Pederastas en primera plana

Pederastas en primera plana

Coordinadora de proyectos en Sentiido. Doctora en Lenguas y Literaturas Romances (Universidad de California, Berkeley). Profesora de Género y Sexualidad y Literatura Latinoamericana en American University (Washington DC).
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La película En primera plana (Spotlight) reactiva el debate sobre cuál es la responsabilidad de la sociedad en los casos de abuso sexual a menores de edad por parte de sacerdotes vinculados a la Iglesia Católica.

Pederastas en la iglesia católica
Los protagonistas de la película En primera plana (Spotlight).

La película En primera plana (Spotlight), dirigida por Thomas McCarthy (guionista de Up), narra la historia del equipo de investigadores del periódico The Boston Globe que reveló uno de los más grandes escándalos de abuso sexual a menores de edad y su encubrimiento por parte de la Iglesia Católica.

Spotlight hace referencia a una unidad de periodismo investigativo que en 2001 hizo una rigurosa investigación sobre el abuso sexual a niños y niñas cometido por sacerdotes católicos durante décadas.

Los hallazgos fueron publicados en 2002, y el equipo a cargo recibió un premio Pulitzer por su trabajo en 2003. Con todo, el hallazgo más perturbador fue que diferentes sectores de esta iglesia, incluida la alta jerarquía, sabían que esto estaba sucediendo.

Desde entonces diversas investigaciones han mostrado que, como lo reveló el Globe, y contrario a lo que sostuvieron en su momento los voceros oficiales de la iglesia, la alta jerarquía no sólo ha estado al tanto de los delitos cometidos por muchos sacerdotes, sino que han existido directrices específicas provenientes del vaticano.

Tal es el caso de la carta enviada por Juan XXII en 1962 a todos los obispos ordenándoles guardar silencio sobre los casos de abuso sexual que desde entonces comenzaban a levantar sospechas, amenazando con excomunión a quienes desobedeciera la orden.

Años después se supo que estas directrices fueron ratificadas en 2001 por el entonces cardenal Joseph Ratzinger en su posición como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. El tratamiento del tema en la película resulta particularmente relevante en el contexto colombiano.

Según un estudio de 2010 del Pew Research Center, Colombia es el sexto país con mayor número de católicos en el mundo.

Esta iglesia conserva aún el monopolio religioso en la educación, tiene gran influencia sobre las conciencias de muchos colombianos y un inmenso poder en los distintos estamentos políticos, económicos y sociales del país.

Más aún, la Iglesia Católica se ha posicionado como uno de los principales opositores al reconocimiento de la diversidad y los derechos sexuales y reproductivos del país.

Palabra, obra y omisión

En este contexto, resulta irónico que quienes dicen defender los derechos de niños y niñas al negarles la posibilidad de encontrar un hogar mediante la oposición a la adopción igualitaria, son en gran parte responsables en palabra, obra y omisión, de uno de los peores delitos imaginables: la violación de niños y niñas de manera sistemática.

La Iglesia Católica ha sido de las instituciones que menos ha rendido cuentas a la justicia por sus abusos. De hecho, cuando tuvo que elegir entre protegerse a sí misma y proteger a menores de abusos físicos y sexuales, optó por lo primero.

La película es un recordatorio de las prácticas que usaron para ello: traslado de los pederastas a otras congregaciones donde seguían estando en contacto con menores, pago de dinero a víctimas para que retiraran acusaciones o nunca las hicieran, abuso de autoridad para manipular a padres de familia y servidores públicos y uso de fueros eclesiásticos y del derecho canónico como herramientas para escapar a la justicia local.

Estas actitudes siguen vigentes. Periódicamente se siguen revelando casos como el escándalo sobre los abusos físicos y sexuales cometidos durante más de 30 años en el coro de niños dirigido por Georg Ratzinger, hermano de Benedicto XVI.

Las declaraciones de diversos sacerdotes muestran que la Iglesia Católica sigue culpando a las víctimas y exonerando y justificando a los victimarios.

