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Estos y otros abusos de la Policía

La opinión de los/las lectores/as y colaboradores/as es personal y no compromete necesariamente la opinión de Sentiido ni de institución alguna.

Los policías han podido sancionarnos a Katherine Martínez y a mi según su competencia, pero no humillarnos ni acudir a discursos moralistas que no tienen nada que ver con su labor. 

Por: Emilia Alejandra Morales*

abusos de la Policía Colombia
Por qué nosotras tenemos que estar justificando lo que somos y hacemos, por qué Katherine Martínez tuvo que repetir que ella nunca ha hecho vídeos sin ropa o que jamás se ha dejado tocar. Foto: gaelx con Creative Commons

Mirá a la modelito en el estado en que se encuentra. Está borracha, grosera, ebria“. Esas fueron las palabras que el grupo de policías le dijo a Katherine Martínez el lunes 24 de julio antes de detenerla en una cancha de tejo en el barrio Meléndez de Cali.

Martínez estaba en medio de una discusión con su grupo de amigas cuando llegó la patrulla que decidió llevársela solamente a ella a una estación de policía.

Según su testimonio, la golpearon, la insultaron y la esposaron a una de las ventanas. “Si usted quiere que nosotros le quitemos las esposas o quiere que le demos un asiento, tiene que desfilarnos, cuál es el bailecito que usted hace, muéstrenos, súbase el vestido“.

Así, con estas palabras, los policías presionaron a Martínez para que se desnudara, la grabaron y subieron el vídeo a las redes sociales.

Como en Colombia la gente es experta en preguntarles a las mujeres víctimas de violencia por qué se dejaron agredir y no en preguntarles a los agresores por qué agreden, Katherine Martínez tenía sus justificaciones listas cuando llegó este lunes a contar su historia a La W. (Ver: Decir “no”: un privilegio de los hombres).

Estaba ebria, le dolía su tobillo, quería sentarse y que la dejaran de insultar: por eso cedió y se quitó la ropa.

Independiente de las versiones que habrá que escuchar, ya que ella y su abogado presentarán una queja ante la Procuraduría para abrir una investigación sobre el comportamiento de los policías, este caso abre un debate: ¿están los policías cumpliendo con su papel de proteger y cuidar a las mujeres?

Tristemente Katherine Martínez no es la única y muchas tenemos nuestra propia historia con policías. Hace unos días decidí salir con J. Él estaba en su carro y me pidió que lo acompañara a hacer una vuelta, era de noche y decidimos parquear (primer error) en un sitio prohibido y estarnos ahí un rato.

Empezamos a hablar y una cosa llevó a la otra. Nos besamos, nos tocamos y no tan de repente J estaba encima mío. En ese momento llegaron dos policías y nos pidieron que nos bajáramos del carro.

Le señalaron a J, que era el conductor, las infracciones que estaba cometiendo. J solo asentía con la cabeza. Acto seguido me pidieron la cédula. No la tenía (segundo error).

Les expliqué que había salido corriendo de la casa y que sabía que no podía estar indocumentada, que sí, que la UPJ era fea y que definitivamente no quería irme para allá. Hasta ahí todo normal.

De pronto comenzó la discusión sobre “lo que estábamos haciendo”. Uno de los policías le preguntó a J que si me quería, a lo que el tipo, pobre, no sabía qué responder.

Que si me quisiera no me llevaría a un sitio así; que si me respetara, menos aún, porque me estaba exponiendo a lo que ellos (refiriéndose a él y al otro policía) estaban pensando de mí. (Ver: La media naranja y otras trampas del “amor verdadero”). 

Luego se volteó y me dijo que yo debía valorarme, que claro, que él sabía que me estaba sintiendo avergonzada (tan capacitados nuestros policías leyendo mentes), que qué pensaría yo si viera a una mujer en esas circunstancias y que le pidiera a J que la próxima vez me llevara a un sitio mejor.

