“Nuestra estrategia es el amor”

“Nuestra estrategia es el amor”

Género, diversidad sexual y cambio social.
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Sarah González tiene 27 años, es música y una de las nuevas voces del activismo LGBT. Tiene claro que aunque algunas personas se resistan, es posible vivir en armonía con la diversidad. La clave para lograrlo: educar con amor.

Su vida espiritual está ligada a un profundo respeto por la naturaleza, idea que enriqueció con prácticas budistas y chamánicas.

Todo comenzó después de ver Corazón Valiente. Pero no la novela de Telemundo tan buscada en Google, sino Braveheart, la película sobre la vida de William Wallace, el escocés que lideró la primera guerra de independencia de este país.

Más que en el baño de sangre con el que suele ser asociada esta película, Sarah González se detuvo en su banda sonora. Algo en ella despertó y empezó a estudiar sobre música celta.

Años después un amigo le regaló una gaita. Tomó clases virtuales para aprender a tocarla, pero no fue suficiente. Así que en 2014 pasó seis meses en Escocia donde se dedicó de lleno a estudiarla. Y aprendió tan bien que hoy destina parte de su tiempo a hacer presentaciones con este instrumento.

“Además de la música celta, este año he venido explorando con música de nueva era”.

En ese sentido, Sarah tiene dos ventajas. Por un lado, siempre ha sido autodidacta, le ha gustado aprender por su cuenta. Por otro, toda su vida ha sido cercana a la música: empezó a los 7 años estudiando en la Escuela Sinfónica, en el colegio siempre fue de las mejores y tomaba cursos vacacionales.

Su acercamiento con la antigua filosofía celta también ha sido una escuela para su vida. Le confirmó algo que siempre intuyó: que así algunos se resistan a creerlo, los seres humanos son diversos y pueden vivir en armonía entre sí.

En Escocia o en Irlanda veía gente distinta por todas partes y nadie se quedaba mirando como si fuera algo raro. La diversidad es asumida como lo que es: parte de la cotidianidad“, señala.

Así, fue adquiriendo el conocimiento y la fuerza necesarias para reconocerse como una “mujer diversa”, como prefiere llamarse. Para otros, una mujer trans (cuando nació los médicos dijeron “¡es un niño!” pero desde muy temprano se identificó como mujer). (Ver: Diferentes formas de ser trans).

El teatro, una ayuda

En su infancia, Sarah aprovechó su gusto por las artes –por el teatro especialmente– para jugar con maquillaje, pelucas y vestuarios, lo que le permitió explorar con tranquilidad su identidad femenina.

El problema, como suele pasar con quienes se salen de la mayoría, es el bullying. “Yo siempre traté de esconder mi feminidad. Fui lo que podría llamarse ‘un hombre delicado’, pero en el contexto en el que vivimos esto, lastimosamente, tiene un precio“. (Ver: El bullying por homofobia debe salir del clóset).

Cuando salió del clóset como mujer trans, Sarah decía que no se veía participando en una marcha LGBT. Este año fue la segunda vez que asistió feliz a este evento. Foto: Sentiido.

La persona que vive el matoneo no entiende qué pasa o por qué la agreden. “Uno se siente cómodo corriendo de una manera y son los otros niños quienes empiezan a señalarnos por no hacerlo como los demás“.

Aunque injusto, a quienes lo sufren les resulta inevitable preguntarse: “¿será que estoy haciendo algo mal?” O “¿por qué no puedo ser quién soy?”. El entorno influye en hacer creer que quien está mal es la víctima y no los agresores. (Ver: El bullying escolar no se detiene).

“En el colegio muchas veces fui señalado de ‘raro’, lo que por supuesto me dolía y me hacía sentir mal”

Sarah tenía una buena relación con otros estudiantes que identificaba como LGBT -así no se reconocieran de esta manera- pero cuando venían los episodios de matoneo, por miedo y por protegerse, trataba de dejar claro que ella era “todo un macho”.

Y cómo no hacerlo, si en uno de los colegios en donde estudió la respuesta de las directivas fue echar a un niño que decía que cuando estaba en su casa se ponía la ropa y los accesorios de su mamá.

