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Feminismo: de dónde viene y para dónde va

Este movimiento ha logrado grandes cambios legales, sociales y culturales. Y aunque todavía falta mucho por hacer, vale la pena conocer lo que ha conseguido con siglos de trabajo persistente. Línea del tiempo. #FeminismoParaDummies.

En las más diversas culturas, las mujeres han sido percibidas y tratadas como seres inferiores y el feminismo ha sido el movimiento que ha liderado la igualdad de esa mitad de la población. (Ver: Es feminismo: no humanismo ni “igualismo”).

Juan Sisino Pérez Garzón explica en el libro Historia del feminismo que este movimiento ha roto con siglos de historia que habían establecido que la naturaleza hacía a las mujeres no diferentes a los hombres, sino desiguales en capacidades.

Desde el siglo VIII a.C, el poeta Hesíodo, por un lado, y el Génesis del Antiguo testamento judío, por otro, hicieron ver a las mujeres como la trampa y la ruina de los hombres.

Por la Eva bíblica, al desobedecer a Dios, llegó el pecado y por eso vino la muerte. Y por Pandora, la primera mujer creada por Zeus, vino la belleza junto a la maldad, en esa caja que abrió para que los dolores rompieran la felicidad de Prometeo, el primer hombre”, añade Pérez Garzón.

Durante siglos las mujeres fueron consideradas las causantes del pecado, la impureza y las maldades en general.

Fue así como se hizo incuestionable culpar a las mujeres de ser el origen de toda maldad. Se hizo moneda corriente asumir que ellas eran, por naturaleza, malas como Eva y unos seres inferiores que necesitaban el mando de los hombres.

Pérez Garzón explica que en las zonas y países donde la Iglesia Católica ha tenido más relevancia, la obediencia y el sacrificio han sido la norma inculcada a las mujeres, siempre con la Virgen María y las santas como ejemplos a seguir.

La religión cristiana ha promovido un ideal de mujer basado en la sumisión. Durante siglos proclamó que para qué hablar de igualdad si ante Dios hombres y mujeres eran iguales y que a estas últimas les bastaba con la libertad establecida por el bautismo que les otorgaba la dicha de ser “las reinas de la casa”.

La subordinación de las mujeres fue la constante desde la Antigüedad hasta la modernidad que inauguraron la Ilustración y el liberalismo.

No obstante, en 1673 el cura francés Poullain de la Barre, con 26 años, publicó De la igualdad de los dos sexos, cuyo título expresa la premisa que un siglo más tarde se convertiría en el punto de partida del feminismo.

Poullain de la Barre deslegitimó las ideas de la Iglesia católica y de los intelectuales sobre la inferioridad de las mujeres y propugnó su derecho a la educación como un factor de progreso social. Fue, además, el primero en formular de manera más rotunda un principio incuestionable: la mente no tiene sexo.

Igualdad solo para unos

Fue en el inicio de la Modernidad, entre 1776 y 1848, cuando se desarrollaron los procesos que llevaron al nacimiento del feminismo: la Ilustración, las revoluciones liberales y el socialismo, entre otros.

Con la Ilustración se vertebró el pensamiento de la igualdad entre sexos, aunque todavía le costaría dos siglos hacerle frente al discurso que, desde la religión, la ley y la ciencia insistía en la inferioridad de las mujeres“, señala Pérez Garzón.

Durante las revoluciones liberales del siglo XVIII que buscaban implementar formas de organización basadas en la libertad, se vieron las primeras voces que exigieron igualdad para las mujeres.

Sin embargo, el liberalismo aplicó este principio de manera restrictiva. Se implantó un nuevo orden social que estructuró la sociedad civil en dos esferas: la privada y la pública. Está última quedó en manos de los hombres mientras que la privada fue destinada a las mujeres bajo la supervisión de ellos.

La meta del feminismo no es que las mujeres sean como los hombres sino que ellas sean protagonistas de sus propias vidas.

En la famosa premisa “libertad, igualdad y fraternidad” lanzada por la Revolución Francesa (1789) y que resumía las aspiraciones del liberalismo, estuvo el germen del feminismo, a pesar de que en ese momento dicha igualdad hablara de hombres y no de todos los seres humanos. Así, se separaron los derechos universales, dejando para las mujeres “unos destinos naturales propios de su género”.

Olimpia de Gouges, una de las primeras feministas de la historia, frente a la Declaración de Derechos del Hombre (1789), elaboró en 1791 la Declaración de los Derechos de la Mujer. Fue guillotinada en 1793.

El feminismo no ha perdido ninguna de sus batallas. Además de haber logrado cambios legales y reformas sociales, rompió con la idea de que las mujeres estaban predeterminadas por naturaleza a ocupar determinadas posiciones. Foto: Cortesía Festival Mujeres Creadoras.