Claro, sé que ustedes van a pensar que yo estaba “mal parqueada” en todo sentido y tienen razón. Después de la humillación llegué y averigüé mis errores.

Según el nuevo Código de Policía que empezó a regir desde el martes primero de agosto, yo hubiera tenido que pagar una multa de 778.000 pesos por no portar la cédula y 368.000 por actos obscenos, sexuales o exhibicionistas en vía pública, aunque eso para mí es discutible.

Pero como sé que la gente tiene derecho a escandalizarse, dejemos así. Más el resto de plata por el carrito mal parqueado. Mejor dicho a J le hubiera dado un infarto.

Pero a Katherine Martínez y a mi la cosa nos salió mucho más costosa. Martínez dijo en la entrevista en La W que los policías debieron sancionarla en vez de humillarla y agredirla de esa manera. Yo digo lo mismo.

El policía hubiera podido decirme que ese tipo de actos los castigaba el código, que la multa era tal, pero no optar por discursos moralistas.

El policía no ha debido ponerme en un papel de indefensa que no tenía: A mí J no me tiene que llevar a ningún sitio, yo voy por mis propios medios y por mi propia voluntad.

El discurso del policía me recuerda lo que nos han dicho siempre: las mujeres decentes en la casa, no se ponen faldas cortas porque las violan y esperan hasta que un príncipe azul les quite “la virtud” sobre sábanas blancas.

Y si nos da por ser “indecentes”, nosotras cargamos con la vergüenza: no hubo ni un comentario humillante hacia J a pesar de que él estaba en la misma situación conmigo.

Este discurso, además, nos quita a las mujeres el rol activo que tenemos en nuestra sexualidad: somos putas o somos santas y pone en manos de quien sea que tengamos al lado el deber de decidir cuándo, cómo y dónde.

Ante el caso de Katherine las redes reaccionaron. No faltan los que dicen que como ella es bailarina, esos son los gajes del oficio. Los mismos que ante el testimonio de la presunta violación de la trabajadora sexual por parte de los jugadores de Independiente Santa Fe lo minimizaron diciendo que con qué moral ella reclamaba si ese era su trabajo.

Katherine se pone en frente de los micrófonos de La W repitiendo que ella no es prepago, que ella no se dedica al baile erótico. ¿Y si lo hiciera, qué? Eso no le quita ningún derecho. Ella no tiene que perdonarse por lo que hace, porque haciendo lo que sea, ella es una mujer como cualquier otra y sus derechos merecen respeto.

Pero he ahí el punto que más me duele en este asunto, nosotras siempre teniendo que justificar lo que somos y hacemos. Katherine repite que ella nunca ha hecho vídeos sin ropa, que no ha mostrado todo su cuerpo, que jamás se ha dejado tocar, como si hacerlo fuera un delito, como si muchos de los que la critican no se la pasaran viendo mujeres desnudas en su computador.

¡Hipócritas! No se imaginan cuánto tenemos que luchar las mujeres para no escondernos detrás de la ropa, para poder prender la luz durante el sexo, para poder decirles a nuestras amigas que nos masturbamos sin pena, para dejarnos tocar de quienes queramos. (Ver: Un mundo más allá del “¡enloquécelo en la cama en 5 pasos!”). 

Así que yo ya no pido perdón por sentir. No más represión de nuestro deseo sexual. Al policía que debe estar muy ocupado humillando a otras mujeres como a mí le respondo la pregunta que me hizo esa noche: no, no me siento avergonzada, al contrario, me siento en pie de lucha por la libertad de mi cuerpo y de mi mente.

Ojalá lográramos quitarle el velo al sexo y en vez de reprimirlo lo viéramos desde su espontaneidad. Se me olvidaba: ojalá también dejemos de soportar los abusos de los policías y hagamos algo, más allá de pasarles el billetico que J estuvo feliz de no pasar.

* Estudiante de noveno semestre de Periodismo y Opinión Pública.

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