Inicio A Fondo “No soy marica, soy mariconcísimo”

“No soy marica, soy mariconcísimo”

Julián Salamanca se define como una “piroba” o un hombre homosexual afeminado. Aunque años atrás las miradas de desaprobación lo incomodaban, hoy lo fortalecen. Segunda parte del especial de Sentiido sobre expresión de género.

se me nota que soy gay
Julián, en la marcha LGBT de 2015 en Bogotá.

Muchos de los hombres homosexuales que se precian de ser “muy masculinos” o de que su orientación sexual “no se les nota”, rechazan a los gais que perciben amanerados o afeminados. Los llaman “locas” o “bota pluma” y se refieren a ellos en femenino y con un tono de superioridad.

Pareciera incomodarles que tengan el “descaro” de ser quienes son, de hacer evidente que no sienten atracción por las personas del sexo opuesto y de mezclar lo femenino y lo masculino en sus gustos, ropa y comportamientos.

Buena parte de los homosexuales que se definen como “muy masculinos” le agradecen a la vida, al gimnasio y a su dieta, la suerte de ser tan “machos”. De ahí que en las redes sociales y aplicaciones donde acuerdan encuentros con otros hombres, se afanen por aclarar: “soy muy masculino, activo, serio y cero plumas”.

Perciben a los hombres afeminados como un atentado contra “el gremio”, una manera de ridiculizarlos o de menospreciar un bien tan preciado como la masculinidad. Finalmente, han aprendido muy bien los preceptos de la cultura donde han crecido: lo femenino vale menos que lo masculino.

Julián Salamanca, bogotano de 22 años, es el blanco perfecto de la indignación de ellos. Y él lo sabe: “los gais machos me ven como el paria o el desertor de la masculinidad, pero a mí, por el contrario, me gusta recalcar que boto muchas plumas. ¿Y quién dijo que por esto no puedo ser serio?”.

Estudiante de Comunicación Social y Ciencia Política de la Universidad Javeriana en Bogotá, Julián se identifica como “piroba”, término que define como un hombre homosexual afeminado. “O aquel que bota muchas plumas”.

Justamente, una de sus apuestas es reivindicar el uso de palabras como “piroba”, “maricón” o “machorra”. “Cuando me dicen así, yo respondo con un generoso ‘gracias’. Mi propósito es empoderarnos de estos términos, sintiéndonos a gusto cuando nos califiquen así y no actuar con violencia”.

Contrario a los hombres homosexuales que se enorgullecen de no parecerlo, Julián disfruta construyendo su imagen como mejor se sienta.

En las aplicaciones para encontrar pareja, se describe como “muy pasiva” o “come almohadas” y se muestra con “muchas plumas”, para que desde el comienzo sepan quién es él.

“Para muchos de esos machotes, ser pasivo es un comportamiento femenino, lo que refleja que el problema de fondo es que ellos ven lo femenino como algo de segunda categoría. Repiten con orgullo ser activos, como si eso los hiciera menos gais. Solo les importa el físico y están convencidos de que ‘las locas’ son las que se rebajan a pelear o a marchar por la igualdad”.

Julián o Mary Conazo

A Julián, un convencido de las relaciones abiertas, no le molesta que lo llamen ni en masculino ni en femenino. Cualquiera de las dos alternativas está bien. “Durante un tiempo me hacía llamar Mary Conazo, pero ahora no tengo ningún otro nombre”.

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De las letras que conforman la sigla LGBT (lesbianas, gais, bisexuales y trans), con la que más se identifica es con la “T”, “entendiéndola como sinónimo de tránsito, no como una categoría fija donde una persona es algo específico de por vida, sino que permite transformase constantemente. Mi discurso se ajusta a lo que voy sintiendo cada día”.

Algunas mujeres trans le dicen que las “pirobas” como él, tarde o temprano terminar por unirse a ellas. Julián no comparte esta idea y, por el contrario, quiere legitimar los estados intermedios. “Pareciera que no existieran o que no pudieran darse, pero hay quienes queremos mezclar lo masculino con lo femenino”.

