Feminicidio: crónica de una muerte anunciada

Feminicidio: crónica de una muerte anunciada

Coordinadora de proyectos en Sentiido. Doctora en Lenguas y Literaturas Romances (Universidad de California, Berkeley). Profesora de Género y Sexualidad y Literatura Latinoamericana en American University (Washington DC).
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El feminicidio de Claudia Giovanna Rodríguez, ocurrido en un centro comercial en Bogotá, expone de manera atroz las muchas capas de la violencia de género: la cultural, la legislativa y la institucional.

Nos matan por el hecho de haber nacido mujeres en una cultura que se funda en la desigualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. Foto: Marcos González Valdés con Creative Commons.

No sé a qué horas se levantó Claudia Giovanna Rodríguez el día en que la mataron. Pero lo que sí sé es que todo feminicidio es crónica de una muerte anunciada.

Los feminicidios son el último eslabón de la larga cadena de la violencia de género. Si resultan sorprendentes para tantas personas es porque estamos inmersos en una sociedad que minimiza y vuelve normal la violencia diaria contra las mujeres.

Por eso, contrario al carácter excepcional y amarillista que con tanta frecuencia se les da bajo el titular de “crimen pasional”, los feminicidios son cotidianos en Colombia. Según cifras de Medicina Legal, al 10 de abril, día en que Claudia Giovanna fue asesinada, habían ocurrido 204 asesinatos de mujeres: más de dos diarios. (Ver: Lo que hay detrás de un “crimen pasional”).

La mayoría de estos ocurren a manos de sus antiguas y actuales parejas. Sin embargo, la violencia de género no tiene nada que ver con el amor ni los celos, sino con el poder.

La antropóloga Rita Segato —hablando sobre hombres condenados por violación— afirma que, pese a lo que muchos creen, la gran mayoría de estos hombres no son enfermos mentales ni seres excepcionales o inmorales. Por el contrario, son personas profundamente morales.

La violencia sexual es una forma de inscribir en el cuerpo de las mujeres el castigo por lo que el victimario considera una transgresión a su visión de mundo.

Lo mismo podría afirmarse de los asesinos de mujeres. Los feminicidas son hombres que entienden y defienden, de manera brutal pero coherente, la desigualdad de género que está en la base de nuestro sistema social, económico y político.

El feminicidio pretende restaurar la jerarquía de género que se considera amenazada y, con frecuencia, la amenaza consiste en la afirmación de la autonomía de la mujer por sobre los deseos del hombre: tener un trabajo, salir con amigos, terminar una relación o atreverse a empezar otra.

El riesgo de terminar

No es gratuito que el momento más peligroso para las mujeres en el mundo (además del parto) sea dejar una relación. El 75% de las víctimas de violencia doméstica son asesinadas cuando intentan dejar a la pareja o durante el año siguiente, después de haberlo hecho.

Es entonces cuando, como vemos todos los días en las noticias, los hombres que se sienten con derecho sobre la vida y el cuerpo de esas mujeres las encierran, las golpean aún más, las queman con ácido, las asesinan. (Ver: Ataques con ácidos y el machismo de cada día).

Entender el feminicidio como un síntoma de la desigualdad de género que sustenta nuestra estructura social, permite también entender por qué el feminicida no sólo asesina, sino que mata con sevicia.

Su crimen es, ante todo, un mensaje para la sociedad: una advertencia para las mujeres y un llamado a los hombres para defender la jerarquía que considera esencial para su identidad masculina y su visión de mundo.

Por eso, las soluciones que se enfocan en los comportamientos de las mujeres (no camine sola, póngase una falda más larga, no consuma licor) logran evitar crímenes individuales pero garantizan que la violencia de género permanezca enraizada en nuestra sociedad.

Estos consejos no son más que paños de agua tibia que, además, afianzan los valores que los feminicidas pretenden imponer: la subordinación de la mujer al hombre y su exclusión del espacio y la vida pública.

Por eso, también es importante usar el término “feminicidio”. Por un lado, la palabra evita la connotación revictimizante que tienen términos como “crimen pasional” y “tragedia”.

Por otro, pone el dedo en la llaga al exigir que las autoridades y la sociedad reconozcan que a las mujeres nos matan por el mero hecho de haber nacido mujeres en una cultura que, a menudo con apariencia benévola (“la mujer es el regalo más bello que le ha dado al hombre”), se funda en la desigualdad de derechos y oportunidades.

El término “feminicidio” señala el carácter estructural del crimen y nos dice la verdad que no queremos oír: que somos una sociedad que subvalora lo femenino y considera que los hombres tienen poder y derecho sobre los cuerpos y las vidas de las mujeres.

Más allá de la indignación

Por eso, cuando de asesinatos de mujeres se trata, de nada sirve la indignación y el escándalo. De nada sirve que en las últimas dos horas de vida de una mujer la policía despliegue las fuerzas y los recursos que le negó en tantas ocasiones.

Si acaso, este inútil alarde de fuerza viril deja claro que no se trata de ausencia de recursos sino de falta de interés. Como la mayoría de víctimas de feminicidio, Claudia Rodríguez había denunciado a su agresor y, una vez más, no hicieron nada.

El caso de Claudia Giovanna expone de manera atroz las muchas capas de la violencia de género: nuestra cultura, nuestras leyes y nuestras instituciones permiten que nos maltraten, acosen, abusen sexualmente y nos maten.

A ella, como a tantas otras, la mató la ineficiencia de la policía que solo presta atención a las denuncias de violencia de género cuando las mujeres ya están muertas.

A Claudia Giovanna la mató la ineficiencia del sistema judicial que protege y exculpa a los victimarios. la mató el machismo.

Cuando digo que la mató el machismo, me refiero al sistema y no a una o dos personas concretas. El término “machismo” hay que entenderlo más como sustantivo que como adjetivo.

