Los falsos positivos del periodismo

Ojalá que lo sucedido con Kien & Ke no quede como una anécdota más. Un buen número de medios de comunicación que se denominan “independientes”, están lejos de serlo.
 

Imagen: p-d-o.com.ar

Lo que pasó el lunes 22 de octubre con la página web Kien & Ke no es una novedad. Que unas directivas hayan decidido “prescindir de la colaboración” de un periodista que los puso en aprietos con un anunciante, un amigo de la casa o algún “gurú” del periodismo, no es algo de extrañar. Lo que sucede es que, generalmente, la despedida se hace con menos bombos y platillos o disfrazada de otro motivo.

Desde sus inicios, algunos medios han dejado ver que su fuerte es el rumor. Tienen muy claro lo que vende: fotos de cocteles, el tema del día en las redes sociales, realities, etc. Y bueno, esa es su apuesta.

Lo cierto es que hay otros medios, no virtuales y posicionados por su pretendida independencia y pluralidad, en los que suceden situaciones aún peores pero que se tapan mucho mejor.

Un periodista me contaba que en la casa editorial para la que trabaja, alguna vez le correspondió entrevistar a un ex director de noticias de un canal nacional. En una de sus respuestas, él le dijo: “un periodista vale tanto como su chiva”.

De ahí es fácil entender por qué a algunos comunicadores poco les importa el contexto, el análisis y la investigación. Saben que de no llegar rápido a publicar el material que tengan, incluida la respuesta a la tradicional pregunta “¿qué sintió?” después de una tragedia, su reducida tarifa mensual (algunas veces paga por prestación de servicios) podrá ser inferior.

“Le doy el honor de trabajar acá”
En la nómina del medio para el que mi amigo trabaja, también están algunos de los grandes periodistas de este país. Pero no me refiero a los que ganan millones o a los hijos de otros reconocidos periodistas, sino a unos menos famosos que contratan para que realicen allí sus prácticas profesionales. Los eligen después de haber superado un riguroso proceso de selección que garantice que son o están entre los mejores de su generación.

Los vinculan a la compañía durante seis meses por un salario mínimo mensual. Cuando terminan su pasantía, si hay vacantes, escogen al que mejor le fue, lo contratan por un millón de pesos o poco más y, muchas veces, por medio de una cooperativa. A los dos o tres años de arduo trabajo, el periodista generalmente se aburre y se va. Y así el ciclo vuelve a repetirse una y otra vez por el mismo sueldo.

Mientras que una página o un minuto de pauta publicitaria en estos medios es suficiente para pagar el salario anual de tres de estos periodistas “junior”, sus directivas duermen tranquilas engrosando las utilidades de la empresa.

A estos recién egresados, a estos “mejores profesionales”, les enseñan que para ser buenos periodistas, como “los de verdad”, como “los grandes”, deben trabajar de sol a sombra. Les hacen saber que no trasnochar en la oficina o anteponer la vida personal a la profesional es de mediocres.

Entre las lecciones que sus jefes rápidamente les comparten está la de que un buen periodista debe primero “comer mierda”. Con esa expresión se refieren a que deben llevar a cabo la labor de reportería (entrevistas, búsqueda de datos, etc.) de los artículos que les corresponden a sus jefes inmediatos para que, posteriormente, y una vez les entreguen toda la información, ellos los escriban y se lleven los premios y aplausos.

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¡Usted puede!
Son jefes que renuncian a la esencia del periodismo, la investigación, y les recuerdan a sus pupilos, mediante sofismas y eufemismos, que los verdaderos periodistas deben estar dispuestos a hacer lo que ellos ya se cansaron de hacer: trabajar.

Otro periodista me contaba que el gerente de la compañía para la que trabaja acostumbra recomendarle a sus editores lo siguiente: “contraten gente buena, bilingües, con especialización y páguenles un millón de pesos”. Y lo peor es que los consiguen. Finalmente siempre habrá gente dispuesta a trabajar en tan “prestigiosos medios” en las condiciones que sea.

Se trata de esos grandes medios cuyos directores no renuncian a sus cargos cuando sus familiares llegan a ocupar algunos de los cargos públicos de mayor importancia para el país así esto les genere un conflicto de intereses. Medios donde los “dueños del letrero” llaman y “putean” a sus súbditos cuando publican notas que, así sean ciertas, dejan mal parados a sus amigos.

Medios que contratan por una millonada directores “famosos”, mientras que el trabajo “sucio” lo hacen otros por una octava parte del sueldo de sus jefes.

Medios que prefieren “aplazar” ciertas investigaciones que pueden incomodar a sus anunciantes y que publican como reportajes artículos que han sido pagados por empresas públicas y privadas sin hacer advertencia de esto.

Medios que con el cuento de que no se sabe para dónde va el periodismo, le han vendido a sus periodistas la necesidad de la convergencia, sistema con el cual cada uno de ellos debe producir la mayor cantidad de información y en el menor tiempo posible para sus diferentes plataformas (audiovisual, escrita, etc.) pero, eso sí, por el mismo sueldo.

La escuela del maltrato
Hay muchas directivas que maltratan a sus periodistas porque creen que eso es formación o porque simplemente vienen de una escuela similar que decidieron repetir.

Mi amigo me contaba de un jefe que en su unidad de negocios les paga a los empleados según su estrato: mejores salarios a los que él considera son de “buena familia” y egresados de “un buen colegio”. En otras palabras: al que menos tiene, menos le paga.

El argumento para no subir los salarios siempre será que la situación está difícil, que no se sabe qué va a pasar con la crisis económica y que hay una fila de periodistas detrás de su puesto. Mientras tanto, unos pocos se siguen enriqueciendo con unos anunciantes que les reportan millones de pesos.

Son medios que, dicho sea de paso, les interesa la temática LGBT en la medida en que les sume pautantes. Sus directivas se consideran “incluyentes” porque al día siguiente de la marcha del orgullo gay publican una foto grande del evento, mientras tras bambalinas y, en otras ocasiones, salen con perlas como: “toca incluir a un gay pero a un lado, que no se vea tanto”.

El caso de Kien & Ke vale la pena analizarlo. Vale la pena saber si detrás de la despedida de Daniel Pardo hubo censura, miedo a perder anunciantes, presión de otros periodistas o todas las anteriores. Sin embargo, sería importante saber más de todos aquellos medios que, de no estar al servicio de los grandes grupos económicos, lo están al de sus propios intereses.

Un día el líder conservador Álvaro Gómez Hurtado (1919 – 1995) dijo al referirse a las encuestas: “son como las rellenas o morcillas: muy ricas pero es mejor no saber cómo las hacen”. Por el contrario, en este caso, sería interesante que la gente se enterara de qué hay detrás de cada artículo o nota.

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