Inicio Blogs Discriminar mata

Discriminar mata

Abogada, experta en Derechos Sexuales y Reproductivos. Activista feminista por la no violencia contra las mujeres y por la igualdad de derechos LGBT. |La opinión de los colaboradores es personal y no compromete a Sentiido ni a institución alguna|
La medida de aseguramiento a dos directivas del colegio de Sergio Urrego es un acto de justicia, que también despierta dilemas sobre cómo actúan quienes discriminan. Reflexión en el día de la No Homofobia.
dia de la no homofobia
“No me gusta que el derecho penal sea la vía para hacer cumplir nuestros derechos. Quiero creer que un día no será necesario”.

La Fiscalía General de la Nación acaba de tomar la decisión de privar de la libertad a dos de las directivas del Gimnasio Castillo Campestre, porque todo indica que sus acciones y las múltiples estrategias que utilizaron contra Sergio Urrego fueron las que finalmente precipitaron su decisión de suicidarse.

Estoy convencida de que cada vez es más la gente que respeta que la que discrimina. Familias, vecinos, compañeros de trabajo, millones de personas han entendido que respetar al que es distinto es un presupuesto mínimo de la convivencia y obran en consecuencia día a día.

Sin embargo, son muchos los que siguen alimentando la discriminación con sus discursos de odio, desde los púlpitos o desde sus cargos: docentes, profesionales, en sus familias o como funcionarios públicos. Aún mucha gente considera que rechazar y discriminar es la mejor manera de “proteger a la familia” o de evitar “el caos en la sociedad”.

El derecho penal es la ultima ratio, el recurso extremo al que debe acudirse cuando no se han logrado resultados por otros medios menos lesivos. Hemos intentado de muchas maneras hacer llegar el mensaje de los peligros que entraña la discriminación. Hemos debatido, hemos escrito y hemos realizado acciones simbólicas de todo tipo para enviar el mensaje de que tenemos los mismos derechos y de que quienes se oponen a esos derechos son las personas que deberían ser señaladas.

Siento un dilema que no logro resolver. Por un lado, reconozco el enorme peso y la importancia que tiene la medida de aseguramiento a dos de las directivas del Gimnasio Castillo Campestre para la lucha por la igualdad. Sé el gran valor que tiene que el hecho de que se condene a una persona por discriminar a un homosexual y sé la contundencia del mensaje que implica para todos los colombianos: discriminar mata y quien lo hace debe responder, no importa el lugar de poder en el que esté.

Pero no siento alegría por la decisión. Esas mujeres que probablemente pasarán unos años privadas de la libertad, actuaron con la profunda convicción de que hacían lo correcto. Creían –y probablemente seguirán creyendo– que ser homosexual es una conducta anómala que debe ser corregida y su convicción ha sido alimentada sin tregua por los discursos de personas como Alejandro Ordoñez, quien no ha dejado de emitirlos desde que se desempeña como Procurador General de la Nación.

Pero también se han debido sentir validadas por pastores que hablan de la abominación de ser homosexual o por sacerdotes que llaman “mariconcitos” a los homosexuales. Esos discursos desde los púlpitos son venenosos, se repiten insistentemente y se replican sin mayor criterio, porque lo dijo el cura o porque lo dijo el pastor.

Creo que el desasosiego que siento está conectado con esta situación.

Los que alimentan el odio con sus discursos no se hacen responsables por los resultados.

Las frases y los pronunciamientos constantes en contra de los derechos de las personas LGBT en Colombia son los que le dieron una idea de legitimidad a las directivas del colegio. Esas frases son las que les hicieron sentir que hacían lo correcto.

Hoy pasarán la noche privadas de la libertad dos personas  que actuaron de forma indebida y discriminadora, pero que lo hicieron alimentadas por los discursos moralistas de esos emisores de veneno que se amparan en sus cargos para atacar sin tregua a esa homosexualidad que identifican como diabólica.

No me gusta que el derecho penal sea la vía para hacer cumplir nuestros derechos. Quiero creer que un día no será necesario y que el respeto y la autorregulación serán suficientes.

Sin embargo, mientras ocurre, quisiera que la ley antidiscriminación fuera un mecanismo efectivo no solo para sancionar a quienes finalmente ejercen los actos violentos, sino para sancionar drásticamente a quienes alimentan la discriminación con sus discursos.

Quisiera que esos parásitos del movimiento LGBT, que con su oposición frenética a nuestra causa logran figuración, entiendan que al emitir sus discursos de odio están alimentando también crímenes de odio.

Enlaces relacionados:

Sergio Urrego
La guía que hizo falta en el colegio de Sergio Urrego
El suicidio de un joven homosexual
Inclusión educativa LGBTI, un camino que apenas comienza
El bullying por homofobia debe salir del clóset
Los tres ejes de la Fiscalía en su apuesta por la diversidad

Comentarios

Comentarios

Powered by Facebook Comments