La palabra “feminismo” se articuló en el siglo XIX, procedente de la medicina francesa para indicar rasgos no propios de lo masculino. Pero fue atribuida al socialista utópico Charles Fourier, después de morir, en 1837, aunque aún no se ha demostrado que fuera él el primero en usarla.

Fourier, explica Pérez Garzón, lanzó la siguiente tesis: los cambios de periodos históricos y los progresos sociales había que medirlos según avanzaran las mujeres hacia la libertad: el grado de emancipación femenina constituye la pauta natural de la emancipación general, idea que recogieron Karl Marx y Friedrich Engels en La Sagrada Familia.

El término “feminismo”

Sin embargo, parece que la palabra “feminismo” la divulgó principalmente el escritor francés Alejandro Dumas hacia 1870 para oponerse a las mujeres que pedían igualdad.

En el último tercio del siglo XIX este término adquirió el carácter de sustantivo con la francesa Hubertine Auclert, una de las pioneras del feminismo, quien la utilizó para nombrar la defensa de la igualdad de las mujeres.

Una constante del feminismo ha sido luchar contra todo tipo de opresión que subordine y discrimine.

La historia del feminismo se suele dividir en tres olas: la primera, conocida como feminismo ilustrado, abarca desde las ilustradas Mary Wollstonecraft (1759 – 1797) y Olimpia de Gouges (1748 – 1793) hasta las sufragistas de fines del siglo XIX y principios del XX.

En 1792 la inglesa Wollstonecraft (madre de Mary Shelley, autora de Frankenstein) publicó una obra que junto a la de Olimpia de Gouges puede considerarse la partida de nacimiento del feminismo. Ellas dos sacaron a la luz que la diferencia de sexo pretendía justificar la discriminación de las mujeres.

En su Vindicación de los derechos de la mujer (1792) Wollstonecraft planteó que las cualidades que se aplicaban como “naturales a las mujeres” eran producto de la educación. Uno de sus principales aportes fue catalogar como privilegio el poder que ejercían los hombres como si por naturaleza les correspondiera mandar.

Ella esbozó dos ideas clave:

1. El género como resultado de la educación. (Ver: “Desde que las niñas son rosadas y los niños azules, estamos jodidos”).

2. La importancia de establecer medios para compensar la supuesta inferioridad atribuida a las mujeres, lo que hoy se conoce como “discriminación positiva”.

Por su parte, en la primera década del siglo XIX, las mujeres norteamericanas insertaron su lucha dentro del movimiento antiesclavista. De ese núcleo de mujeres surgió en 1848 -año de la publicación del Manifiesto Comunista de Marx y Engels- la Declaración de sentimientos o Manifiesto de Seneca Falls, el acta de nacimiento de una nueva etapa en las luchas sociales contemporáneas.

Elizabeth Cady Stanton fue una de las artífices de que unas 300 personas reunidas el 19 y 20 de julio de 1848 en una capilla metodista estadounidense debatieran sobre los derechos de las mujeres. El Manifiesto de Seneca Falls contó con la firma de 68 mujeres y 32 hombres.

Allí se pidió el derecho a tener propiedades, negocios propios y a realizar cualquier actividad económica sin restricciones y se situó el derecho a la educación como punto de partida.

Sumar al sector obrero

En la primera mitad del siglo XIX, la francesa Flora Tristán (1803-1844) unió clase y género en la lucha contra la opresión. Ella fue una de las pioneras de un feminismo que abogó por la unión de todas las mujeres sin distinción de clase y por trabajar de la mano con el sector obrero, explica Pérez Garzón.

Asimismo, Clara Zetkin (1857-1933), líder socialista alemana, defendió la idea de que los problemas de las mujeres no estaban en sus relaciones con los hombres sino en el sistema capitalista que afectaba tanto a unos como a otras.

Ella impulsó en 1910, durante el Segundo Encuentro Internacional de mujeres socialistas en Copenhague (Dinamarca), la celebración cada 8 de marzo del Día de la Mujer Trabajadora, siguiendo a las socialistas norteamericanas.

La lucha del primer feminismo era contra el matrimonio como una máscara que ocultaba un contrato de subordinación y contra las restricciones al ejercicio de su ciudadanía. Lucharon por la igualdad en el matrimonio y por el derecho a la educación y al voto. Se les conoce como sufragistas.

Las sufragistas hicieron habituales las manifestaciones pacíficas.

El sufragismo revolucionó la sociedad británica al punto de que en 1908 un grupo de hombres creó la Liga Antisufragio a la que se unió un movimiento de mujeres que buscaban ridiculizar la lucha con los argumentos de siempre: solteronas y marimachos.

propaganda antisufragista
La propaganda antisufragista representó a las mujeres como seres insensibles, que abandonaban a sus hijos y maltrataban a sus maridos. “Lo que haría con las sufragistas”, dice la imagen.

