¿No preguntes, no digas?

¿No preguntes, no digas?

Coordinadora de proyectos en Sentiido. Doctora en Lenguas y Literaturas Romances (Universidad de California, Berkeley). Profesora de Género y Sexualidad y Literatura Latinoamericana en American University (Washington DC).
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cómo ser militar siendo homosexual
Almirante Roberto García Márquez. eluniversal.com.co

Según la clásica canción de la agrupación Village People que se ha convertido en uno de los “himnos gay” más famosos, la Armada es un lugar para “encontrar placer, buscar tesoros, aprender tecnología y hacer tus sueños realidad”, sin embargo, no todos parecen estar de acuerdo.

Las recientes declaraciones del almirante Roberto García Márquez son un duro golpe no sólo a los derechos de las personas LGBTI de Colombia sino a la propia institución que supone estar defendiendo con su diatriba homofóbica.

En entrevista con Radio Todelar el Almirante propuso la instauración en Colombia de la famosa ley “No preguntas, no digas” estadounidense.

La ley, aprobada en 1993 bajo el gobierno Clinton, prohibía a miembros abiertamente homosexuales servir en las fuerzas militares del país pero impedía que se hicieran pesquisas sobre las vidas privadas de sus miembros.

Así, no se podía decir que se era gay, pero tampoco nadie tenía el derecho de preguntarlo. La ley fue derogada el 20 de septiembre del 2011 en lo que se consideró uno de los pasos más decisivos hacia la igualdad en los Estados Unidos.

Desde entonces se podría decir que mucho y nada ha cambiado en el ejército más poderoso del mundo. Muchos miembros se sienten al fin libres de expresar su amor frente a sus compañeros en conversaciones por Skype y besos al regresar a casa, y muchos miembros se han sorprendido al descubrir que ese hombre o esa mujer increíblemente valientes eran, en efecto, homosexuales.

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En septiembre de 2011 se cayó oficialmente la ley “Don

Esto es un gran cambio y muy positivo. Contrario a lo que se esperaba, la moral no ha decaído en las tropas, ni ha habido ningún incidente en combate asociado con la homosexualidad abierta de nadie.

De hecho, la imagen de las fuerzas armadas norteamericanas mejoró a nivel nacional e internacional con la revocación de la ley.

Resulta entonces descorazonador escuchar al Almirante asegurar que las personas homosexuales en la armada colombiana “evidentemente no pueden salir del clóset” e incluso amenazarlas con un despido inminente al decir que “trataría de sacar a los implicados por las vías legales”, lamentando que la homosexualidad no pueda ser abiertamente perseguida en la Armada Nacional.

El Almirante va más allá y, a sabiendas de que la ley, por medio de la sentencia C 509 de 1999, prohíbe la discriminación por orientación sexual en las Fuerzas Militares, y que tal y como recordó el comunicado que poco después se vio obligada a sacar la propia Armada, “La orientación sexual de las personas no es un factor determinante para el ingreso a la Armada Nacional.

Dentro de los procesos de selección no se contempla ninguna objeción ni discriminación para con los homosexuales”, el Almirante apela a un argumento pseudofilosófico y utiliza al pobre de Séneca (a quien el almirante seguramente clasificaría de homosexual… ) para establecer una división entre el honor y la ley.

Suponemos entonces que para el Almirante las comisiones por entre 615 mil y 850 mil euros que recibieron miembros de la Armada del gigante industrial alemán Ferrostaalun en un negocio para comprar en el 2006 un guardacostas que valió 28 millones de euros no es un escándalo que mine el honor de su institución, como tampoco lo es el hecho de con la complicidad de la Primera Brigada de la Armada Nacional de Colombia, a cargo del Contra almirante Rodrigo Quiñónez, el 17 de enero del 2001 se llevara a cabo la masacre del Chengue (Montes de María) en la que 27 personas fueron asesinadas.

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La agrupación Village People promocionando su éxito “In the Navy”. fr.wikipedia.org

Que dos personas que se aman se tomen de la mano, por el contrario, le parece una afrenta grave.

La heteroconformidad de sus miembros es lo que “asegura” el “honor” de su institución y por lo tanto le preocupa más que la corrupción y el asesinato.

Así, no sólo moviliza una noción patriarcal y homofóbica del honor, sino que se reitera el prejuicio de que la sexualidad de una persona la hace más o menos hábil para ciertos trabajos, e incluso la imposibilita para representar ciertas cualidades que valoramos como sociedad: la valentía, el espíritu de sacrificio y compañerismo, la rectitud ética, etc.

Lo más preocupante de esto es que esta clase de comentarios afianzan una cultura de segregación y odio que tiene consecuencias directas y reales en la vida de muchas personas; consecuencias que van desde la depresión y los sentimientos de inadecuación y frustración, hasta ataques físicos que pueden resultar letales.

Algunos de los comentarios hechos por los lectores en el artículo publicado por El Espectador el 2 de marzo son un escalofriante ejemplo:

“A LOS MARICOPIROBOS HAY QUE SACARLOS DE TODAS LAS INSTITICIONES MAS QUE TODO EN LA ARMADA, EJERCITO, POLICIA ALLA EN ESTAS PARTES LO QUE HAY QUE DARLES PALO A LA LATA. QUE BOLETA SON LOS SODOMITAS MARICONES: DIOS HIZO AL HOMBRE Y A LA MUJER Y AMBOS LOS CONSTITUYO COMO FAMILIA PARA PROCREAR Y TENER UNA FAMILIA.” (mayúsculas en el original)

“lo peor un marica de marinero jejejejejejej y caminaito de loca ” gas””

“UN GAY NO PUEDE SER MARINERO, SI SE LE SALE EL POPO IMAGINENSE CON LOS TRAJES BLANCO Y PAÑALES!!!.-…..”

Para concluir con su diatriba García ni siquiera tiene la valentía de sostener sus opiniones y termina al mejor estilo de Álvaro González Alzate –el célebre presidente de Difútbol—.

Quizás inspirado por sus apellidos de realismo mágico, García Márquez desenvuelve  un complicadísimo artilugio retórico que le permita expresar su homofobia y evitar una posible demanda.

Diciendo que no dice lo que está diciendo, pero que igual lo tiene que decir, concluye: “Nosotros creemos que las instituciones militares tienen una conducta, una forma de ser, que en definitiva riñe con esa situación que hoy en día hay que aceptarla, pero que de alguna forma no es conveniente”.

Por todo lo anterior García termina desprestigiando la institución que tanto quiere “proteger” al mostrarla como una entidad retardataria, machista, homofóbica y violenta, que se preocupa más por la vida sexual de sus miembros que por el ejercicio honesto y cabal de sus funciones.

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