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¿El regalo es para niño o niña?

Coordinadora de proyectos en Sentiido. Doctora en Lenguas y Literaturas Romances (Universidad de California, Berkeley). Profesora de Género y Sexualidad y Literatura Latinoamericana en American University (Washington DC).

Cada vez que voy a comprar un regalo para un ‘baby shower’, me estrello con esta pregunta de la que nadie puede escapar y que, aparentemente, define el futuro de los niños por nacer.

Al decir “es un niño” se nos está diciendo: “te gustarán los deportes”, “te prestarán el carro para que recojas a tu novia y la regreses a su casa por la noche”. Foto: Federika.

Soy una mujer colombiana de 33 años. Esto quiere decir que desde hace más o menos 5 he sido invitada a un número considerable de lo que, a falta de un término en español, se  le llama baby shower.

Al igual que el término, el evento —al menos en su formal actual— es importado de Estados Unidos y suele incluir globos, cupcakes con sofisticados diseños, conversaciones con un alto contenido de explicitud fisiológica no apto para los que no nos hemos reproducido, un número inverosímil de diminutivos (ropita,  saquito, chupito, almohadita, teterito, camita, etc.), algo de champaña o vino blanco (¡gracias a Dios!), y muchos tonos pasteles.

Originalmente a este evento solo asistían mujeres pues se sobreentendía que todo lo que al embarazo, al parto, a la lactancia y a la crianza del bebé se refiere, era competencia biológica y exclusiva de la madre.

La función del padre, estaba claro, consistía en fumar en la sala de espera, tomarse fotos alzando al bebé recién nacido e irse pronto a trabajar para pagar las cuentas.

Esto, sin embargo, ha cambiado rápidamente. Aunque siguen siendo minoría y solo van si son esposos de una de las mujeres invitadas (o el padre de la criatura), cada vez hay más presencia masculina no solo en estos eventos sino en la crianza de los niños.

Aunque estamos bastante lejos de estar en una situación de igualdad, son muchos los padres que tienen un papel cada vez más activo en la vida de sus hijos: preparan teteros, se desvelan intentando apaciguar el insomnio inclemente de los recién nacidos, cambian pañales y hacen lo posible por no llegar tan tarde de la oficina.

¿Rosado o azul?

Sin embargo, estos pequeños avances en el relajamiento de los roles de género que muchos hemos asumido en diversos aspectos de la vida diaria, parecen desaparecer cuando se trata de preparativos para la llegada de un bebé. La pregunta por el género lo devora todo, determina el mundo de alguien que no ha nacido aún.

“¿Es para un niño o para una niña?” Esa pregunta —repetida por millones de vendedores de juguetes y artículos para bebés todos los días— define qué cosas son apropiadas para alguien que no ha siquiera empezado a formar su personalidad, que aún no sabe qué le gusta, apasiona o molesta, que no ha descubierto qué habilidades tiene y qué tareas se le dificultan.

“¿Es para un niño o una niña?”, esta es la pregunta que abre la caja de Pandora. Si digo “niño” desfilan ante mí un sinfín de camiones, carros de policía, tractores, animales selváticos, herramientas y objetos decorativos en infinitas gamas de color azul.

Si digo “niña” la cosa es peor: súbitamente me veo enceguecida por un escarchado tsunami que incorpora todas las tonalidades del rosado habidas y por haber, desde ese color pálido y desabrido que las abuelas llaman “palo de rosa” hasta el escandaloso fucsia.

Por años tuve la esperanza de que este color desaparecería con los desgraciados años 80 que lo vieron nacer. Pero no, está más vivo que nunca y ahora lo cubre todo: vestidos, paredes, pelotas, esmaltes, cubrelechos, piyamas, zapatos, medias, abrigos. Todo lo que un bebé-niña pueda necesitar, tiene una versión fucsia usualmente escarchada.

Además, he descubierto que la palabra “niña” tiene un poder casi mágico de revisionismo histórico. Tan pronto se pronuncia, la monarquía entera se levanta de su tumba y regresa para vengarse de la revolución francesa. Princesas rubias, pelinegras, soñadoras, guerreras, princesas de todo tipo salen de las estanterías, imponen su señorío y terminan por tomarse el cuarto, la ropa y la imaginación de las pequeñas que están próximas a llegar a nuestras vidas.

Así que en algún momento entre el quinto y decimosexto shower empecé a negarme a constar a la pregunta. “¿Es para un niño o para una niña?”, “¿y cuál es la diferencia?” contesto yo, y veo cómo la confusión se apodera del rostro del vendedor.

