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Mujeres de pelo corto

Género, diversidad sexual y cambio social.

Ni en las peluquerías ni en la publicidad se exalta el pelo corto de las mujeres como un rasgo de feminidad. Por el contrario, se muestra como algo exótico, atrevido y masculino.

Mujeres de pelo corto
Suele verse a las mujeres que llevan el pelo corto como personas que renuncian a una supuesta ley natural de “lo femenino”. Foto: Sentiido.

Con excepción de Claire Underwood, protagonista de la serie House of Cards, el pelo corto en las mujeres es poco bien recibido, especialmente en América latina.

A menos de que las mujeres puedan garantizar su feminidad por otros medios como su belleza facial o la esbeltez de su cuerpo, poco o nada se alienta a que se pasen el tijeretazo más de lo deseado.

Todo empieza en el primer escalón de la cadena: la peluquería. Puede decirse que Colombia cuenta con un mercado bastante diversificado en el mundo de los salones de belleza, que ofrecen precios de corte equivalentes a dos viajes en Transmilenio hasta uno en “Ubercóptero”.

En esta amplia gama de salones suele haber un común denominador: el/la estilista que considera que el pelo corto empieza arriba de los hombros. A este personaje le mortifica profundamente tener clientas que quieren cortarse el pelo: dejárselo, en términos sofisticados, à la garçonne o al estilo bob: es decir “como un hombre”.

Por más que se le insista al/la estilista que el pelo crece, que es una decisión propia y que no debe darle miedo arriesgarse, suele poner excusas para abstenerse de cortar radicalmente: las líneas de la cara, el volumen del pelo, la dificultad para manejarlo o la condición previa de que hay que aplicarse un producto (siempre muy costoso y francés) que lo deje manejable.

Cuando la persona logra dar con un/a estilista amante de la aventura y que se arriesga a cortar más de lo que le enseñaron, llega el segundo escalón de la cadena: el círculo social.

Este grupo se caracteriza por poner cara de tragedia al ver las consecuencias de la visita a la peluquería y hacer preguntas o comentarios muy especializados sobre la ciencia de la imagen de las mujeres.

“Ay, ¡¿qué te pasó?!”, “me gustaba más como te quedaba antes”, “qué pesar que te lo cortaste, con lo bonito que te quedaba”, “ahora cómo harás para que no te confundan con un hombre”, “perdiste parte de tu feminidad”, “se nota que estás pasando por una crisis”, entre otros.

Luego de las científicas lamentaciones, la mujer que se cortó su pelo se verá en la penosa necesidad de defenderse, y de tener que explicar por qué lo hizo: convencer al jurado de que sigue siendo la misma mujer de siempre y garantizar que el pelo volverá a su femenino “estado natural” (o no).

En medio de todas estas profundas discusiones subyace la idea ya conocida de que es en ella en quien recae la responsabilidad de representar la feminidad como un valor social.

Aún más, es también ella quien debe comportarse “como una mujer” si verdaderamente quiere atraer a los hombres para entablar una relación a corto o preferiblemente largo plazo (o conseguir un buen trabajo o que la respeten). (Ver: “Yo era rara por principio”).

Este hecho es una búsqueda de la apropiación del cuerpo de las mujeres y de cómo se expresan frente a sí mismas y a los demás.

Sin embargo, a pesar de parecer una decisión privada, cortarse el pelo tiene mucho que ver con lo público. Se relaciona con la forma como una sociedad premia o castiga a una persona que toma decisiones sobre su apariencia y el rol que cumple en la sociedad.

No en vano, a muchas personas las confunden con hombres o mujeres por la extensión (o ausencia) de la melena y esto es asumido por el círculo social como una consecuencia inevitable de haber roto los límites de la apariencia aparentemente propios de cada género.

Durante el siglo XX en Occidente, el pelo corto en las mujeres empezó a perdonarse a partir de la Primera Guerra Mundial. En vista de que no había tantos hombres para estar en el campo de batalla y en actividades de apoyo a la vez, las mujeres asumieron cargos asistenciales en el ejército, la Cruz Roja y en las fábricas, lo que les implicó tener mayor control sobre algo que resultaba, además de incómodo, peligroso para el desarrollo de sus tareas: el pelo.

Ya para los años 20, cortarse el pelo se convirtió para muchas mujeres en un acto político: cuestionar los parámetros de sumisión, demandar mayor participación social por medio del voto y reclamar el control de la planificación familiar.

Pelos arriba o abajo

En su artículo “Shame and Glory: A sociology of Hair”, el investigador Anthony Synott parte de la base de que las sociedades occidentales han tenido una tendencia a asociar el género de una persona, literalmente, con su cabeza. Esto va desde qué tan largo lleva una persona su pelo, si es calva o no y qué tanto vello cubre su rostro.

El autor se acoge a la premisa de que los géneros opuestos tienen pelos opuestos también: si las mujeres llevan el pelo largo en la cabeza, los hombres lo llevan corto; si las mujeres llevan poco vello corporal, los hombres lo dejan abundante.

Este punto de partida, por supuesto, puede cuestionarse a la luz de las prácticas culturales más recientes, que han llevado a que muchos hombres retiren también su vello corporal o a que las mujeres opten por dejárselo. (¿Qué sucede con las normas sociales frente a las personas que se sienten cómodas entre ambos géneros y dejan su barba y a su vez usan falda y tacones?)

El pelo no es solamente una cuestión de imagen. Como Sansón o las extravagantes pelucas de María Antonieta, también son un símbolo de poder y, según el historiador Kurt Stenn, manifiestan en sus estilos gran parte de lo que las sociedades creen de sí mismas.

Podemos preguntarnos entonces si existe relación entre la extensión del pelo y la edad de las mujeres o su clase social.

A las mujeres mayores “se les permite” el pelo corto y, de hecho, se tiende a pensar que una mujer madura o de la tercera edad de una clase social acomodada no debe llevar el pelo largo porque no “combina” con su edad.

Una mujer mayor no está “habilitada” para expresar esa feminidad de revista de moda asignada previamente a la juventud, porque socialmente su edad la ubica en una posición de recato, prudencia y eliminación de toda posibilidad de ser atractiva para otros.

El pelo largo es entonces un símbolo de poder de la juventud, en tanto cumpla la función de atraer al sexo opuesto y complementar la feminidad que también ayudan a construir el cuerpo, las maneras y la ropa que se use.

Téngase en cuenta en este punto que ese pelo no debe ser crespo y tampoco debe tener canas (¡horror!). Debe estar tinturado, preferiblemente inclinándose hacia tonos castaños o rubios y alisado con plancha y keratina.

Muchas personas creen que cuando las mujeres se cortan el pelo están renunciando a un don preciado de la naturaleza (que parece asociarse inevitablemente con la feminidad) y que esta solemne abdicación tiene implicaciones sociales que ellas deben estar dispuestas a asumir por salirse del ya establecido y aceptado esquema de los tradicionales roles de género.

Aunque parezca una decisión personal y hasta superficial, las mujeres que optan por dejarse el pelo corto pasan por un proceso que las obliga a sopesar cuáles son las pérdidas y las ganancias sociales que obtendrán.

Y por absurdo que parezca, parece que aún hoy en el siglo XXI el pelo corto sigue siendo un acto de subversión ante el excesivo control social que existe sobre esa cosa llamada la “feminidad” de las mujeres.

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