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A mí sí se me nota

Entre más marcada tenga una sociedad la división entre lo femenino y lo masculino, más agresiva resultará contra quienes se salen de esos patrones en su comportamiento, gustos o forma de vestir. Primera parte del especial de Sentiido sobre expresión de género.

se me nota que soy gay
La expresión de género se refiere a la construcción de quién soy, cómo me quiero ver y que los demás me vean. Ilustraciones: Caniche con la asesoría de Electrobudista.

No tengo nada en contra de las personas homosexuales, siempre y cuando no lo demuestren” o “no se les note”, son algunas de las frases que más se repiten cuando se le pregunta a la gente qué piensa de la igualdad de derechos para lesbianas, gais, bisexuales y trans (LGBT).

Es algo así como: “no me molesta que tengan algo raro, pero por favor, no tienen que mostrárselo ni decírselo a todo el mundo”, explica Denis Pascon, psicólogo especializado en diversidad sexual y de género, radicado en Madrid (España).

Detrás de estas frases, están ocultos prejuicios y lo que históricamente se ha dicho de las personas LGBT.

Más allá de ser opiniones o percepciones sobre un tema, son creencias desencadenantes de violencia. Finalmente, son más frecuentes las agresiones contra las personas que, por sus actitudes, cuerpos, gustos o forma de vestir, se presume una orientación sexual no heterosexual o una identidad de género trans.

Por un lado, estos actos constituyen una amenaza contra la libertad de una persona de construir su imagen como más cómoda se sienta y, por otro, las frases que se repiten evidencian un falso respeto por el otro.

“Detrás de ese discurso de aparente tolerancia, la persona realmente rechaza que alguien que se identifica como hombre no sea rudo o no juegue fútbol”, explica Janeth Noseda, coordinadora de la Comisión de género y diversidad sexual del Colegio de psicólogos de Chile.

Y entre más marcada tenga una cultura la división de roles entre lo femenino y lo masculino, más discriminadora resulta contra quienes se salen de los “patrones estipulados” en la forma de vestir o de comportarse.

“Así, cuando la masculinidad está fundamentada en el fútbol, seguramente al niño que no le guste este deporte, será víctima de burlas”, señala Juan Manuel Peris, psicólogo clínico y máster en sexualidad radicado en Madrid (España).

Yo soy así

La manera como cada persona se expresa, teniendo en cuenta las definiciones de masculinidad o feminidad propias del medio donde ha vivido (varían de cultura en cultura), se le conoce como “expresión de género”. Se refiere a la construcción de quién soy, cómo me quiero ver y que los demás me vean.

Es decir, cada quien hace una interpretación de los referentes que existen en la cultura donde nace, crece y vive sobre la masculinidad y la feminidad y la incorpora en su apariencia, vestimenta y comportamiento. De ahí que no todas las personas sean iguales de masculinas ni de femeninas.

la expresión de género es visible: se refleja en la ropa, los gestos, el lenguaje corporal o el peinado.

Por esto, quienes confrontan parámetros sociales de lo que supuestamente debe ser el comportamiento y la imagen de un hombre y de una mujer, suelen enfrentar discriminación y violencia.

Ahora, muchas personas creen que la expresión de género es un asunto exclusivamente relacionado con una orientación sexual homosexual. Es decir, que si un niño juega con muñecas, será homosexual.

La realidad es otra. “Una mujer puede ser masculina y un hombre ser femenino sin que este factor esté relacionado con su orientación sexual”, explica Carolina Herrera, psicóloga clínica de Liberarte.

Sin embargo, según Peris, hay un porcentaje más alto de niños que en la infancia se sentían más cómodos con una expresión de género que se sale de lo esperado por la sociedad y que después son homosexuales. “Pero esto no significa que sea la regla”.

De hecho, siempre han existido personas que no encajan dentro de los roles de género estipulados en su cultura, independiente de su orientación sexual.

Lo cierto es que a pesar de que hay tantas maneras de expresar el género como personas en el mundo, muchas hacen un esfuerzo por encajar socialmente o por parecer “normales”.

