Los dueños de la pirámide

Los dueños de la pirámide

Diseñadora de formación y tramposa por vocación, nunca aprendió las tablas de multiplicar. |La opinión de los colaboradores es personal y no compromete a Sentiido ni a institución alguna|
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“Porque soy su papá y punto”, “el jefe siempre tienen la razón” o “me respeta que yo no soy de su nivel”, son frases de las que no puedo evitar preguntarme ¿quién les da la autoridad a las personas que se sienten por encima nuestro?

cómo enfrentar a la que gente que se siente más que uno
De esa pirámide que aprendí en la clase de Historia -con los poderosos en la cúspide- a la pirámide de la actualidad, el orden no ha cambiado mucho. Foto: István Berta con Creative Commons.

La clase de Historia era una de mis materias favoritas en el colegio. Recuerdo que siempre me llamaron la atención los esquemas en forma de pirámide que representaban la organización social de diferentes civilizaciones.

En su orden estaban: el rey, el cacique, el zar, el emperador, luego los sacerdotes, los magos o chamanes; en el medio el pueblo y abajo los esclavos o sirvientes. Siempre, el primer lugar lo ocupaban las figuras a las que “la sangre”, “los dioses” o “la riqueza” les habían otorgado la autoridad y el poder para gobernar, a su gusto, sobre los demás.

De esas civilizaciones a la actualidad el asunto no ha cambiado mucho. Además, se replica en todos los ámbitos de la sociedad: en el trabajo, colegio, familias e, incluso, en los grupos de amigos.

Por lo general, hay un líder, alguien que “ejerce la autoridad” sobre la manada. Pero ¿qué pasa cuando no es claro por qué alguien decidió estar en la punta de la pirámide?, ¿por qué tenemos que obedecer a la profesora que no sabe nada? o ¿por qué hay que “pelarle el diente” al vigilante para que cumpla con su función de dejarnos pasar?

El jefe lo ordena y punto

Catalina llegó sonriéndonos a todos, vestida con una blusa azul de mariposas. Cualquiera que la viera haciendo bromas y comentarios amables, creería que era la encarnación de la dulzura.

“¿Qué tal la nueva jefe?”, nos preguntábamos en los pasillos. “Súper querida, ¿no? ¡Es un amor!”, nos contestábamos. Todos estábamos muy contentos con su llegada, hasta que de un momento a otro se escuchó el crack que anunció la ruptura.

Catalina se sentaba a la hora del almuerzo a contarnos de su amplia experiencia laboral, llena de meritorias y “épicas” hazañas. Y con la boca, literalmente llena de elogios hacia ella, se definía como alguien capaz de liderar un equipo, un equipo que, en realidad, sin ella ya estaba completo.

El crack sonó aún más fuerte cuando tuvimos que ir a tomar las fotografías para una nueva campaña. Ella, más “proactiva” que nunca, optó por hacerlo todo: movía los reflectores del estudio, organizaba la utilería y reacomodaba cada una de las tomas que ya teníamos listas.

Si se cruzaba con alguien llevando algún objeto, se lo rapaba y lo instalaba donde ella decidía. Si mi compañera Ema movía hacia la derecha el reflector, ella lo giraba con fuerza hacia la izquierda.

Sus actitudes nos anulaban a todos. Ni siquiera podíamos opinar. Cada vez que alguno intentaba explicar la razón de un cambio, era silenciado por una ráfaga de 50 palabras por segundo provenientes de alguien que se sentía una “autoridad incuestionable” y la única capaz de hacer las cosas de manera correcta.

Ese día perdí la paciencia y después del décimo ajuste de una luz, le dije: “Creo que en este caso, deberíamos dejarnos guiar por Ema, ella es la que tiene experiencia en fotografía”, a lo que Catalina contestó: “Sí, claro, pero yo soy la líder de este equipo, así que las decisiones las tomo yo”.

Afortunadamente, minutos después llegó el director de arte, figura a la que ella consideraba más “cercana a su nivel”, quien inmediatamente notó la imprecisión en las luces y empezó a ponerlas correctamente.

Catalina saltó de su sitio, discutiéndole los arreglos que hacía sin dejarlo hablar. Él optó por decirle, con tranquilidad, “bueno, perfecto, hazlo como quieras y yo, que llevo 20 años trabajando en esto, lo corrijo después”.

La pirámide académica

En muchas ocasiones, en la punta de la pirámide del ámbito académico se sientan los “caciques” que creen que por tener contrato con una institución educativa son los dueños de la verdad. ¡Ojo! Hay maestros que dedican su vida a la enseñanza y lo hacen con total honestidad, pero hay otros que parecen olvidar la importancia de su misión.

“Mi sapo es maposo”, decía la plana de la tarea de mi hermanito Juanpi cuando tenía 5 años de edad. En la siguiente reunión de padres de familia, mi mamá le preguntó a la profesora por la frase. “Mi hijo no entiende esa palabra, ¿qué es maposo?”. La maestra contestó que era la combinación de las sílabas “ma”, “po” y “so”.

“¿Pero será bueno enseñarle a un niño de esa manera?”, preguntó mi mamá. “Mire señora, en este colegio se enseña de la forma en que cada docente lo crea conveniente y esta es mi forma”, respondió ella.

En la cima de la pirámide académica también están los que se creen más importantes por el hecho de tener más títulos.

Un excompañero de trabajo pensaba que el resto del equipo de diseño éramos seres inferiores salidos del “inframundo intelectual”. Mientras hablábamos de nuestras actividades del fin de semana, Alberto nos miraba entrecerrando los ojos y diciendo: “¡Uy no!, ustedes no hacen más que perder el tiempo, a mí el máster no me deja tiempo para nada”.

Nos señalaba constantemente la importancia de tener tantos títulos como él y se sentaba a observar (o a estudiar) nuestro comportamiento y a reírse irónicamente de nuestros comentarios, haciendo apuntes como: “¡Ay, Dios mío!, a estos si se les nota que no saben nada… ¡Pobrecitos!”.

Miscelánea de autoridades 

Parece, entonces, que muchas personas creen ocupar la punta de la pirámide y estar por encima del resto de la humanidad. Por ejemplo, las que piensan que son la autoridad por llevar más tiempo en una empresa.

Este es el caso de mi compañera Luisa, quien a pesar de ocupar un cargo igual al nuestro, creía que Ema y yo, alias “las nuevas”, debíamos contestarle sus llamadas telefónicas. Entraba a la oficina dando un portazo y preguntando “¿quién me llamó?”.

O como el portero del edificio de una oficina en la que trabajé, que aprovechaba su “poder de la puerta”, para exigir saludo con sonrisa de las mujeres que trabajan ahí. Si no era así, fingía no reconocerlas y no las dejaba entrar hasta que no le mostraran el carné.

O quienes creen que están en la cima de la pirámide espiritual y que tienen la autoridad para decidir quién va a entrar al cielo y quién no. Después de tomarse unos tragos, en la última reunión de egresados de la universidad, Mauricio señaló: “¿les digo una cosa? Yo sí tengo algo en contra del que sea gay porque le está llevando la contraria al plan de Dios y, al final, va a resultar jodido”.

Hay “reyes” en la punta de la pirámide que miran por debajo del hombro a los inmigrantes, a las personas LGBTI, a las que vienen de otra ciudad, a los nuevos y a los que no tienen varios títulos universitarios. Creen que por tener dinero o contar con el respaldo de una empresa tienen la última palabra. ¿Se los permitiremos?

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