El sentimiento de represión

En el colegio, Sarah se identificaba con muchas de las dinámicas de las niñas, pero estaba el sentimiento de represión de no poder ser quien era. De hecho, vivió episodios de violencia tan fuertes que la llevaron a denunciar.

Muchos profesores y directivos eran aliados de labios para afuera: aunque reconocían el bullying que sufría, no emprendían acciones para enfrentarlo ni les enseñaban a los estudiantes a respetar la diversidad“. (Ver: Modelos para prevenir la intimidación por homofobia en Colombia).

La solución era responsabilizarme. Las directivas le sugerían a mi mamá que me llevara a un psicólogo“. Gracias a esta “recomendación”, Sarah pasó buena parte de su infancia y adolescencia donde terapeutas.

 “Hay que transformar la educación. es muy restrictiva, no solo en género, sino en las habilidades de los estudiantes”.

Muchas veces estos profesionales me ponían a dibujar. Y siempre optaba por hacer monstruos y decirles que me sentía como esas criaturas. Les explicaba que tenía una especie de doble personalidad“.

Ninguno intuyó que todo se debía a que su identidad de género era femenina, no masculina, y que el problema radicaba en que no vivía como quería. Y si los expertos estaban lejos de determinarlo, menos aún Sarah. (Ver: Diversidad sexual y de género para dummies).

En ese momento muchas personas no sabíamos cómo llamar ese sentimiento de que nuestros cuerpos no cuadraban con quienes éramos. Yo desde temprana edad veía a mi mamá y me preguntaba por qué mi cuerpo no era como el de ella“.

De hecho, durante años, Sarah se creyó la idea de que “había nacido en el cuerpo equivocado”. “Muchas personas trans tenemos la fantasía de que de repente un día nos levantamos con el cuerpo que soñamos“. (Ver: ¿Nacer en el cuerpo equivocado?).

Y más de una vez le rezó a la Virgen María para que la “arreglara”. Dejó de hacerlo cuando entendió que parte del problema era justamente la doctrina católica que le impedía ser quien era, sin necesidad de que la “arreglaran”.

Fue así como en 2007 empezó una búsqueda espiritual. Desde entonces, no se aferra a una sola creencia sino que incorpora a su vida todo lo que le ayude a ser una mejor persona. (Ver: Diversidad sexual y nuevas alternativas espirituales).

Con el tiempo, también entendió que el problema no era su cuerpo y que, por el contrario, ella podía transformarlo como quisiera. “O ¿cuántas personas no se hacen cirugías o siguen rutinas físicas para moldearlo a su antojo? Cada quien decide independiente de su orientación sexual o identidad de género“.

Su mamá, sin embargo, le seguía preguntando por el malestar que le causaba la ropa “de hombre”, lo que se sumaba al rechazo que sentía por algunas partes de su cuerpo. “Era una especie de depresión que uno no entiende muy bien“.

 “Yo quería ponerme cierta ropa, pero me tocaba comprar otra”.

Después de leer mucho, Sarah empezó a entender mejor lo que sentía. Pero hubo un detonante: ir a una peluquería donde una mujer trans le cortó el pelo. “Yo dije ‘es una mujer pero diferente’ y mi mamá agregó ‘es una travesti’. Por eso quiero tanto ese término, porque fue el primero que conocí“.

Se rajó la educación sexual

Todo este proceso le demostró lo poco que le aportó la educación sexual que recibió en el colegio, donde no le enseñaron nada de diversidad sexual y de género. De “eso” no se habla. (Ver: Colegios: les llegó la hora de reconocer la diversidad sexual).

Hace cuatro años Sarah decidió volverse vegetariana por salud y por ética. El cambio de alimentación le exigió aprender a cocinar y hoy es una experta en el tema.

A pesar de todo, Sarah sabía que tarde o temprano llegaría el momento de la transición de masculino a femenino. Un antecedente importante fue cuando un amigo salió del clóset como mujer trans.

A mí se me mezcló todo y entré en una nueva depresión. Me acuerdo que dije: ¡increíble! Han pasado 25 años de mi vida y yo aún no soy capaz de reconocer abiertamente quién soy“.

