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Feminismo en Colombia: una historia de triunfos y tensiones

Género, diversidad sexual y cambio social.

La historia de exclusiones y desigualdades de las mujeres en Colombia, fundamentada en el machismo y en las diferencias físicas entre unos y otras, se ha ido derrumbando gracias al empeño de cientos de mujeres. ¡Ellas son! Línea del tiempo. #FeminismoParaDummies.

Feminismo en Colombia: una historia de triunfos y tensiones
Unas de las dificultades que vivió el feminismo en Colombia fueron los enfrentamientos entre aquellas partidarias de conservar “la doble militancia” (el feminismo y la izquierda) y las feministas autónomas o quienes abogaban por un compromiso exclusivamente feminista. Fotos: Archivo Flora Uribe.

La mayoría de personas en Colombia reconoce los problemas de violencia, inseguridad, pobreza, corrupción e injusticia social que vive el país, pero muchas menos perciben o aceptan que también hay discriminación y desigualdad de género.  (Ver: Decir “no”: un privilegio de los hombres).

Cuando se acepta que aquí sí pasa algo al respecto, ese ‘algo’ se considera de muy poca relevancia“, señala la politóloga María Emma Wills en su tesis de doctorado Las trayectorias femeninas y feministas hacia lo público en Colombia (1970-2000): ¿Inclusión sin representación?

De hecho, la crítica central a las feministas es que en Colombia no hay mayores diferencias en el tratamiento que reciben hombres y mujeres. La realidad es otra. (Ver: Ataques con ácidos y el machismo de cada día).

Desde la antigüedad clásica ha existido la idea, también replicada en Colombia, de una identidad femenina asociada por naturaleza al hogar, la maternidad y al ámbito doméstico. (Ver: “Ser mamá no es un instinto ni un mandato, es una elección”).

Así, las mujeres debían encontrar su realización como seres humanos desempeñando el papel de madres y esposas. Lo femenino se concibió no sólo como lo distinto de lo masculino sino como lo opuesto-inferior.

Las mujeres fueron asociadas a las emociones, seres arrastrados por sus pasiones y con una inclinación innata hacia el cuidado de los otros.

Según Wills, las primeras democracias modernas prohibieron la presencia de mujeres en las urnas, partidos políticos, academia, escuelas de artes y oficios, milicias, prensa, literatura y en todos aquellos lugares considerados como propios de lo público.

De hecho, el siglo XX se inició en Colombia, como en la mayoría de naciones democráticas, sin que las mujeres tuvieran derecho al voto y a la participación política. En este veto resultaba definitivo el Concordato, tratado que el Estado de Colombia había firmado con la Santa Sede en 1887 y que se mantuvo hasta 1993. (Ver: El camino para que Colombia sea un Estado laico).

Este acuerdo le otorgaba a la Iglesia Católica la potestad de tutelar los contenidos difundidos en la escuela pública y le concedía amplios poderes de regulación en materia matrimonial y, por esta vía, sobre la vida de las mujeres“, añade Wills.

Educación para el hogar

En los colegios femeninos se ofrecía una educación vinculada a los oficios de la casa. Muchas mujeres de clase media optaron entonces por una de las pocas labores que les estaban abiertas: la de maestras.

Este es el caso de María Rojas Tejada quien, como una de las pioneras del feminismo, regresó a Colombia a principios del siglo XX, después de graduarse como educadora, con el fin de promover la educación de las mujeres.

En 1914, en Yarumal (Antioquia) fundó un centro cultural femenino. Como fue mal visto, se trasladó a Medellín donde creó un colegio femenino que ofrecía una educación integral. Pero por el cerco social que el clero le tejió, se vio obligada a salir de la ciudad.

Las mujeres casadas estaban sometidas a la sociedad conyugal y eran representadas por el marido. las solteras, por el padre.