“A diario intentamos ajustarnos a los mandatos sociales y a las categorías que nos clasifican”, explica Rubén Campero, licenciado en psicología, sexólogo y docente, especialista en género y diversidad sexual, radicado en Montevideo (Uruguay).

se me nota que soy gay

Y la mayoría de personas no causan conflicto. El problema viene cuando cuestionan lo que la sociedad asume como “ser hombre” y “ser mujer”.

“Cuando la imagen o el comportamiento de una persona no clasifica dentro de unos parámetros determinados, se asume que se sale de lo establecido. Como respuesta, la sociedad despliega sus mecanismos de control y ataque”, señala Campero.

Cuando los gais discriminan

Un ejemplo de quienes la sociedad censura con más fuerza son los hombres “afeminados” y, curiosamente, buena parte de quienes rechazan esa construcción son los hombres gay que se consideran masculinos.

Lejos de lo que se cree, entre las personas LGBT existen prejuicios. Finalmente, el hecho de tener una vivencia de diversidad no las hace inmunes a discriminar. Lo paradójico, según Janeth Noseda, es que muchas de ellas reclamen inclusión e igualdad pero repiten las violencias que padecen.

Esto es así porque los mandatos de género o de lo que se considera “ser hombre” y “ser mujer”, operan en el inconsciente, sin importar si se es o no LGBT. Y en el caso de Colombia, son mandatos donde impera lo masculino sobre lo femenino.

Esta en una cultura donde el modelo de lo masculino (la racionalidad, la sagacidad o la no sumisión) sigue presentándose como el ideal de éxito y lo que se acerque a la feminidad como algo de segunda categoría.

“Por esto, es mejor visto el homosexual activo (aquel que penetra durante la actividad sexual) que el pasivo (adopta la postura opuesta). Se considera que este último ejerce un rol de mujer”, afirma Peris.

En algunas culturas el gay activo no se considera homosexual, porque es tan “macho” que usa su pene en cualquier parte.

Para Campero, conceptos como estos reflejan que las poblaciones vulneradas -en este caso la homosexual- aprendieron a verse con los ojos del opresor, a jugar su lógica y a utilizar sus mismas categorías discriminadoras. De ahí que sea mal visto entre muchos de ellos ser amanerado o “afeminado”.

Detrás de los hombres gais que les cuesta aceptar a los que se construyen de una manera más femenina, está el mecanismo defensivo de la proyección: “cuando proyecto en alguien externo mis miedos, rabia o lo que no me gusta de mí”, explica Denis Pascon.

“Si mi miedo es que me discriminen por ser homosexual, podría activar de manera inconsciente, como mecanismo defensivo, una actitud intolerante hacia cualquier chico afeminado”.

El problema en todo caso no es la otra persona sino lo que ese otro representa para mí: la no auto-aceptación, la posibilidad de perder el apoyo social o el miedo a la soledad. “Muy a menudo, detrás de quien trata mal a alguien se esconde una víctima”.

Es importante recordar, agrega Rubén Campero, que los hombres que no sienten la obligación de estar defendiendo su masculinidad, tienen una mayor riqueza interna.

Así soy y punto

“Asimismo, las personas que rompen con ciertos mandatos sociales, identificándose como lesbianas, gais, bisexuales o trans, sienten mayor libertad a la hora de construir su expresión de género”, señala Carolina Herrera.

Habría que preguntarse cuántas personas heterosexuales, por cumplir con las expectativas de otros, no se permiten una expresión de género distinta. “Así lo quisieran, ¿qué tantos hombres heterosexuales practican ballet, por ejemplo?”, añade Herrera.

Al romper con el mandato social de que deben gustarles las mujeres, los hombres homosexuales se permiten mayor libertad para incursionar en otras posibilidades.

Es decir, en la medida en que ya transgredieron las normas de la orientación sexual o en que ya se “portaron mal”, sienten que no tienen por qué seguir, necesariamente, adaptándose a los patrones de género.

