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La Cenicienta no es ninguna boluda

Profesional en Estudios Literarios y Magíster en Literatura y Cultura del Instituto Caro y Cuervo. Candidata doctorado en Español y Portugués en la Universidad de Massachusetts. Descansa montando en bicicleta, tomando fotos y haciendo yoga.

Contrario a lo que cree la niña argentina en el vídeo que se volvió viral en las redes, no todas las princesas son unas boludas. La Cenicienta de los Hermanos Grimm decide, pide y desobedece. Es un ejemplo de todo lo que una princesa puede hacer.

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No todas las princesas son unas “boludas”. Para la muestra, la Cenicienta de los Hermanos Grimm. Ilustración de Gustav Doré.

Y sigamos con los Grimm…

Hace pocos meses las redes sociales se llenaron con el video de una niña argentina que explica por qué Mulán es una princesa interesante mientras las otras “son unas boludas”; le pide a las princesas que “hagan algo”.

Pues bien, a los padres de esta simpática crítica de cine les propongo leerle las versiones de los Hermanos Grimm, para que ella vea todo lo que una princesa puede hacer. Cenicienta es una princesa que “hace algo” que muchas mujeres actuales no son/somos (a veces me incluyo) capaces de hacer: decide.

Lo primero que decide es llorar. Lo hace con tal devoción que una rama que Cenicienta ha pedido a su padre y que ha sembrado junto a la tumba de su madre, crece hasta convertirse en un árbol. Un pájaro se posará en él y otorgará a Cenicienta todo lo que ella pida. Segunda decisión: pedir.

Cuando la joven se entera del baile pide permiso a su madrastra para ir, pero esta le pone dos veces una prueba que parece imposible: separar los granos de lentejas del carbón hirviendo. Cenicienta pide a los pájaros su ayuda y la obtiene.

La madrastra, sin embargo, no la deja ir. Aún así Cenicienta pide al pájaro (ningún hada rechoncha) un vestido hermoso para ir al baile. Tercera decisión: desobedecer. Al entrar al palacio nadie la reconoce y el príncipe la escoge como pareja y “bailó hasta el amanecer y entonces decidió marcharse”… cuarta decisión.

La joven se encuentra con el príncipe tres veces. La primera vez escapa por un palomar, la segunda por un árbol y es tras el tercer encuentro cuando Cenicienta pierde su zapatilla de oro, no de cristal. El futuro rey que las dos primeras veces la ha buscado y prevé que su chica volverá a escapar, ha mandado a poner pegante en las escaleras del palacio. Es así como obtiene el zapato que lo guiará a su amada: ha decidido no perderla.

Con zapatilla en mano va personalmente a la casa donde sabe que se esconde su enamorada para medirla en los pies de las jóvenes que allí habitan. Sin embargo, no es él quien la prueba, sino la madrastra quien sugiere a sus hijas que se corten los pies para que les quepa la bendita zapatilla.

El príncipe alcanza a emprender camino con una, pero al notar el hilo de sangre, se retracta. Lo mismo pasa con la segunda. Decide devolverlas porque no es a ellas a quienes quiere.

Al volver, pregunta si hay una tercera mujer en esa casa. El padre entonces menciona a Cenicienta pero sin creer que sea ella a quien el joven busca.

Aunque el zapato coincide con el pie de la doncella es cuando ve la cara de su amada que el príncipe se regocija. Entonces, con andrajos y todo, la lleva a su castillo. Y Cenicienta decide no escapar.

Al final del cuento, como en toda buena historia, hay algo de crueldad y fiesta: los pájaros arrancan los ojos a las hermanastras de Cenicienta -que, por cierto, ya habían quedado cojas- mientras Cenicienta y el príncipe se casan. Y son felices por siempre, porque lo merecen, por valientes, por decididos.