De Manizales también sería desterrada para llegar a Pereira a fundar una escuela mixta y laica y a traducir artículos de feministas europeas y norteamericanas. Entre 1916 y 1918 publicó la revista Femeninas, explica Socorro Ramírez en el texto Las precursoras colombianas del feminismo. (Ver: Feminismo: de dónde viene y para dónde va).

En los años veinte fue conocida la socialista María Cano (1887 – 1967), quien encabezó históricas jornadas por libertades políticas y derechos civiles y fue el símbolo de la organización y movilización de los trabajadores.

En esa década, explica Wills, tendría lugar la primera huelga exitosa en la rama de los textiles, liderada por Betsabé Espinosa, quien lograría un aumento salarial del 40%, la expulsión de los capataces que acosaban sexualmente a las mujeres y una jornada laboral de nueve horas.

“Con la fuerza de sus pinturas de mujeres marginales y desnudos femeninos, Débora Arango también desafió el machismo”, Socorro Ramírez.

En 1930, Georgina Fletcher creó el Centro de Cultura Femenina y organizó en Bogotá junto con Ofelia Uribe de Acosta –con el apoyo del presidente Olaya Herrera– el IV Congreso Internacional Femenino de la Liga de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas.

En este evento se invitó a la emancipación de las mujeres de su “condición de esclavas” y se les hizo un llamado a tomar conciencia sobre la importancia del proyecto de ley de Capitulaciones Matrimoniales, explica Lola G. Luna en su libro El Sujeto Sufragista. Feminismo y Feminidad en Colombia, 1930-1957. (Ver: Es feminismo: no humanismo ni “igualismo”).

La potestad marital

Esto, debido a que el código civil permitía la potestad marital, figura mediante la cual el matrimonio se convertía en una manera de despojar a las mujeres de su patrimonio y de impedir que tuvieran independencia económica.

La potestad marital se abolió en 1932 cuando se aprobó la Ley 28 o de Capitulaciones Matrimoniales, que les otorgaba a las mujeres el derecho de disponer libremente de sus bienes, contraer deudas, realizar otras transacciones financieras y comparecer por sí mismas ante la justicia.

“Una vez conseguido el primer derecho: administrar sus bienes, la educación se volvió la prioridad”, Lola G. Luna

Los siguientes retos a alcanzar: el voto y la educación superior. El primero tuvo que esperar unos años más, mientras que en 1933, mediante el decreto 1972, las universidades les abrieron las puertas a las mujeres. En 1938 se graduaron las primeras seis.

Por ese entonces había otro obstáculo a superar: el código penal castigaba el adulterio de las mujeres pero omitía sancionar la infidelidad de los hombres. Exoneraba al marido que asesinara a la esposa infiel o le ofrecía, en caso de que no hubiera homicidio, la posibilidad de pedir prisión para “la culpable”.

En 1936 se abolió el derecho de los hombres a imponer “la pena capital” sin juicio previo, pero estableció la figura de “la legítima defensa del honor”, motivo para disminuir la condena de un marido que en “estado de ira e intenso dolor” atentara contra su esposa. Esta concesión fue conservada hasta 1980, señala Wills. (Ver: Lo que hay detrás de un “crimen pasional”).

El código civil, por su parte, también sancionaba de manera diferenciaba la infidelidad en mujeres y hombres. Mientras que con la simple prueba de adulterio, las mujeres perdían la crianza de sus hijos y el manejo de sus bienes, a los hombres había que probarles amancebamiento (o convivencia).

“Los códigos civiles y penales y la Constitución de 1886 pretendían regir la conducta femenina”, María Emma Wills.

Ese mismo año, 1936, como parte de la reforma constitucional del gobierno de Alfonso López Pumarejo (1934 – 1938), las mujeres adquirieron el derecho a ocupar cargos públicos, paradójicamente sin haber sido declaradas ciudadanas, derecho que hasta el momento era exclusivo de los hombres. Fue necesario esperar hasta mediados de los cuarenta para reconocer que las mujeres eran ciudadanas y podían ser elegidas para cargos públicos.