“De alguna manera, sueltan el control”, dice Campero. Se permiten mayor libertad para expresar el género, lo que no es tan frecuente en las personas heterosexuales porque están condicionadas por unos mandatos.

Además, el amaneramiento de un hombre que tiene como pareja a una mujer, o viceversa, no se lee de la misma manera (a veces ni siquiera se percibe), que cuando la persona tiene como pareja a alguien del mismo sexo.

La pregunta, entonces, es: “¿qué ideas previas tengo de la persona en la que veo el amaneramiento? Si lo noto en un hombre casado y con hijos, no lo juzgo de la misma manera que si lo percibo en uno soltero y sin pareja”, agrega Campero.

Según Denis Pascon, hay quienes explican los amaneramientos con hipótesis biológicas (que existen ciertos rasgos innatos o biológicamente determinados) y quienes lo hacen con hipótesis sociales (me reconozco más en el género opuesto).

“Yo creo que los amaneramientos son una mezcla de las dos. Lo que somos socialmente no es, exclusivamente, resultado de lo que aprendemos. Hay algo de nosotros que ya se sabe desde que nacemos”, concluye Pascon.

La transgresión más visible

Dentro de la sigla LGBT, las personas trans son quienes más han padecido violencia y discriminación por su expresión de género.

Finalmente, buena parte de la sociedad ignora lo que significa la identidad de género y simplemente clasifican a estas personas como “hombres vestidos de mujeres” o “mujeres vestidas de hombres” que van en contra de lo “natural”. Les asusta no poder clasificarlas rápidamente como hombres o mujeres.

En general, existe una especie de mandato social inconsciente que envía el mensaje de que la persona tiene que ser heterosexual e identificarse como mujer u hombre, según su genitalidad. “Si un cuerpo nace con pene, debe sentirse hombre y venir acompañado de características que culturalmente entendemos como masculinas”, explica Rubén Campero.

Esto evidencia que todavía hay desconocimiento sobre lo qué es ser un hombre y ser una mujer. En muchos países solamente hay espacio para los “hombres masculinos” y las “mujeres femeninas” y se castiga a aquellas personas que no cumplen con la expresión de género que, en teoría, les corresponde.

En otras palabras, sanciona a los hombres que son sensibles o no juegan fútbol y a las mujeres que no tiene el pelo largo, no son delicadas y no usan aretes.

Detrás de esta discriminación influye la manera cómo se trata a las personas desde la infancia: con la rigidez del rosado y el azul.

En las personas trans, la transgresión de los roles de género es más visible y buena parte de la sociedad cree que esto debe sancionarse. Finalmente la homosexualidad puede ocultarse, mientras que no sucede así con los cuerpos trans. De ahí que sea tan alto el número de crímenes de odio contra esta población.

Pareciera que la sociedad les “permite” hacer un tránsito de género (pasar de hombre a mujer o viceversa) siempre y cuando sea total. O mientras no quede el menor rastro de su sexo biológico. Como si para ser aceptadas fuera necesario que nadie se enterara de que han hecho un tránsito.

Algo así como: “si no te sientes del género que deberías, debes pasarte al otro completamente”, señala Rubén Campero.

Pero “¿por qué exigirles a las personas trans una ruptura con lo que eran, pedirles que dejen atrás lo que fue su vida, que no hablen de su tránsito y que no puedan construir su identidad como la sientan?”, se pregunta Carolina Herrera.

En efecto, muchas de ellas no logran expresarse con la libertad que les gustaría, porque quedan a expensas de un control social que les pide adaptarse para ser aceptadas socialmente.

Sin embargo, “no todas las mujeres que hacen un tránsito de género quieren ser hombres tradicionales, sino que buscan construir nuevas masculinidades u opciones intermedias que les permitan salirse de categorías tan rígidas que terminan por convertirse en cárceles”, agrega Herrera.

Pareciera, entonces, que si las personas no encajan en los títulos masculino o femenino, no son legibles para las demás. Se anula su capacidad de ser codificadas como humanos, lo que hace que queden en una situación de extrema vulnerabilidad de violencia.