“A mí todavía me preguntan por qué no me pongo tetas y me vuelvo de una vez una mujer”. Pero él no cree que para “ser una mujer de verdad” tenga que someterse a cirugías. “Podría serlo sin tetas y con barba o ¿quién determina qué es ser hombre y qué mujer o qué es lo femenino y qué lo masculino?”. De ahí que una de sus causas sea “la revolución de las pirobas”.

Con frecuencia, por ejemplo, usa tacones y vestidos que le permitan mostrar las piernas, pero no lo hace porque piense que este es un comportamiento femenino, sino porque le gusta.

Durante algún tiempo tuvo el pelo muy largo. Por esto, muchas personas lo clasificaban como “mujer trans”. Finalmente, en muchas culturas, el pelo largo es sinónimo de feminidad.

Por ese entonces, alguna vez fue a un bar de Chapinero (Bogotá) frecuentado por hombres homosexuales. No lo dejaron entrar argumentando que “no era un lugar de trans”.  “¿Ah, es que yo soy trans? Gracias por informarme”, fue su respuesta.

Cuando decidió cortarse el pelo, algunas mujeres trans estaban aterradas. “Me había salido de los estereotipos de lo que es ser una mujer, de los que tampoco se escapan ellas. Muchas persiguen ese ideal de mujer que la sociedad nos ha vendido: senos voluptuosos, pelo largo y cintura pequeña. Dentro de las trans está la lucha por quién es más mujer”.

Menos explicaciones

Por el contrario, también hubo quienes le dijeron que su gesto de cortarse el pelo era contestatario, pero él no cree que sea así. “Me lo corté porque quise. Es aburridor que a cada acto haya que buscarle un trasfondo filosófico. Si un día quiero vestirme de manera estrambótica, lo hago y ya, sin mayores explicaciones”.

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A veces, dice, dentro de la “T” de LGBT se busca mucha filosofía, política y subversión, pero a veces se trata, simplemente, de mirarse al espejo para decidir cómo quiere verse uno.

Sin embargo, le preocupa la creencia de que a las mujeres trans no deba notárseles su tránsito de género para evitar ser víctimas de violencia. “Entre más mujeres se vean, menos probabilidades de sufrir agresiones y entre más amanerado sea un hombre homosexual, más violencia recibe”.

En muchos bares, por ejemplo, a las mujeres trans no les permiten el ingreso, a menos de que no se les note que lo son. “La excusa que les dan es que tienen antecedentes delictivos en el establecimiento, cuando es la primera vez que intentan entrar al lugar”. De ahí que uno de sus objetivos sea llegar hasta las instancias que sean necesarias con tal de que les permitan ingresar.

Por todo esto, Julián sabe que la discriminación también existe entre las mismas personas LGBT. “Buena parte de esos ‘machotes gais’ recriminan a las mujeres trans porque salen a la marcha LGBT mostrando las tetas, cuando lo más bonito de una persona es su construcción física. Ellas salen a lucir lo que tienen y son los demás quienes le ponen morbo a esto”.

En ocasiones, agrega, la gente califica como “transgresoras” o “revolucionarias” a las mujeres trans de la academia o a las que han logrado un puesto destacado, pero no dicen lo mismo de las del barrio Santa Fe (Bogotá).

“Estas últimas no pasan de ser trabajadoras sexuales con tránsitos de género que no valen. A esto se suma el abuso policial, las miradas violentas y el rechazo de la sociedad. Me molesta la creencia de que una mujer trans que ha pasado por una universidad o tiene una ocupación destacada valga más que otras”.

Julián está convencido -y es una de sus luchas- de que uno de los retos de Colombia es aprobar una ley de identidad de género, aunque sabe que todavía falta mucho para lograrlo. “Para empezar, habría que preguntarse ¿cuántas mujeres trans saben de qué se trata esta iniciativa?”