Pero los sentimientos patrióticos que despertó la Primera Guerra Mundial llevaron a que feministas británicas destacadas como Emmeline Pankhurts (1858 – 1928) y Millicent Garret Fawcett (1847 – 1929) se dedicaran al trabajo voluntario para apoyar a los hombres en el frente contra los alemanes.

Tanto en los países aliados (Francia, Reino Unido y Rusia, entre otros) como en las potencias de la Triple Alianza (Alemania, Imperio austro húngaro e Italia) las mujeres asumieron gran parte de los trabajos agrícolas y de las fábricas. A esto se sumaron las tareas consideradas como propias de ellas: enfermería y ayuda a las familias de los soldados.

Asumir esas labores llevó a que, al menos en Gran Bretaña, el 28 de mayo de 1917, se aprobara la ley que da el derecho al sufragio femenino por 364 votos contra 22. Aunque solo votarían las mayores de 30 años.

los aportes de las feministas HAN SIDO DEFINITIVOS a una cultura política basada en la paz frente a la guerra.

Sin embargo, al terminar la Primera guerra los gobiernos lanzaron una ofensiva sobre la necesidad de que las mujeres volvieran a su tarea natural: la reproducción. Pero ya se habían abierto espacios antes vedados a las mujeres y eso ya era irreversible. (Ver: El día de la madre y de la no madre).

El baby boom de la posguerra

En la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) ocurrió lo mismo que en la Primera: las mujeres tuvieron que ocupar el vacío dejado por los hombres e incorporarse de forma masiva en los distintos sectores productivos.

Mujeres trabajando Segunda Guerra Mundial
Mujeres británicas en un centro de entrenamiento para la industria aérea (1941). Foto: Imperial War Museum con Creative Commons

De igual manera, el balance demográfico que dejó esta guerra planteó la maternidad como factor de reconstrucción nacional. Se produjo un baby boom en todos los países que participaron y la revalorización de la maternidad como un tema decisivo de la posguerra.

La escritora española Emilia Pardo Bazán (1851 – 1921) abordó los abusos de poder de los maridos y la cursilería sumisa de las mujeres burguesas.

Por su parte, la española Clara Campoamor (1888 – 1972), creadora de la Unión Republicana Femenina, fue determinante en que durante la Segunda República española (1931) la Constitución consagrara legalmente la igualdad de las mujeres situando a España en sintonía con las democracias más avanzadas de Europa.

Pero durante la guerra civil española (1936-1939), numerosas mujeres afiliadas a la Agrupación de Mujeres Antifascistas (AMA) sufrieron fusilamientos, encarcelamiento y el exilio impuestos por la dictadura de Francisco Franco, lo que afectó los avances logrados por la Segunda República. De hecho, se volvió al Código Civil de 1889 que sometía a las mujeres al poder de los hombres.

Las feministas plantearon la necesidad de transformar los espacios de transmisión cultural como la familia o la escuela.

Según Pérez Garzón, la idea de las mujeres como sujetos activos de la ciudadanía, como trabajadoras y como madres, sin tener que depender de los hombres, se consolidó en los países occidentales entre los años veinte y cincuenta del siglo XX.

Lo personal es político

La segunda ola del feminismo se asocia con los años sesenta del siglo XX, cuando se destacaron las obras de la francesa Simone de Beauvoir (1908 – 1986) y de la estadounidense Betty Friedan (1921 – 2006). Abarca también el feminismo radical y los movimientos de liberación de los años setenta.

Esta segunda ola se puede resumir con el eslogan “Lo personal es político”: se rompió con la visión que durante tantos siglos había hecho de la biología el factor determinante de las relaciones desiguales entre mujeres y hombres.

En su libro El segundo sexo (1949) Simone de Beauvoir planteó que la subordinación de las mujeres era determinada por el hombre y que no obedecía a la naturaleza ni a las especificidades biológicas del sexo femenino.

Simone de Beauvoir hizo del feminismo una teoría social que logró explicar la posición de subordinación de la mitad de la especie humana.

Analizó a la mujer como “el segundo sexo”, un sujeto sometido a la proyección de los deseos de los hombres donde su vida solo se explicaba en relación con la de ellos, no a la inversa. Al ser su obra traducida al inglés, las feministas norteamericanas le dieron el éxito internacional.

También señaló que la feminidad se había construido no por libre elección de las mujeres, sino impuesta por medio de la educación. Por tanto, ellas tenían que organizar su existencia con esa identidad construida. Como era de esperarse, en 1956 la Iglesia católica incluyó este libro en la lista de títulos prohibidos. (Ver: La tal ideología de género, ¿de dónde viene y para dónde va?).