Descalificar a alguien tildándolo de “machista” no es particularmente útil en un contexto como el colombiano porque, aunque muy probablemente sea cierto y hasta fundamental para asignar responsabilidad ética e incluso penal, resulta insuficiente pues es también facilista y exculpatorio.

La palabra “machismo”, como “sexismo”, no solo hace referencia a quien define su masculinidad en términos de dominación, desprecio y control sobre las mujeres. El “ismo” en “machismo” quita el énfasis del “macho” individual y hace alusión al sistema (cultural, judicial, policial, político) que educa, justifica y protege al “macho”.

Además, decir que los hombres que asesinan mujeres son machistas es una redundancia. Semejante afirmación es una obviedad pues inscribe al feminicidio como un quiebre con los “valores tradicionales” y una ruptura excepcional —siempre sorprendente e inexplicable— del orden social.

La violencia de género no es una anomalía dentro los valores tradicionales: es su base.

Los “valores tradicionales” que nos han enseñado desde el púlpito, los cuentos de hadas, los bienintencionados consejos de amigos y familiares, los refranes “el hombre propone y la mujer dispone” o “el que no cela no quiere”, los manuales de convivencia de tantos colegios y hasta las leyes, establecen que hombres y mujeres no tenemos el mismo valor, los mismos derechos ni las mismas oportunidades.

En consecuencia, la violencia de género —y los feminicidios en particular— hay que entenderlos en este doble contexto: como crímenes machistas y del machismo.

Cambiar la cultura

Esto quiere decir que es preciso asignar responsabilidades concretas por el asesinato, pero también —y esta es la parte más difícil— que se acepte y se trabaje por cambiar la cultura que educa, promueve y exculpa las acciones de estos hombres.

Aquí es donde la cuestión se vuelve más compleja. Castigar al “machista” sin atacar el machismo no sirve de nada. Tanto a nivel social como individual, castigar sin resocializar es una respuesta miope y con frecuencia sensacionalista a problemas sociales estructurales.

Para lograr cambios reales y duraderos es preciso mirarse al espejo. Atacar el machismo implica hacer examen de conciencia y entender el papel que cada uno de nosotros juega en la reproducción de la desigualdad y la violencia de género.

No obstante, la polarización que en los últimos meses ha vivido el país respecto a la llamada “ideología de género” es una seña de que no vamos por buen camino. (Ver: La tal ideología de género, ¿de dónde viene y para dónde va?).

“Ideología de género” es el apelativo peyorativo acuñado por la Iglesia Católica (y movilizado por las iglesias cristianas) para desacreditar a quienes defendemos la igualdad entre todas las personas sin importar su sexo, identidad de género u orientación sexual. (Ver: Diversidad sexual y de género para dummies).

Es decir que “ideología de género” no es más que el término desdeñoso con el que se busca desvirtuar el enfoque de género, rechazar la igualdad y justificar la dominación y marginación de las mujeres y las minorías sexuales.

Quienes desprecian el enfoque de género tildándolo de “ideología”, están defendiendo una sociedad centrada —cultural, política, judicial y moralmente— en las necesidades, deseos y comodidades de los hombres heterosexuales.

Decir que los hombres y las mujeres no somos iguales y que por naturaleza tenemos funciones sociales distintas, es seguir defendiendo las agresiones que despojan de autonomía emocional, profesional y sexual a las mujeres e, incluso, les quitan la vida a miles de ellas cada día en Colombia.

Más aún, defender “la familia tradicional” como única opción digna de vida, sin cuestionar ni reconocer la violencia ocasionada por la desigualdad que con frecuencia sustenta esta estructura, es negar la realidad de millones de personas en Colombia y el mundo.

Todo hogar basado en una jerarquía que subvalora y rechaza a sus miembros según su sexo, género, expresión o identidad de género, o sexualidad, será un lugar violento.

a quienes más les deben temer las niñas y mujeres colombianas, no es a extraños de callejones, sino a sus propios familiares y parejas.

Las parejas y exparejas heterosexuales son quienes más maltratan y asesinan a las mujeres. La gran mayoría de abusos sexuales de niñas hasta los 15 años ocurren en sus propias casas y son perpetrados por miembros o allegados a la familia: padres, padrastros, tíos, primos y sacerdotes entre otros.

Esto no es una excepción, es el resultado del arraigado sexismo, misoginia y homo/transfobia en el corazón de los valores tradicionales.

Por eso, de nada sirve indignarse contra la muerte de Claudia Giovanna Rodríguez mientras nos oponemos a que se enseñe la igualdad y el respeto por la diversidad en los colegios y las casas.

De nada sirve pedir pena de muerte para violadores y feminicidas si no reconocemos que estas mujeres son ante todo víctimas del sistema social, jurídico, político y económico creado y sostenido por esos mismos “valores tradicionales”.

Sin una mirada crítica e informada por un enfoque transversal de género, los valores tradicionales seguirán condenando a las mujeres al abuso y la muerte.

Mientras sigamos pretendiendo que lo uno no tiene nada que ver con lo otro, que estos crímenes son “tragedias” y que la comunidad está “sorprendida”, las mujeres seguirán yendo a la policía a denunciar el maltrato del cual son víctimas.

Los novios seguirán revisando los celulares de las novias, el fiscal seguirá diciendo que facilitar el divorcio y las denuncias pone en riesgo a la “familia tradicional” y las mujeres seguiremos siendo asesinadas por hombres que se sienten irrespetados por nuestro deseo de construir una vida propia y por el sistema que los protege.

Es hora de aceptar que la responsabilidad de los feminicidios es siempre compartida. Como en el célebre texto de García Márquez, estos crímenes son siempre anunciados, y los culpables podríamos ser todos.

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