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Feminismos innovadores

Género, diversidad sexual y cambio social.

Gordas sin Chaqueta

Es una organización feminista de reivindicación de la gordura como acto político, libremente elegido, que se resiste a un sistema machista.

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Ellas son: Marcela Salas, Lu Robles, July Tatiana Rosero y Diana Pulido. En la foto falta Ángela Quiceno.

“No nos llamamos ‘gordas’ por resignación o porque nos tocó. Queremos apropiarnos de la palabra”.

“Las mejores amigas”, “las mujeres complacientes, siempre sonrientes y de mejores sentimientos” o “las perezosas que no hacen nada”, son algunos de los estereotipos y clichés con los que suelen representarse y asociarse a las mujeres gordas.

También está la relación con enfermedad, pero para Gordas sin Chaqueta no todas las personas gordas están enfermas: la gordura no es una enfermedad, la obesidad sí.

No se definen como “mujeres con sobrepeso”, “grandes”, “gorditas” o “de hueso ancho”. Esos calificativos no son para ellas “piropos” como la gente suele usarlos: son gordas y quieren apropiarse de la palabra.

Muchas mujeres tienen una relación con la gordura atravesada por el miedo.

Ellas son Gordas sin Chaqueta, una propuesta liderada por July Tatiana Rosero, psicóloga; Lu Robles, de Guatemala y quien hace dos años vive en Colombia, antropóloga, cocinera y estudiante de la maestría en Estudios de Género.

También están Diana Pulido, antropóloga, estudiante de maestría en Comunicación, Desarrollo y Cambio social; Marcela “La Marce” Salas, trabajadora social, especialista en Derechos Humanos y estudiante de maestría en Trabajo Social y Ángela Quiceno, socióloga y artivista (arte + activismo).

No importan todas las diferencias físicas que existan entre ellas porque todo se reduce a “son gordas” a ojos de la gente. Con frecuencia las confunden porque la gente no suele fijarse en los detalles de una gorda.

 “Muchas veces, después de meses de conocerme, alguien me dice ‘tienes los ojos claros’. La gente no se fija en nada más”, Diana Pulido.

Es como cuando a la gente le parece que todas las personas negras son iguales, entonces piensan que somos hermanas, hijas seguramente de una mamá gorda“, señala Quiceno.

Y por corto que sea el trayecto que recorran, suelen recibir comentarios relacionados con su peso. Muchas personas se sienten con derecho a decirles “¡uyy gordita!” como si ellas no se vieran en el espejo. Ya lo saben.

La gente que intenta hacerlas sentir mal por la calle no recibe ningún tipo de sanción social.

Todo les recuerda que son gordas: desde el sonido de la cama al levantarse y al acostarse, sentarse en una silla Rimax o pasar por una registradora del SITP o de Transmilenio. “Nada está hecho para las gordas y el mundo entero nos está recordando que no cabemos, que no encajamos“, señala Pulido.

Para ellas, los comerciales de “Ámate como eres” les asignan la responsabilidad a quienes han sido las víctimas. Mucha gente las insulta y les dice cosas por su cuerpo, pero después les piden a las gordas que se amen como son.

Por esto le exigimos a la sociedad que piense la manera en que se relaciona con los cuerpos de las mujeres y, puntualmente, con las gordas“, explica Pulido.

Para muchas personas, July Tatiana Rosero no clasificaría en Gordas sin Chaqueta. “La mirada se centra en quienes visualmente la gente percibe como gordas y para muchos yo no lo sería. Pero en mi cotidianidad sí siento comentarios sobre mi peso o me siento gorda porque estoy lejos de encajar en el 90-60-90 que tanto nos han dicho“.

“La mayoría de mujeres sienten la presión de ‘me subí un kilo, tengo que bajarlo’ o ‘voy a la playa, tengo que hacer dieta’”, July Rosero.

También, aclaran, no están obligando a nadie a engordar, sino invitando a entender que los cuerpos de las mujeres son distintos y que cada una debe construirlo como quiera.

“Es lo mismo que pasa con la expresión de género de las lesbianas, debemos dejar de sentir pena porque somos machorras, esa es otra forma de feminidad o de construirse como mujer”, concluye Pulido. (Ver: A mí sí se me nota).

1. ¿Cómo nació Gordas sin Chaqueta?

Los caminos de cada una venían del feminismo y la gordura siempre fue parte fundamental de nuestras experiencias de vida. Cuando nos encontramos no éramos amigas hasta que un día surgió la idea de armar un parche de gordas.

Las primeras reuniones fueron en mayo de 2014. Empezamos a encontrarnos para hablar y terminó por convertirse en un espacio de catarsis. No es fácil rodearse de gordas, generalmente uno es “la gorda” del colegio, la universidad o el trabajo.

Al empezar a hablar, nos dimos cuenta de que era usual comerse todo el pan del desayuno, que en la casa nos escondieran la comida bajo llave o llegar a una celebración familiar y que el primer comentario que recibiéramos estuviera relacionado con nuestro peso: “fulanita hizo una dieta y le funcionó“.