Por tanto, la clave está en entender que así la expresión de género no sea la de una mujer tradicional, esa persona quiere ser reconocida así. Finalmente, no es mujer por tener senos: lo es desde que así lo siente.

No es un capricho

“La inversión económica y el desgaste físico y psicológico de un proceso de tránsito de género son enormes. Hablamos de tratamientos que pueden reducir, incluso, las expectativas de vida. Nadie haría algo que requiere tanto sacrificio sino fuera por la necesidad de ser quien siempre quiso”, afirma Denis Pascon.

 El tránsito de género implica tener que estar dando explicaciones a la hora, por ejemplo, de hacer uso de baños públicos o de comprar ropa.

Para empezar a abrir más espacios a otras posibilidades de ser y de existir y a ampliar el panorama entre lo masculino y lo femenino, la primera tarea es enfrentar el machismo: mientras que los hombres crean que para ser reconocidos deben rechazar la ternura o la sensibilidad, será difícil lograr un cambio.

Asimismo, los avances legales en pro del respeto por el libre desarrollo de la personalidad, deben venir acompañados de educación. Lo que implica incluir estos temas y reflexiones en las instituciones educativas como parte del currículo educativo.

“El colegio es el primer momento social de los seres humanos. Y es muy poco lo que allí se aborda sobre género, orientación sexual e identidad de género”, señala Janeth Noseda. De no trabajar de la mano de la educación, las personas simplemente dirán: “te respeto porque la ley me lo dice, pero sigo creyendo que vales menos que yo”.

“Se trata de comprender que una persona puede vivir de manera distinta a como yo vivo y que esto no constituye una amenaza ni un ataque. De ahí la importancia de promover la empatía o de aprender a ponerse en los zapatos del otro”, afirma Carolina Herrera.

La solución no es “tolerar al otro”, ni anteponer qué es (mujer, negro, gay…) para saber cómo relacionarme con él, sino aprender a verlo como alguien semejante a mí en la medida en que es otro ser humano.

También es fundamental el papel de los padres y madres de familia. “Si un día tú hijo te dice que quiere practicar ballet, puedes decirle que eso no es de hombres, que mejor juegue fútbol”, señala Denis Pascon.

Esa persona tarde o temprano terminará visitando a un psicólogo para decirle que no es feliz. “Ha aprendido a auto-censurarse, porque lo que deseaba no estaba bien visto. Siente que todo lo hace mal y cuando hace algo bien, no se lo cree”.

Esa persona, continúa Pascon, ha pasado su vida diciéndose: “cuidado con lo que haces, con lo que dices. No tienes que jugar con muñecas, no tienes que hablar con voz alta, no tienes que moverte así o no tienes que llevar el pelo de esa manera”. Vive con alguien en su cabeza que sigue recordándole lo inadecuado, raro y ridículo que es.

“Otra posibilidad es responderle a tu hijo: si quieres, te llevo a una clase de ballet de prueba. Y si no es demasiado caro, lo pensamos. Y si no te gusta, no pasa nada. Te quiero por lo que eres, independientemente de lo que hagas y de lo que los demás piensen de ti”, dice Denis Pascon.

Un aspecto en el que vale la pena reflexionar es en las etiquetas. Primero fue “hombres y mujeres”, después “heterosexuales y homosexuales”, más adelante LGBT y así sucesivamente.

“Aunque las categorías existen y nos permiten ser legibles socialmente, también nos separan en la medida en que la gente dice: ‘te respeto pero no tengo nada que ver contigo’”, explica Rubén Campero.

La diversidad no es una sumatoria de categorías, sino una construcción más dinámica  de la humanidad. Por esto, la idea no es buscar tantas islas sino pensar en términos de empatía.

Aceptar clasificarse en una categoría implica renunciar a otras posibilidades. Así que el reto está en vivir a gusto siendo como realmente se es, sin preocuparse por las expectativas de los demás. Ahí está la clave.

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Este especial fue posible gracias al apoyo de la Fundación Friedrich Ebert: 

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