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De cómo me convertí en “señora”

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Tengo 31 años y por primera vez me llaman “señora”, lo que durante años consideré sinónimo de vejez o, en otras palabras, un insulto. Hoy estoy convencida de que ser señora es un lujo, la libertad desbordada de ser.

Por: Valentina Montoya Robledo*

cómo me convertí en "señora"
Aprendí de mi mamá que debemos estar orgullosas de las marcas que tenemos en el cuerpo, reflejan sabiduría y aprendizaje. Foto: Archivo particular.

Vuelvo a Colombia luego de cinco años para quedarme una larga temporada haciendo trabajo de campo para mi doctorado en Derecho. Tomo el taxi en el aeropuerto y el conductor amablemente me pregunta: “¿para dónde va la señora?“.

Me miro en su espejo retrovisor y pienso alarmada: “¿señora yo? ¡Pero si solo tengo 31 años!“. Repaso en mi cabeza cada milímetro de mi cuerpo: sí, tengo un par de arrugas a los lados de mis ojos, una parte de mi pelo pintado de mono, no llevo esmalte ni maquillaje, tampoco anillo de matrimonio y tengo puestos unos Converse plateados.

“Mi primera pregunta es: ‘¿cómo que ahora me llaman señora?’. la siguiente, tal vez la más importante, es: ¿por qué me importa?”

Como muchas mujeres, crecí en un entorno en el cual ser vieja es el peor de los insultos y “señora” es una palabra que va por ahí. Desde chiquita, preguntona y metiche, me enseñaron que era de mala educación preguntarles a las mujeres por su edad.

Todas en mi familia paterna se quitaban los años, y yo, cual detective secreto, les sacaba las cédulas de la billetera para hacerles las cuentas. En la casa de mi abuela, Rosalba, la empleada del servicio doméstico, llamaba a mi tía Olga, quien no se casó, “señorita Olga” aunque tenía 70 años. (Ver: Y tu matrimonio… ¿Para cuándo?).

Cuando mis tías me llamaban y yo contestaba “¿qué?“, me regañaban diciéndome: “¿Qué? ¡no señora!“. Parecía que ser señora era algo respetable, algo que algún día sería, pero también era un calificativo que venía con la edad y que pocas querían tener.

El mensaje, en todo caso, era confuso: ser vieja era malo, ser “señorita” era para las no casadas, ser “señora” era respetable, pero ser “señora” sin estar casada era definitivamente estar vieja…

En medio de tanta confusión, lo que nunca imaginé era que a mí algún día me llamarían “señora” y, mucho menos, que me iba a caer como un balde de agua fría.

No había marcha atrás

No importa la ropa que usara ni la cantidad de base en mi piel, ya no me veía tan joven como antes. Ese “señora” apretó en mí una serie de botones de educación, herencia y tradición que retumbaron en mi cabeza y que me llevaron a pensar por qué.

En nuestra cultura y a pesar de que queramos creer que no es así, el culto a la juventud es una constante reforzada por la industria de la belleza que nos vende productos, cirugías y ropa diseñada para no aceptar el paso de los años.

Vemos en televisión mujeres que no pueden sonreír a punta de Bótox y hombres de 80 años saliendo con mujeres mucho menores, tratando de que ellas los hagan ver más jóvenes.

Nos ponemos silicona a los 45 años para que no se note la ley de la gravedad y nos fajamos para tener las curvas que tal vez tuvimos a los 20 aunque eso implique quedar sin respiración.

“La cosa es especialmente difícil para las mujeres. Por años nuestro valor social estuvo en la belleza que solo concebimos en alguien joven”.

A un hombre maduro lo califican de “interesante”. Una mujer madura es un mueble más. Al dedicarnos durante años a la apariencia, gastamos horas tapando lo inevitable en lugar de usarlas alimentando nuestra alma y nuestra cabeza para ser mejores seres humanos.

Pero además la situación es desigual en los adjetivos que usamos para describir a hombres y mujeres adultas. Mientras ellos son simplemente “señores”, las mujeres tenemos una división entre “señoras” y “señoritas”. En Francia hace varios años eliminaron esa división y solamente dejaron “madame”.

cómo me convertí en señora
Mientras ellos simplemente son “señores”, las mujeres tenemos una marcada división entre “señoras” y “señoritas”. Foto: Kim con Creative Commons.

Las “señoritas” son tradicionalmente las que no están casadas, pero más allá de eso es una división sexista, porque está basada en esa idea cultural de la virginidad que tanto daño nos ha hecho.

¿Acaso no hay hombres vírgenes? ¿El valor de una mujer viene de su virginidad y, por tanto, es mejor ser “señorita” que “señora”? ¿Cómo se deja de ser virgen: implica penetración de la vagina por un pene?

¿Qué pasa, entonces, entre las parejas del mismo sexo? ¿Y con las personas trans? En fin, muchas preguntas absurdas y pocas respuestas convincentes para algo que construyeron quienes ven en las mujeres solo máquinas para hacer bebés. (Ver: “Ser mamá no es un instinto ni un mandato, es una elección”).

Ver el mundo diferente

Lo más grave de todo es la desidia con la que vemos a las mujeres mayores. Parece que no sirvieran para nada. Yo, sin embargo, viendo el florecimiento de mi mamá y de muchas amigas de más de 50 años con las que me he encontrado, he empezado a ver el mundo distinto.

Las mujeres que logran sobrepasar la superficialidad de ese cuerpo joven que todas las personas inevitablemente perderemos, adquieren una sabiduría y una forma de vivir extraordinaria. Entienden su valor para el mundo, no se dejan manipular ni por la sociedad ni por maridos sino que viven libremente. (Ver: Nunca es tarde para subir la montaña).

Mujeres que viajan, aprenden, conocen y se dedican a las actividades que llenan su espíritu. Mujeres que ayudan a los demás, a veces a otras mujeres, y que se reúnen a divertirse y a pensar en lo divino y en lo humano sin nada que las ate.

Yo aprendí de mi mamá que cada año que pasa es una razón para agradecer por tanto que nos ha dado la vida. Que las marcas en el cuerpo son cicatrices de las que tenemos que estar orgullosas porque reflejan sabiduría y aprendizaje.

El amor por nosotras mismas tiene que ir más allá de imposiciones sociales. Pero sobretodo aprendí que ser señora es un lujo que implica una libertad desbordada de ser y no una carga contra la que tenemos que batallar. Y pues sí, soy orgullosamente una “señora”.

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*Abogada y activista en derechos de las mujeres, estudiante de doctorado en Derecho en la Universidad de Harvard (Estados Unidos), autora del blog: Abriendo el Closet.