Más retos trans

El derecho a la salud es otro de los vacíos que enfrentan. “El problema empieza desde el portero de la Empresa Promotora de Salud (EPS) o de la Institución Prestadora de Salud (IPS), cuando le dice “señor” a una mujer trans o “señora” a un hombre trans. “No reconocer la identidad de alguien es un gesto muy violento”. se me nota que soy gay

También considera que en algunas ciudades de Colombia las políticas públicas LGBT tienen un enfoque asistencialista.

“Proponen cursos de peluquería o reinados de belleza para que las mujeres trans queden dichosas pero no hay procesos detrás. Es solo darles algo para que se pongan contentas y ahí queda todo”.

Julián celebra la existencia del decreto trans, aquel aprobado por el Gobierno colombiano que permite cambiar el sexo en los documentos de identidad.

Sin embargo, entiende a quienes dicen que este decreto obliga a escoger entre dos opciones: ser hombre o mujer, F o M, sin dar espacio a otras posibilidades.

¿Y qué pasa con quienes no se identifican así o prefieren ser reconocidos como una mujer o un hombre trans?  “Lo mejor sería que los documentos de identidad no tuvieran la casilla sexo”.

Para él, haber nacido con pene, lo condenó durante buena parte de su vida a usar ropa masculina y a seguir determinados comportamientos. Sin embargo, desde muy temprana edad, se sentía “una más” al lado de su mamá y sus dos hermanas.

“Siempre he sido afeminado, pero no es así porque haya crecido en un ambiente femenino, esa es una falsa creencia, sino porque es una característica mía”.

En la adolescencia empezó a vestirse con ropa ajustada. Después optó por prendas femeninas, hasta que a los 15 años decidió ponerse lo que quería sin importar si era de hombre o de mujer.

Si le gustaba una camisa de su hermana pedía una igual. “Siempre he querido sentirme a gusto como persona, no como hombre o como mujer y nunca he querido convertirme en lo que es ser mujer para la sociedad. Quiero ser yo y vestirme como me dé la gana”.

Nació fuera del clóset

Julián ha tenido la suerte de que en su casa nunca lo limitaron o le dijeron que no se pusiera determinada ropa. “Eso ayuda, aunque el proceso interno es lleno de sube y bajas. Lo bueno fue que nunca tuve que salir del clóset: mi mamá siempre supo que me gustaban los hombres”.

se me nota que soy gay

En ocasiones, dice, las mamás sienten miedo porque no saben qué pasa con sus hijos y los notan distintos a otros niños de su edad. Algunas veces, por ejemplo, la mamá de Julián le preguntó por qué se ponía vestidos.

“Uno siente que ellas piensan: ‘bueno, que sea gay, pero ojalá no sea travesti’”. Aunque Julián siempre ha creído que no tiene por qué dar explicaciones de su identidad ni de su expresión de género, un día decidió abordar el tema con su familia y todo fluyó mejor.

“Lo hice porque sentía que el mensaje era: ‘te respetamos como eres, pero no hablemos del tema’ y eso a veces mortifica más”.

Les aclaró sus dudas y les dijo: “en este momento no quiero ser lo que tradicionalmente se conoce como mujer. Si en algún momento siento la necesidad de empezar un proceso hormonal les avisaré, pero yo no creo que ponerme implantes de senos me haga mujer”.

Entre los planes favoritos de Julián está ir de compras. Le encantan los vestidos y, entre más escandalosos, mejor. Suele acercarse a la sección que dice “mujeres”, escoger un pantalón y preguntarle al vendedor si lo tiene en talla 12. La respuesta inmediata es: “ese pantalón es de mujer”, a lo que Julián dice: “mi pregunta es si está disponible en talla 12”.

Cuando le entregan la prenda, le gusta ir al vestier, salir a mostrar cómo le quedó y preguntarle al vendedor su opinión. Disfruta viendo las caras de angustia estilo: “¿ese tipo se va a comprar un pantalón de mujer?” porque cree que esa sensación de molestia es una manera de educar sobre otras realidades y formas de existir.

“Una forma de pedagogía es montarme a un Transmilenio tal como soy. Me gusta la inconformidad que mucha gente siente con mi presencia porque aunque les incomode, al menos llegan a su casa diciendo: ‘hoy vi a un hombre con tacones’, evidenciando otras realidades o formas de existir”.