A este respecto, las palabras del arzobispo de la Diócesis de Syracuse (Nueva York) Robert Cunningham son dicientes. Al testificar en un caso de un sacerdote acusado de violación en 2011, Cunningham afirmó que el niño “había pecado” y tenía “parte de la culpa”.

Cunningham no es el único. En 2007 el obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, afirmó en una entrevista que “puede haber menores que sí consientan” los abusos. Y continuó elaborando: “hay adolescentes de 13 años que son menores y están de acuerdo y, además, deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan”.

Aunque el papa Francisco pidió perdón públicamente por los abusos de la iglesia, y por primera vez usó la palabra “violación” (en vez “abuso”), habría que ver si sus palabras hacen algo real por cambiar el silencio y la impunidad que continúan encubriendo y protegiendo a miles de pedófilos en el mundo.

El papel de la sociedad

Y aquí es donde la película resulta particularmente pertinente para el contexto colombiano pues resalta que dicha impunidad no es solo producto ni responsabilidad de la iglesia, sino también de la sociedad en general.

Haciendo referencia a un refrán en inglés, uno de los personajes afirma: “si se necesita una comunidad para criar a un niño, también se necesita de una comunidad para abusar de él” (if it takes a village to raise a child, it takes a village to abuse one).

Esta reflexión nos invita a evaluar nuestro papel en el sostenimiento de instituciones o sistemas que permiten, justifican y exculpan el abuso de las personas más vulnerables de nuestra sociedad.

La violencia sexual y física no es un hecho aislado. La impunidad que la rodea, sobre todo cuando es cometida por miembros de instituciones jerárquicas como la iglesia o las Fuerzas Militares, está relacionada con aspectos centrales de nuestra sociedad.

Entre estos quizás el más arraigado: la creencia (consciente o inconsciente) de la superioridad masculina en las instituciones religiosas, jurídicas, sociales y familiares que condonan estos comportamientos y exculpan a los victimarios.

La violencia sexual es sostenida por la noción de que los hombres tienen autoridad física y moral sobre mujeres y niños.

La vergüenza, la culpa y el voto de silencio que rodean la sexualidad en general y la adolescente en particular, los prejuicios respecto a la homosexualidad, la represión sexual del celibato, los sistemas educativos y sociales fundados en el respeto ciego a la autoridad y la precariedad de muchas familias que ven en las relaciones cercanas con los sacerdotes una manera de acceder a la educación o a otras oportunidades de avance social, son algunos de los aspectos más notorios de la sociedad que también resultan definitivos.

La película En primera plana invita a su público a pensar en el complejo entramado de la responsabilidad social y a evaluar nuestra posición en él. Identificar culpables es fundamental, pero también puede ser una manera facilista de diferir la responsabilidad.

En consecuencia, para intentar ponerle fin a situaciones de abuso sistemático no basta con identificar individuos. Es preciso reconocer las estructuras administrativas, jurídicas y hasta ideológicas que los hacen posible e intentar cambiarlas.

Esta reflexión es más pertinente que nunca en el contexto colombiano. En este momento en el que el país lucha por construir la paz, tomar conciencia de cómo nuestras acciones -y omisiones- permiten o por el contrario evitan el abuso de quienes más nos necesitan, es fundamental.

Muchas personas han sido y siguen siendo abusadas y discriminadas en Colombia por razones de raza, clase, orientación sexual, identidad de género y discapacidad, entre otras.

En este momento en que se avanza por construir la paz es importante pensar en qué podemos hacer para que, como lo sucedido tras el trabajo del equipo de Spotlight, prime la voz de las víctimas sobre la reputación y el prestigio de los victimarios.

Si se necesita de toda una comunidad para abusar de un niño o una niña ¿cuál es la responsabilidad que me toca a mí?, ¿cómo puedo contribuir a cambiar las estructuras de poder que aún hoy permiten que la discriminación y el abuso de miles de personas siga sucediendo con el beneplácito de nuestros líderes religiosos, políticos o civiles? ¿Qué puedo hacer yo para que mi comunidad sea más equitativa, igualitaria y justa?

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