Los descaches del radar gay

Los descaches del radar gay

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Periodismo, opinión y análisis LGBT.
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Además de las tardes de desparche en las que uno no sabe si dormir, ver TV o salir a dar una vuelta, una de las principales consecuencias de no tener pareja es la alteración, casi desesperada, del radar gay o más conocido como gaydar.

En mi caso, veía posibles candidatas en buses, centros comerciales, en el gimnasio, en la universidad… Las miraba fijamente esperando un “hola, mucho gusto, soy…”. Cada vez que me presentaban a alguien me preguntaba: “¿será que es?” Me acuerdo que en esas épocas de soltería trataba de hacer uso de los consuelos de autosuperación estilo “en cualquier momento llegará, solamente hay que estar dispuestos a que suceda”.

Sin embargo, en la práctica, veía a la mujer de mi vida en cada esquina, hasta en esa compañera que tenía un novio desde hacía 8 años pero que yo sentía que en el fondo era gay y que no se había dado cuenta. Hoy sé que no se casó con él pero sí con otro y que tiene tres hijos. También sé que el gaydar se va afinando con el tiempo.

Una vez, también, en una de esas tardes universitarias, me decía pensando en una posible candidata: “yo sé que está casada y que tiene siete meses de su segundo embarazo, pero dentro de poco se dará cuenta de que lo suyo son las mujeres y que yo seré la elegida”.

En medio de la ansiedad por encontrar a alguien, entré a una página web de contactos. Una me envió una foto con un sombrero de mariachi, otra utilizaba emoticones a manera de signos de puntuación y una más, de quien yo pensaba que escribía en una especie de dialecto, en realidad era que cada una de sus palabras tenía un error de ortografía.

Otra más que no optó por enviar fotos ni por preguntarme si era “honbre” o “muger” me hizo pensar que por fin la había encontrado. Desde muy pronto insistí en que nos viéramos, pero por una u otra razón nunca podía. Mientras dilataba el encuentro, en las largas conversaciones telefónicas que sosteníamos a diario me decía que para ella era muy difícil ser tan bonita porque la gente solo la quería por su físico.

Por fin llegó el gran día en que no tenía que cuidar a su abuelita ni acompañar a sus tías. Llegué a las 5 en punto al centro comercial acordado o quizás media hora antes. Pasaron 10, 30, 50 minutos hasta que una hora y media más tarde de lo previsto, justo cuando dije “no llegó”, escuché una voz mucho más frágil y menos segura de la que durante casi 8 meses había oído por teléfono. Me dijo: “hola, soy Cristina”.

Fue entonces cuando entendí que ella, en complot con el anonimato de Internet, se habían burlado cruelmente ya no de mi gaydar sino de mi radar del gusto: su look distaba mucho del que me había descrito. No sé cuál fue mi cara, pero me acuerdo que me dijo: “por lo menos disimula”.

Para completar, poco después me reveló que el tiempo que yo llevaba esperándola a la entrada del centro comercial era el mismo que ella llevaba espiándome desde el segundo piso.

Pero era tal la obstrucción de mi radar que seguimos hablándonos un par de meses más hasta que por casualidad descubrí que ni siquiera Cristina era su  nombre.

Hoy sé que, como en todo en la vida, el gaydar no nace aprendido y que requiere de cientos de descaches para formarse. Hoy también sé que por más libros de autosuperación que lea, cuando uno está solo siempre verá posibles candidatos en cualquier parte, hasta en los empujones de Transmilenio es común preguntarse: “pero, ¿por qué se me acerca tanto?”

Así suene a moraleja, lo bueno es que todos esos descaches son aprendizajes. En ese momento por ejemplo supe que ‘alias Cristina’ no sería la mamá de mis hijos pero que a pesar de mi desilusión, las mujeres, definitivamente, sí eran lo mío.

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