Fue entonces cuando una amiga le sugirió que hiciera una toma de yagé. “Ahí entendí muchos aspectos de mi vida, incluso algunos que había bloqueado“. El mensaje final fue: “ya tienes las herramientas para reconocerte como una persona diversa, ahora depende de ti abrir el camino”.

Pero estaba el miedo de ponerlo en palabras. Cuando lo hizo, muchas personas le dijeron que ya lo sospechaban. Su hermano David, también músico y a quien Sarah considera un maestro de vida, le expresó que ahora entendía muchas cosas de ella.

Sus otros hermanos -uno que vive en Estados Unidos y otra en España- lo tomaron muy bien. Por sus creencias religiosas, el tema resultó más complejo para su familia materna, pero Sarah siempre les ha dicho que está dispuesta a resolverles cualquier duda. (Ver: Aceptar a los hijos LGBT).

De hecho, ella es partidaria de explicar con paciencia, creatividad y amor. Sabe que hay quienes no preguntan por miedo a ser señalados de “homofóbicos” o “transfóbicos”. “Pero si muchas personas LGBT ni siquiera tienen claro qué significa ‘identidad de género’, qué será de la mamá o los amigos“.

Sabe que las típicas preguntas de “¿por qué no te pones tetas?” o “¿cuándo te vas a cambiar tus genitales?”, podría responderlas con un: “si usted no le hace esas preguntas a otras personas ¿por qué a mí sí?“, pero prefiere no hacerlo. (Ver: “¿Cómo es tu nombre real?” y otras preguntas impertinentes).

Por el contrario, explica con tranquilidad que las prácticas sexuales son independientes de la identidad de género y de la orientación sexual o, en otras palabras, que en su cama cada quien hace lo que quiera.

Educar con amor

Sarah cree que, honestamente, hay desconocimiento porque a mucha gente nunca le han hablado de diversidad sexual y de género. “Así que yo prefiero, con amor, educar“.

“Hay que enseñar que, en la vida real, hay mujeres con pene y hombres con vagina. ¿Por qué ocultarlo?”

Con su mamá habló en diciembre de 2015. Ella lloró. Se sintió mal. “Le costaba pensar que tenía que darle paso a una hija mujer“. Y dadas las cifras de violencia contra las personas trans, también temía que a Sarah le fuera a pasar algo. (Ver: Violencia contra las personas LGBT, ¿hasta cuándo?).

Tampoco ayudaba que su referente LGBT fuera “Piroberta” de Sábados Felices. Para demostrarle que ser trans no era nada raro ni del otro mundo, Sarah optó por compartirle historias de vida de personas como Ophelia Pastrana o Brigitte Baptiste.

Me acuerdo que tiempo después mi mamá me dijo: yo pensaba que ser trans era andar todo el día con medias de mallas y peluca, parada en una esquina“.

“Cuando uno hace un tránsito de masculino a femenino, pierde los privilegios de ser hombre. Empiezan las miradas masculinas y el acoso callejero”.

Más adelante Sarah contactó a Laura Weinstein, directora de la Fundación Grupo de Acción y Apoyo a personas Trans (GAAT), quien le habló de las actividades que allí organizaban. Después, su mamá conoció a Laura y a otros activistas y ahora es una abanderada más de la igualdad.

Sarah optó por hacer su tránsito de masculino a femenino apoyándose en un tratamiento de remplazo hormonal alternativo o a base de plantas, que tiene menos efectos secundarios. Se siente más cómoda avanzando de la mano de especialistas alternativos porque al sistema médico tradicional le hace falta formarse en género.

Los médicos alternativos no hablan de ‘disforia de género’. Saben que no tenemos una enfermedad sino una discordancia entre nuestro cuerpo y quienes somos. En todo caso, si pensamos en las Mushes o Muxes en México o las Hijras en India: ellas viven como quieren sin necesariamente pasar por cirugías o tratamientos hormonales“.

Para ella, el problema está en que la sociedad se entromete para decir: “bueno, acepto que pases de ser hombre a mujer (¡ay gracias!), pero tienes que ser una mujer-mujer, que no se te note. “¿Y por qué? Me pregunto“. (Ver: La libertad de ser quien uno es).

