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Los profesores también son víctimas de bullying

La opinión de los/las lectores/as y colaboradores/as es personal y no compromete necesariamente la opinión de Sentiido ni de institución alguna.

El estatuto docente colombiano impide que las personas lesbianas, gais, bisexuales y trans (LGBT) sean discriminadas por su orientación sexual e identidad de género en las instituciones educativas. Sin embargo, en la práctica son motivo de sospechas y burlas.

Por: Fidel Mauricio Ramírez*

Los profesores también son víctimas de bullying
“Algunos profesores homosexuales nos vemos obligados a hablar de las estructuras familiares tradicionales como base de la sociedad, desconociendo nuestras propias familias”. Ilustración: Sharon Hinchliffe con Creative Commons.

Hace unos días quedé atónito ante una columna de opinión publicada por la escritora Piedad Bonnett en el periódico El Espectador. Ella reclamaba por la indolencia con la que la Universidad de Los Andes de Bogotá, respondió frente a su queja -que comparto- de falta de empatía por parte de un docente y de agravio a la memoria de su hijo, quien se quitó la vida en 2011 cuando tenía 28 años.

Esto, sumado a lo ocurrido en las últimas semanas en Colombia, a propósito de la revisión de los manuales de convivencia de las instituciones educativas por parte del Ministerio de Educación, constituyen una oportunidad para visibilizar temas que normalmente se quedan en conversaciones de pasillo.

Soy maestro y por más de 10 años he prestado mi servicio docente en diferentes niveles. He sido profesor de educación básica, media y superior (pregrado y posgrado). Y durante este ejercicio he experimentado la homofobia institucionalizada tanto en la escuela como en la universidad.

En estos casos, la homofobia muestra su rostro de diversas maneras: a través de burlas por parte de los estudiantes hacia la voz “femenina” o la manera de caminar del profesor. También, en los chistes de compañeros de trabajo y en la sospecha de directivos ante nuestra cercanía con algún estudiante.

Lo peor es que terminamos acostumbrándonos a estos hechos y convirtiéndolos en parte de nuestra cotidianidad. Pero ¿es justo? No. Seguramente muchos de estos casos ocultan desenlaces fatales que han sido invisibilizados.

Aunque gracias al trabajo de organizaciones que lo han denunciado, el bullying por orientación sexual e identidad de género entre estudiantes ha cobrado mayor relevancia, poco se habla de los docentes víctimas de burlas, persecuciones y otras violencias.

Poco se habla del dolor que los docentes hemos tenido que enfrentar o de la amenaza en que vivimos de perder nuestro trabajo, si alguien se llega a enterar de que somos homosexuales.

Ser gay o lesbiana en las instituciones educativas sigue siendo motivo de escándalo y, aunque por el estatuto docente ya no se contempla como un impedimento, en la práctica aún lo es.

Docentes “sospechosos”

Este dolor no solamente se reduce a las sospechas de las que somos objeto ni a las burlas por nuestra voz o manera de caminar o de hablar. Ese dolor también está presente al tener que ocultar a nuestras parejas en los días de la familia o demás actividades en las que los otros maestros -los heterosexuales- asisten acompañados.

Más aún, por los contenidos curriculares que manejamos, los profesores de sociales nos vemos obligados a hablar de las estructuras familiares tradicionales como base de la sociedad y fundamento de la cultura, desconociendo nuestras propias familias, aquellas que existen pero que son innombrables en los salones de clase.

Recuerdo las veces en las que guardé un silencio cómplice ante las directivas de los colegios en los que trabajé cuando exponían los “terribles peligros” de permitir “comportamientos homosexuales”.

También, las ocasiones en las que fui testigo de las burlas a profesores con comportamientos “más evidentes” que el mío o las veces en las que tuve que defender a estudiantes del ataque homofóbico de sus compañeros. Más que defenderlos a ellos, me defendía a mí mismo encarnado en el rostro asustado de aquellos niños.

Es urgente garantizar el derecho a la educación de niños, niñas y adolescentes en un ambiente seguro, pero también permitir que maestros y maestras podamos disfrutar de un ambiente laboral libre de discriminación. La escuela debe formar para aprender a reconocer al otro, a respetarnos y a vivir en paz

Necesitamos escuelas y universidades que se ajusten a la diversidad propia de la sociedad. 

Esta transformación educativa no solamente debe incluir la revisión de los manuales de convivencia de los colegios; debe pasar por los planes de estudio y la transformación de los discursos que aún circulan en las aulas de clase.

Debe incluir la revisión de los planes de estudios de las licenciaturas donde se forman quienes asumirán el desafío de educar a las nuevas generaciones con orientaciones sexuales e identidades de género diversas y a las personas que forman parte de familias diversas.

Por nuestros estudiantes y profesores que viven con miedo ante los discursos discriminadores que se siguen imponiendo, necesitamos transformar la escuela.

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*Doctor en Educación, enfocado en Educación y Derechos Humanos. Docente  e investigador en Teología y Filosofía. Coordinador de Otras Ovejas en Colombia. E-mail: fidelmauricior@yahoo.com