El primer congreso nacional

Entre el 10 y el 12 de febrero de 1945, bajo el auspicio del Partido Socialista Democrático y el liderazgo de Mercedes Abadía, Lucila Rubio de Laverde y Matilde Espinosa, se realizó el I Congreso Nacional de Mujeres al cual asistieron obreras, sindicalistas, estudiantes, campesinas e indígenas de varias regiones del país.

En ese espacio, la Federación Femenina Nacional, creada ese mismo año, fue reconstituida como Alianza Femenina de Colombia para aunar esfuerzos de cara a la consecución del voto femenino“, añade Luna.

Sin embargo, algunas mujeres percibían el hogar como el único espacio de realización femenina y sólo estaban dispuestas defender su derecho al voto. Recogían las ideas de “feminidad” y “hogar dulce hogar”. Ellas representaban la tendencia sufragista conservadora.

Josefina Canal de Reyes, directora de la revista Mireya era una de ellas, y quien en el editorial número uno escribió el objetivo de la revista: “servir a los intereses femeninos y a los sagrados ideales de la familia y la patria“. En la revista Letras y Encajes, fundada en Medellín en 1929, también se publicaban las opiniones conservadoras.

Otras mujeres, por su parte, apoyándose en un concepto de ciudadanía más amplio, exigían educación, derechos salariales y acceso a cargos públicos. Bajo la dirección de Ofelia Uribe de Acosta, publicarían en la década de los cuarenta la revista Agitación Femenina, explica Wills.

Para Ofelia Uribe la feminidad era una segunda naturaleza superpuesta a las mujeres por los hombres.

El II Congreso Femenino se inauguró el 23 de mayo de 1946, en pleno inicio del período de La Violencia, en el cual se reclamó al Gobierno colombiano el cumplimiento de la Carta de Naciones Unidas sobre el reconocimiento de los derechos de las mujeres.

Durante el discurso de apertura, Lucila Rubio de Laverde dijo: “no es conveniente para la mujer limitar su mundo al hogar. El deber para la familia es nuestro natural y principal deber, pero tenemos otros que no es bueno descuidar ni menos olvidar, si no queremos vestir en vida el sudario de la muerte“.

El derecho al voto, ¡por fin!

Finalmente en 1954, bajo la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, y después de pasar por 11 proyectos de ley, se logró el derecho al voto para las mujeres pero solo se pudo ejercer hasta 1957, para votar el plebiscito del Frente Nacional.

Luego de la obtención del voto, agrega Wills, las redes de militantes se diluyeron. Según Ofelia Uribe, las mujeres empezaron a votar por hombres de manera dividida. En otras palabras: optaron por cargarles los ladrillos a ellos.

El inicio de la década de los setenta fue el punto de partida de un nuevo ciclo de movilizaciones.

La segunda ola del feminismo, tal como sucedió en otras partes del mundo, estaba compuesta en su mayoría por mujeres con educación superior que habían viajado a otros países y que buscaban un cambio profundo en sus vidas y en las de las mujeres pobres. Era el feminismo de la liberación.

Ese compromiso surge de la historia de afiliación de muchas de ellas a movimientos de izquierda“, señala Julieta Lemaitre en su libro El derecho como conjuro. Socorro Ramírez, la primera mujer de la izquierda en aspirar a la Presidencia de la República, recuerda que por esos años la movilización sindical, la estudiantil y la política no se concebían de manera separada.

Según Lemaitre, las militantes de los setenta promovieron una rebelión contra lo que significaba ser mujer en la vida privada: falta de control sobre la maternidad, el sexo y las decisiones más nimias de la cotidianidad. Algunos de los eslóganes de la época fueron “mi cuerpo me pertenece” y “toda penetración es imperialista“.

