿dónde queda el otro? Es que si el amor tiene que ver conmigo, ¿importa quién es el otro? O ¿importa que ese otro encaje justo en lo que yo necesito que el otro sea? Y si así fuera, ¿no se transforma el amor en una relación conmigo mismo?“.

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