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Es un “No” más profundo

Género, diversidad sexual y cambio social.

Aparentemente ganó el “no” a los acuerdos establecidos en La Habana entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC, pero buena parte de esos votos son un mensaje de rechazo a las personas lesbianas, gais, bisexuales y trans (LGBT) y a una educación sexual integral.

Qué significa el no en Colombia para la comunidad LGBT
Cuando el expresidente Álvaro Uribe habló, después del triunfo del “no”, de estimular los valores de la familia defendidos por líderes religiosos y pastores morales, se refiere a garantizar lo que las iglesias cristianas creen respecto a las familias: que deben estar conformadas por un papá, una mamá y unos hijos porque, para ellos, ese es el modelo “instituido por Dios”.

Van por más. Buena parte de las 6’424.385 personas que votaron “no” a los acuerdos establecidos entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las FARC en La Habana, no solamente quieren renegociar lo establecido.

Aunque el “no” ganó de manera democrática, algunas de las personas que eligieron esta opción van más allá: buscan “retornar a un orden moral” que, para algunos sectores conservadores y religiosos, se ha perdido.

Puede que también esperen que se hagan ajustes a la participación de las FARC en el Congreso, a las condenas que los líderes de la guerrilla cumplirán en la cárcel y a la manera cómo sus recursos repararán a las víctimas, pero muchos aliados del “no” tienen otros planes.

Analistas políticos hablan de que llegó el momento de establecer un acuerdo o un pacto nacional, de cambiar a los negociadores y hasta de convocar a una asamblea nacional constituyente, pero para los sectores pentecostales, evangélicos y católicos radicales, la forma es lo de menos.

Lo que en principio pretenden quienes dijeron “no” con otras intenciones, es eliminar las palabras “género” y “LGBT” de los acuerdos de paz.

Puede que quieran mantener la presencia de las mujeres en las negociaciones, pero con la palabra “mujeres” y no bajo una que para muchos de estos sectores se convirtió en sinónimo de demonio: “género”.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define así esta “peligrosa” palabra: “se refiere a las funciones, comportamientos, actividades y atributos que cada sociedad considera apropiados para los hombres y las mujeres. Las diferentes funciones y comportamientos pueden generar desigualdades de género, es decir, diferencias entre los hombres y las mujeres que favorecen sistemáticamente a uno de los dos grupos“.

Estos sectores conservadores y religiosos buscan eliminar de los acuerdos cualquier mención de igualdad para las personas lesbianas, gais, bisexuales y trans (LGBT), muchas de las cuales han sido víctimas del conflicto armado por su orientación sexual e identidad de género.

Ese interés es evidente después de escuchar el discurso, de no más de seis minutos, del expresidente Álvaro Uribe. En tan poco tiempo alcanzó a decir: “reiteramos la necesidad de estimular los valores de la familia, sin ponerla en riesgo, los valores de familia defendidos por nuestros líderes religiosos y pastores morales“.

Para completar, en sus primeras declaraciones públicas posteriores al triunfo del “no”, Alejandro Ordóñez, exprocurador y posible candidato a la Presidencia, afirmó: “el pueblo colombiano quiere la defensa de la familia y de la niñez, no quiere que se eleven a normas constitucionales los principios para destruir la familia y para robarles la inocencia a nuestra niñez. La ‘ideología de género’ fue el puntillazo final para que miles de colombianos indecisos acudieran a las urnas a votar por un no“.

Capital político

Las marchas que tuvieron lugar el 10 de agosto para protestar por la revisión de los manuales de convivencia de los colegios, fueron determinantes para que en una intervención tan corta, Uribe mencionara la idea de “estimular los valores de la familia”.

Ese 10 de agosto quedó claro el capital político que representan las iglesias evangélicas y pentecostales y los católicos radicales. Ese día el vicepresidente Germán Vargas Lleras y el expresidente Uribe, entre muchos otros políticos, entendieron que es hacia esos votos militantes y obedientes que deben enfocar sus energías y estrategias.

Para tal fin, el primer gesto fue respaldar, en cuerpo ajeno, el proyecto de referendo mediante el cual la senadora Viviane Morales pretende evitar que las parejas del mismo sexo y las personas solteras, viudas y divorciadas puedan adoptar.

Cuando el expresidente Uribe habla de estimular los valores de la familia defendidos por líderes religiosos y pastores morales, se refiere a garantizar lo que estas iglesias creen respecto a las familias: que solamente deben estar conformadas por un papá, una mamá y unos hijos porque, para ellos, ese es el modelo “instituido por Dios”.

Esto significa su rechazo contundente a proyectos como el matrimonio y la adopción por parte de parejas del mismo sexo y a cualquier iniciativa, llámese política pública o programa educativo, que busque evitar la discriminación por orientación sexual e identidad de género.

Para buena parte de estos líderes religiosos, ser lesbiana, gay, bisexual y trans es algo que “personas pervertidas” eligen, cuando presuntamente podrían optar por no serlo o por “rehabilitarse”. Por supuesto, en ese contexto, jamás compartirán que una ministra de educación, como en este caso Gina Parody, sea lesbiana.

En otras palabras, estos sectores conservadores y religiosos están convencidos de que “lo natural” es la “heterosexualidad” y que la biología sí determina la identidad de género. Es decir, que una persona que nace con vagina debe identificarse, necesariamente, como mujer y quien nace con pene como hombre, desconociendo de plano las identidades trans.

Las iglesias pentecostales, evangélicas y católicas radicales pretenden que la legislación nacional coincida con lo que predican desde sus púlpitos: condena a las conductas sexuales que consideran desviadas de acuerdo con la “moral cristiana” y promoción de la familia conformada por papá, mamá e hijos como la única respetable.

La meta de quienes votaron “no” con la idea de ir más allá de los acuerdos de La Habana, es que Colombia legisle con base en lo que denominan “valores cristianos”, retroceda al menos 25 años de pluralidad y regrese a ser un Estado confesional consagrado a Dios.

Pretenden echar para atrás las sentencias a través de las cuales la Corte Constitucional les ha garantizado igualdad a las personas LGBT.

El escenario es complejo, pero es también un buen momento para que las personas LGBT y aquellas sintonizadas con la igualdad, demuestren que no están dispuestas a perder lo que se ha avanzado y lo que se ha ganado en el marco de la Constitución política.

Es momento de respirar profundo y de no desfallecer para continuar educando sobre diversidad sexual y de género. Es hora de dejar más claro que nunca que nadie quiere atentar contra ninguna familia ni contra las parejas conformadas por un hombre y una mujer, sino garantizar la igualdad de todas las familias y evitar la discriminación por orientación sexual e identidad de género.

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