Más que una mujer “T”

Ahora, si la idea es clasificar a Sarah en una letra de la sigla LGBT, mucha gente pensaría que le corresponde la “T” de trans. Pero no es tan simple porque Sarah no solamente siente atracción sexual y afectiva por personas del sexo opuesto –hombres en su caso– sino también por mujeres.

Muchos de mis amigos pensaban que yo era un hombre gay, pero no. La atracción por los hombres la mantuve en el clóset, pero una vez inicié el tránsito me sentí más cómoda para darle vía libre“. (Ver: La bisexualidad existe y no es una etapa).

“El amor es una conexión de cuerpos y almas sin importar la orientación sexual o la identidad de género de cada quien”.

Pero la palabra “bisexual”, con la que alcanzó a identificarse, le resultó limitante. Ahora se reconoce como “pansexual” o quienes sienten atracción por otras personas independiente de su identidad de género y orientación sexual.

Esto no significa que les atraiga todo el mundo, sino que entre su “filtro de selección” no están ni la orientación sexual ni la identidad de género. En este momento, por ejemplo, Sarah mantiene una relación sentimental con otra mujer. (Ver: Diversidad sexual y de género para dummies).

“¿Cómo así que usted pasa de ser hombre a mujer para salir con mujeres?”, es una pregunta que con frecuencia recibe. Tiene su raíz en desconocer que la orientación sexual (por quien se siente atracción) es independiente de la identidad de género (la percepción que una persona tiene de sí misma). Y es parte de lo que Sarah intenta aclarar.

Sin embargo, también sabe que el trabajo no es solo hacia afuera. En el mundo trans, como en cualquier otro, hay prejuicios y estereotipos. Muchas mujeres trans no entienden que una de ellas se deje el pelo corto. “Les extraña porque pasaron por años de represión en los que se veían obligadas a tenerlo corto“. (Ver: Mujeres de pelo corto).

También hay quienes esperan que uno tenga unas súper tetas y un súper culo cuando a muchas no nos interesa. Se habla de ser ‘mujer-mujer’ como si tuviéramos que cumplir con un check list”.

“Después de todo lo que hemos pasado, no podemos entre nosotras mismas reforzar estereotipos de cómo debemos lucir”.

De ahí la importancia, agrega, de poner lo queer sobre la mesa y de fomentar que cada quien acomode su identidad de género, orientación sexual y expresión de género a su gusto. “No es algo fijo, es un amplio espectro“. (Ver: Queer para dummies).

También, dice, siguiendo lo propuesto por la activista Mati González Gil, que es hora de que los hombres que sostienen relaciones afectivas con mujeres trans y las mujeres que salen con hombres trans se sientan tranquilas de expresarlo abiertamente, sin miedo de ser juzgadas o señaladas. “En Colombia hay muchos clósets“.

En el bus de la igualdad

Sarah fue una de las activistas que recientemente asistió a la Plaza de Bolívar, en Bogotá, a protestar contra el bus naranja que ha recorrido diferentes países con mensajes que pretenden negar la diversidad sexual y de género. (Ver: ¿Las niñas nacen femeninas y los niños masculinos?).

Para ella, era importante expresar su opinión de manera pacífica. “Tenemos que demostrar que nuestra estrategia es el amor“. Tiene tan claro que todos los credos deben respetarse como que no le aporta nada al país la circulación de unos buses que buscan imponer una visión de mundo.

“Debemos aprender a convivir con nuestras diferencias, pero respetando quien cada uno es”.

Según Sarah, los ataques con pintura de los que se quejaron algunos líderes religiosos no fueron llevados a cabo por activistas LGBT sino por agitadores que pretendían hacerle creer a la opinión pública que las personas LGBT son violentas por naturaleza. “Yo que estuve ahí sé que no fue así”.

Parte del problema son los prejuicios que persisten sobre ser trans. Y parte del cambio radica en que ellas estén presentes y tengan voz en diferentes espacios, de tú a tú, sin sensacionalismo. En todo caso, está claro: no están dispuestas a volver al clóset. Saben que llegó la hora de abrirlos. Todos.

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