Entre las pioneras de esta segunda ola están: Chris Suaza, Socorro Ramírez, Luz Jaramillo, Magdalena León, Nora Segura, Gabriela Castellanos, Martha López y Florence Thomas.

Textos como “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir volaron a América Latina.

La familia y la iglesia rodeadas de un hálito sagrado, empezaron a ser percibidas como instituciones desfavorables a un avance de la libertad de hombres y mujeres al reproducir las construcciones estereotipadas de feminidad y masculinidad“, afirma Wills.

Las mujeres pertenecientes a las élites y con conexiones familiares en la política fueron las primeras en abrirse paso en la arena política. En 1974, por primera vez en la contienda electoral por la Presidencia, compitió una mujer: María Eugenia Rojas, hija del anapista general Rojas. Obtuvo el 9.4% de la votación.

Igualdad jurídica

A pesar de que el presidente liberal Alfonso López Michelsen (1913 – 2007) no logró la legalización del divorcio, sí fue bajo su gobierno (1974 – 1978) que se aprobó el decreto 2820 que declaró la igualdad jurídica entre hombres y mujeres.

Nombró a María Elena Crovo ministra de Trabajo, una cartera considerada hasta el momento ‘masculina’ y a seis mujeres como gobernadoras. Sin embargo, la Iglesia Católica presionó hasta lograr la renuncia de una de ellas por estar separada“, añade Wills.

En 1977 se organizó el Frente Amplio de Mujeres donde se excluyeron a las feministas independientes y “sospechosas de ser lesbianas”. Entre las disidentes del Frente estaban: Eulalia Carrizosa y Sara Bright que crearon Cine Mujer; Eunice Duque, economista; Guentcy Armenta, educadora; Rosario Uribe, actriz y Margarita Medina y Martha Madrid, economistas.

Al año siguiente y con la participación de 250 mujeres de diferentes ciudades, se realizó en Medellín un encuentro nacional de mujeres. El propósito: definir la participación de Colombia en la campaña internacional por el aborto, la anticoncepción y contra las esterilizaciones forzadas. (Ver: Las luchas del aborto en Colombia).

“Me dejó estupefacta escuchar a una compañera que me había pedido ayuda para hacerse un aborto, despotricar después contra esta práctica”, Chris Suaza.

En 1979 surge la idea de organizar un Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe en Bogotá. Todo empezó cuando Giovanna Machado, una feminista venezolana, tenía pensando realizar en Colombia un encuentro latinoamericano de mujeres feministas.

Se esperaban entre 150 y 200 mujeres y llegaron 300. Se abordó un tema hasta ahora tabú: ser lesbiana. Una mujer se levantó y dijo: a mí el feminismo me cambió la vida. Tengo cuatro hijos y un marido y ahora estoy enamorada de una mujer“, cuenta Chris Suaza en su libro Soñé que soñaba.

Como mandatos inmediatos del encuentro que tuvo lugar entre el 18 y el 21 de julio de 1981 quedaron la creación de un centro de documentación sobre mujeres y fijar el 25 de noviembre como el día contra la violencia ejercida contra las mujeres. (Ver: En los zapatos de ellas).

Esa fue la fecha elegida debido a que el 25 de noviembre de 1960 en Santo Domingo (República Dominicana) durante el régimen del dictador Rafael Leonidas Trujillo, fueron torturadas y asesinadas por agentes del Servicio Militar de Inteligencia las hermanas Minerva, María Teresa y Patria Mirabal.

Tensiones internas

Lo sucedido en ese primer encuentro demuestra una de las dificultades que el campo feminista ha vivido desde sus inicios: enfrentamientos entre las feministas partidarias de conservar ‘la doble militancia’ (por el feminismo y la izquierda) y las feministas autónomas o quienes abogaban por un compromiso exclusivamente feminista“, explica Lemaitre.