Ahí le parece que el mensaje es más efectivo que, incluso, cuando se participa en una marcha LGBT. “Para mí es más valioso salir un día cualquiera vestido como me gusta que participar en una marcha gritando ‘respeta mis derechos’. En la práctica, el mensaje es más efectivo”.

Educación, la clave

Julián está convencido de que la educación es la manera más efectiva de frenar la discriminación. Y lo dice por experiencia propia: estudió en un colegio mixto y recuerda que los niños lo silbaban y le decían “loca”.

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“Yo me la pasaba con las niñas, hasta jugaba fútbol con ellas. Ahora cuando me encuentro con mis compañeros del colegio y me ven, me dicen: ‘nos lo esperábamos’”. Se acuerda, por ejemplo, de una clase de educación física en la que solamente participaban hombres y sentía un miedo profundo porque sabía que le iban a decir que corría como niña.

Cuando entró a noveno grado, Julián se convirtió en “la diva” del curso. “Mucha gente era cercana a mí por ser amiga del homosexual del curso, por lo exótico que resultaba”.

En todo caso, los ataques persistieron y muchas veces se preguntó con rabia por qué le gustaban los hombres. “Me acuerdo del miedo que sentí en undécimo grado cuando nos llevaron al examen del ejército: yo caminaba y de inmediato recibía miles de silbidos. Decía: ‘voy a ser fuerte y resistir’, pero era muy difícil”.

Aunque ahora le encanta que lo miren cuando va por la calle, todavía siente gestos violentos. Muchas veces asiste con vestido, tacones y labial a la universidad y percibe miradas de asco y de “¡qué es eso!”

“Cuando voy caminando con mi mamá siento miradas agresivas. A ella le duele porque cree que me agreden, pero a mí, por el contrario, me fortalecen. Me gusta que me miren”.

De hecho, Julián les responde con un beso, una sonrisa o un “no soy maricón, soy mariconcísimo”. “No sé de dónde saqué la fuerza para ser quien soy en una sociedad como esta, pero traté de voltear el significado de los insultos para identificarme con ellos”.

Hace un tiempo leyó una columna donde una persona cuestionaba que las personas LGBT se llamarán a sí mismas “maricas” y “areperas” y pretendieran igualdad de derechos. “Y ¿por qué no? Cada quien debería poder llamarse como quiera y tener los mismos derechos”.

No es show, es identidad

A Julián le molesta que en muchos espacios lo trans sea visto como un espectáculo. A las mujeres trans solamente las juzgan por si tienen o no pene. “Viviríamos más felices si entendiéramos que ser hombre o mujer no lo define la genitalidad y que hombre no es ser masculino ni mujer ser femenina”.

Además de estudiante universitario, Julián está a cargo de las comunicaciones y del área de mujeres trans en la ONG Parces (Pares en acción-reacción contra la exclusión), creada hace tres años. Mediante investigación y activismo Parces promueve el derecho a construir la identidad como cada quien quiera en cualquier parte de la ciudad y no solamente en las zonas friendly.

Su trabajo en esta ONG lo ha impulsado a construirse con total libertad. “Yo puedo llegar con vestido y barba al barrio Santa Fe, donde está la sede de la organización y me respetan, nadie me dice nada”.

En cambio, apenas sale de ese sector, al que todo el mundo le tiene miedo porque hay prostitución y microtráfico, vienen los gritos de “se le ven las güevas”.

A Julián no le gusta que lo llamen activista porque considera que, al menos en Bogotá, así se denominan quienes más protagonismo tienen dentro del movimiento LGBT. “Hay una competencia por quién figura más”. En Parces, dice, tiene la certeza de que la unión hace la fuerza. “Acá no importa quién hizo qué sino los cambios que consigamos”.

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Este especial fue posible gracias al apoyo de la Fundación Friedrich Ebert: 

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  • J. Andrés Pedraza

    Excelente perspectiva, sin duda que la práctica en la vida diaria nos recorta un poco de camino por recorrer.