La obra de Beauvoir influyó en otra de enorme impacto en 1963: La mística de la feminidad de Friedan. En esta se evidenciaron las trampas de una “mística” que elevaba al rango de norma el modelo de ama de casa y madre de familia.

Dejaba clara la tesis de que las mujeres debían defender su propia realización y que no tenían por qué estar subordinadas a los hombres. El libro de Friedan, que obtuvo el Premio Pulitzer en 1964, la llevó a impulsar la Organización Nacional para las Mujeres (NOW) en 1966.

El feminismo radical se fundamentó, entre otras, en las obras Política sexual de la estadounidense Kate Millett, quien falleció el 6 de septiembre de 2017, y de la canadiense Sulamith Firestone (1945 – 2012), La dialéctica de la sexualidad, publicada en 1970.

Además de darles énfasis a tres conceptos clave, género, patriarcado y casta sexual, ampliaron los conceptos de poder y política, desmontaron la visión androcéntrica dominante (el hombre como centro) y criticaron la heterosexualidad como obligación. (Ver: La obligación de ser heterosexual).

Kate Millett venía de la organización NOW y en 1969 defendió en la Universidad de Oxford su tesis doctoral Política sexual: la primera sobre género en la historia. Para ella, la esfera privada no era ajena a la política, pues era en ese espacio en donde se desarrollaban las relaciones de dominación que daban soporte al resto. De ahí la consigna: “Lo personal es político”.

En La dialéctica de la sexualidad, Firestone argumentó que el poder de los hombres había situado a las mujeres en una posición de desventaja porque las había obligado a recluirse en las tareas del parto y crianza. (Ver: “Ser mamá no es un instinto ni un mandato, es una elección”).

Para remediar esas desventajas propuso no solo el uso de métodos anticonceptivos y el aborto sino lograr que la crianza no dependiera exclusivamente de las mujeres. (Ver: Las luchas del aborto en Colombia).

El feminismo radical también impulsó la creación de grupos de autoconciencia para que las mujeres alcanzaran por sí mismas el conocimiento de la opresión y pudieran reorganizar su vida.

Clítoris y orgasmo

También creó centros de ayuda para que las mujeres adquirieran libertad, empezando por su propia sexualidad y autonomía promoviendo, por ejemplo, el orgasmo mediante la estimulación del clítoris. (Ver: Un mundo más allá del “¡enloquécelo en la cama en 5 pasos!”).

A partir de los años ochenta del siglo XX los aportes del feminismo radical se convirtieron en la base del feminismo contemporáneo. Quienes empezaron esta tercera ola coincidían en que no habría libertad para las mujeres si no se partía de la diferencia sexual, lo que le daría soporte a un pensamiento propio.

Para las líderes del feminismo de la diferencia, la igualdad consistía en ser iguales desde la diferencia: lo que hacen las mujeres vale tanto como lo que hacen los hombres, pero no tienen que hacer lo mismo.

Lucy Irigaray es una de las representantes del feminismo de la diferencia en Francia. Su primera obra es El espejo de la otra mujer (1974). En Italia, desde mediados de los años sesenta se destacó la obra de Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel (1970), en la cual criticó a los que consideraba los pensadores de la cultura machista: Hegel, Marx y Freud.

En el pensamiento posmoderno se destaca la estadounidense Judith Butler (1956), para quien el sexo y el género son invenciones culturales que hay que desmontar porque crean ficciones homogéneas cuando la realidad es diversa y cambiante. (Ver: Queer para dummies).

Desde las últimas décadas del siglo XX el feminismo también forma parte de las políticas institucionales de los Estados democráticos. Es el feminismo institucional. Así, la lucha por la igualdad ya no es tarea exclusiva de los grupos de mujeres.

Entre las medidas para contrarrestar las desigualdades que aún persisten está promover que las mujeres tomen conciencia de su situación desechando imposiciones y supuestas obligaciones “naturales” y participen en la vida pública en los espacios de poder y toma de decisiones.

El primer impulso oficial de esta estrategia de empoderamiento se dio en la Cuarta conferencia mundial de mujeres celebrada en Pekín (1995). A esta se suman la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer, conocida como Convención de Belém do Pará (1994) y la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer CEDAW (1999).

Hasta ahora, señala Pérez Garzón, el feminismo no ha perdido ninguna de sus batallas. Además de haber logrado cambios legales y reformas sociales, ha roto con la idea de que las mujeres estaban predeterminadas por naturaleza a ocupar determinadas posiciones.

Pero las conquistas de igualdad solo se están desarrollando en una tercera parte del planeta. La situación de muchas mujeres no es igual a las de los hombres así las leyes estipulen lo contrario.

Hay transformaciones que no se realizarán a punta de decretos ni leyes sino mediante un trabajo perseverante para transformar prejuicios y viejas creencias en prácticas de autonomía y equidad. De ahí la plena vigencia del feminismo.

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