Las autónomas rechazaban a quienes practicaban la doble militancia porque les parecían “mujeres de partido” o que no eran lo suficientemente feministas. “Las diferencias de fondo se debían a las diversas trayectorias, experiencias de vida y a las diferencias de clase de las militantes. También, a sus diferentes concepciones de la política, la justicia y el poder“, afirma Wills.

Algunas corrientes concebían al feminismo como una propuesta de vida más que como una estructura partidista política.

El Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe (1981) fue organizado por las “anti partido” o los grupos autónomos feministas y las tensiones llegaron al punto de prohibirles la entrada a las que consideraban “mujeres de partido” o de “doble militancia”.

En 1990 se abriría paso el proceso constituyente (1990 y 1991), hecho que también partiría en dos la historia del feminismo en Colombia: entre la etapa contestataria y el feminismo legalista y de acercamiento al Estado, señala Lemaitre.

Las organizaciones de mujeres no lograron definir candidatas feministas a la constituyente apoyadas por todas.

A finales de 1990, en una mesa de trabajo de mujeres, se acordó tomar el tratado de las Naciones Unidas contra la discriminación a la mujer (Cedaw) y convertirlo en norma constitucional.

A lo anterior se sumaron las solicitudes a una libre opción de la maternidad; la crianza y educación como responsabilidad conjunta de la pareja; la función social del trabajo doméstico y la libre decisión sobre el orden de los apellidos. También se propuso la separación de Iglesia y Estado“, afirma Lemaitre.

Democracia en el país y en la casa

Las campañas pre constituyente permitieron vincular los debates feministas a la discusión general con lemas como “democracia en el país y en la casa”. Y contra su propia inercia divisionista, añade Lemaitre, las feministas lograron formular un plan unido y fundaron una red de organizaciones llamada Red Mujer y Constituyente que incluyó a 75 de todo el país.

“Desde su inicio la Corte Constitucional ha tomado decisiones favorables para las mujeres”, Julieta Lemaitre.

El éxito de las propuestas feministas fue notable en la nueva Constitución de Colombia (1991):

  • Artículo 13: Derecho general a la igualdad y no discriminación por sexo.
  • Artículo 40: participación de las mujeres en la administración pública.
  • Artículo 42: igualdad en la familia, derecho a la planificación familiar, derecho al divorcio, condena a la violencia en la familia, igualdad entre la unión libre y el matrimonio y protección de la mujer embarazada.
  • Artículo 43: protección especial de las mujeres cabeza de hogar.
  • Quedó consagrada la separación de la iglesia y el Estado.

A partir de la aprobación de la nueva Constitución (1991) y de la figura de la tutela, la Corte Constitucional ha podido pronunciarse para defender los derechos de las mujeres“, afirma Wills.

A los pocos días de promulgarse la Constitución se creó la Red Nacional de Mujeres, organización que en ese entonces se planteó para el desarrollo legislativo de los artículos constitucionales.

“Antes de la aprobación de una ley de cuotas, la presencia de las colombianas en cargos públicos era minoritaria”, María Emma Wills.

Otras organizaciones que ya existían como la Casa de la Mujer y nuevas como Sisma Mujer, se orientaron también hacia la participaron en grandes procesos de reforma legal como la ley contra la violencia intrafamiliar (1996), la ley de cuotas (2000), el protocolo de la Cedaw (1999), el apoyo al litigio contra la prohibición del aborto (2006) y la ley de violencia contra las mujeres (2007)“, señala Lemaitre.

Así, poco a poco, y a pesar de que para muchas personas “el feminismo ya no es necesario”, Colombia avanza en igualdad de género. (Ver: ¡Si no fuera por el feminismo!).

Sin embargo, los retos aún son numerosos: diferencias salariales entre hombres y mujeres, menor número de mujeres en escenarios de toma de decisiones y violencia de género, entre otros. Lo cierto es que una vez alguien decide ver la vida con el lente del feminismo, no hay vuelta atrás. La buena noticia es que todavía hay tiempo de ponérselo.

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