“Una vez mi abuela me dijo ‘veo que ha bajado de peso’ y mi respuesta fue ‘nunca había pesado tanto como hoy’”, Ángela Quiceno.

Todas hemos pasado por la experiencia de decir “no más” en la casa, de responder comentarios en la calle, de terminar con relaciones tóxicas y de trabajar en nuestras inseguridades.

En esas primeras reuniones no hacíamos otra cosa que sanar, comer y reír. El hecho de poder comer lo que cada una quisiera sin sentir culpa ni vergüenza es muy potente. Convivir con gente que no nos está juzgando ni contando las calorías es liberador.

A las reuniones llegábamos diciendo “hoy sí vamos a trabajar en los objetivos de la colectiva” y nos poníamos tareas, pero la necesidad era reunirnos para hablar. Y lo fuimos entendiendo. A nosotras no nos fluye sentarnos a planear, si hacemos algo que nos gusta y funciona, lo repetimos y ya.

“Ese ejercicio de ensayo y error con el que empezamos ha sido toda nuestra experiencia colectiva”.

Después vinieron las fotos desnudas en Hysteria, una revista de cultura y sexualidad. No nos habríamos quitado la ropa si antes no hubiéramos hecho ese ejercicio de encontrarnos para hablar.

Aunque las fotos fueron liberadoras, nos implicó llegar a nuestros trabajos y encontrarnos con comentarios chéveres y con otros de “no están promoviendo un estilo de vida saludable”. En el fondo, lo que le molesta a la gente es que la gorda se tome una foto desnuda y no sienta pena.

“Las gordas y machorras incomodamos. Mientras el cuerpo del hombre gordo es visto como fuerte y protector, el de la mujer gorda no”.

Después de esas fotos, vinieron otras y más adelante empezaron un proyecto llamado “Las 7 ventajas de ser una gorda rebelde” como respuesta al artículo que en algún momento publicó Alejandra Azcárate sobre las desventajas de ser una gorda.

Con Estados de Cinercia, una propuesta liderada por Cristina Uribe Villa -quien en algún momento también formó parte de Gordas sin Chaqueta- hicimos un registro audiovisual de los talleres que el proyecto incluía y de ahí salió un documental llamado “Mujeres con los gordos bien puestos”.

2. ¿Por qué se definen como una apuesta lesbo-feminista?

Porque ser lesbianas ha sido fundamental en el reconocimiento y sanación de nuestros cuerpos. Nos llamamos “lesbianas” y no “homosexuales” o “gais” porque creemos que la palabra es fundamental, no nos parece una ofensa. Es la reivindicación de un lugar que ha sido violento y no intentamos negarlo. Es lo mismo que pasa con la palabra “gorda”.

 El lesbo-feminismo es un salvavidas para hablar de machorras, poliamor y autonomía”.

Varias de nosotras primero formamos parte de grupos LGBT pero ahí sentimos misoginia y “gordofobia”. Al movimiento LGBT le hace falta feminismo. Esa es la razón por la que muchas lesbianas feministas poco habitamos esos espacios.

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El lesbo-feminismo nos invita a la libertad, a cuestionar los roles en las relaciones y nos da la posibilidad de sanar muchas de las heridas de nuestra historia familiar, corporal y erótico afectiva.

3. ¿Qué le incomoda a la sociedad de las gordas?

La gordura ha sido cargada de estereotipos y concepciones negativas. Es visto como desafiante que una persona se sienta orgullosa de ser gorda, se nombre de esta manera y se sienta cómoda así.

Pero lo que más incomoda es que se ponga en lo público eso que es considerado del ámbito privado. Por ejemplo, una camiseta apretada. Si una mujer está gorda tiene que usar chaquetas anchas.

Que una mujer vaya feliz por la vida, sin estar amargada ni tapándose, le incomoda a la gente porque ¿cómo es capaz de sentirte bien así? El sistema no acepta que una gorda no tenga vergüenza, que no se sienta culpable de andar libremente como es.

Otra reflexión importante es que a nosotras nos ha sido negado el placer, el amor y el deseo. No tenemos derecho a follar, a amar ni a ser amadas. ¿Qué pasa cuando a una persona le atraen las gordas? En ciertos contextos eso está mal visto. Vienen los comentarios de “le están haciendo el favor”.

 Algunas personas nos dicen ‘ahora que te conozco ya sé por que esa persona está contigo: tienes una personalidad arrolladora'”.

Si se tiene una pareja linda y sexy, eres una persona poderosa, mientras que estar con una gorda es como “no pudo conseguir nada más” o “decayó”. Es casi como algo pervertido, un fetiche o algo que ella tiene que agradecer.

En los espacios privados algunas chicas que salen con nosotras son muy cariñosas pero nos estrellamos cuando públicamente se les nota la vergüenza. De ahí la importancia del feminismo para mantener el amor propio y no permitir ese tipo de violencias.

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