Por lo general la pregunta y la respuesta se repiten y entonces el vendedor pierde toda esperanza: “pues claro que hay diferencia” piensa, pero no lo dice, ha dado por sentado que estoy loca y que lo mejor será recomendar algo blanco, objetos prácticos como baberos o teteros, o algo que tenga jirafas, peces o pájaros multicolores, animales estos que por alguna razón tienen el raro privilegio de escapar al apartheid de género que divide la ropa, los colores y los juguetes de los niños.

“Si en el almacén digo “niña”, súbitamente me veo enceguecida por un escarchado tsunami que incorpora todas las tonalidades del rosado.” Foto: Steven Tom

La personalidad se construye

Pero cuando salgo de la tienda con mi regalo cuidadosa e irremediablemente empacado en papel amarillo, la pregunta me sigue rondando y no puedo evitar pensar que esa frasecita no es descriptiva sino prescriptiva. Es decir, que cuando el médico, el vendedor, la profesora, nuestros padres o quien sea dice “es una niña”, no está describiendo nada, no está nombrando una verdad evidente, sino que más bien la está construyendo.

Al basarnos exclusivamente en la genitalidad de las personas y designar a alguien como “niño” o “niña”, sin querer estamos limitando el desarrollo de su personalidad pues desde antes de que nazca estamos diciéndole qué cosas podrá o no hacer con su cuerpo, cómo deberá moverse para que los demás no se burlen o lo rechacen. Le estamos dando a entender si valoramos más su apariencia y sensibilidad o su fuerza e intelecto.

Al decir “es un niño” se nos está diciendo —estamos diciendo—: “te gustarán los deportes”, “manejarás 12 horas por carretera”, “te prestarán el carro para que recojas a tu novia y la regreses a su casa por la noche”.

Si durante años compramos juguetes que desarrollan la capacidad analítica y motora en los niños, y por el contrario a las niñas les damos objetos que enfatizan la belleza y la importancia del aspecto: vestidos, accesorios, maquillaje, espejos, etc., estamos reforzando en los pequeños los estereotipos de género que con frecuencia nos esforzamos por cambiar en los adultos.

Sé que esto suena simplista, exagerado y anacrónico. Pero si miramos a nuestro alrededor nos daremos cuenta que no lo es tanto. Por eso los invito a que la próxima vez que vayan a comprarle un regalo a un niño piensen qué tanto está influyendo el género en su elección.

¿Estamos realmente pensando en la persona que recibirá el regalo?, ¿estamos eligiendo lo que creemos le gustaría más a ese individuo, o nos estamos dejando influir por lo que se supone le debe gustar a todas las personas de ese género, lo que es “normal” para los “niños” o para las “niñas”?

No es fácil saber la respuesta, pues estamos tan acostumbrados a anclar la identidad y la personalidad al género que la idea de separarlos nos resulta extraña y sumamente incómoda.

Pero si todos nos esforzamos por tomar estas pequeñas decisiones de manera consciente tal vez nuestros niños puedan crecer en una sociedad donde los colores, los camiones de bomberos y los zapatos de ballet sean para quien quiera usarlos o jugar con ellos; una sociedad que piense en niños y adultos como personas únicas, respete sus gustos y promueva sus habilidades sin recurrir más a clasificaciones, divisiones e imposiciones de género.

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  • Juliana Perez

    Tuve la oportunidad de asistir a una
    clase donde hablamos sobre creencias populares y el profesor con datos reales
    los desmentía o los sustentaba. Uno de estos casos fue “las mujeres manejan
    peor que los hombres” hubo un par de mujeres “feministas” que decían que era
    totalmente falso pues las mujeres podían hacer muchas cosas a la vez, hubo unos
    cuantos hombres que decían que era cierto pues la mayor cantidad de nombres que
    se conocían en el deporte del automovilismo eran de hombres. Finalmente el
    profesor concluyo que era cierta esta creencia pero lo que más me sorprendió
    fue la razón que nos dio. Dijo que los hombres cuando pequeños desarrollan
    mejor sus habilidades motrices en el espacio pues estos tienen juguetes como
    balones, carros y legos, entre otros. Lo cual les ayuda a desarrollar estas
    habilidades que se necesitan a la hora de estar frente al timón. Mientras que
    las mujeres juegan con barbies, a la cocina y con bebes, lo cual las mantiene estáticas
    sin oportunidad alguna de desarrollar estas habilidades en su totalidad. Es
    esta una razón más por la cual los juguetes no deberían apropiarse de un género.

    • Valter

      por eso hay que comprar juguetes didácticos para desarrollar la motricidad gruesa y fina, por suerte a mi me gustaban las figuras de animales, casa y personas, jugué que plastilina, piedras, barro y tierra. Ademas de varios juegos de destreza física.