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Pueden pasar a la mesa

Diseñadora de formación y tramposa por vocación, nunca aprendió las tablas de multiplicar. |La opinión de los colaboradores es personal y no compromete a Sentiido ni a institución alguna|

El comedor, además de ser un espacio donde se satisface una de las necesidades humanas más básicas, es también un lugar de encuentros y desencuentros familiares, de ironías y miradas sospechosas mientras se pasa una servilleta o se alcanza una salsa.

lo que pasa en el comedor de una casa
“Pareciera que entre más trabajo requiera ‘el montaje’ de la mesa, mayor será la farsa del evento”.

Pocos espacios se preparan de manera tan minuciosa como la mesa del comedor.

Con el mismo rigor con el que se monta un escenario, los elementos en ella se disponen de manera estratégica para recibir a sus comensales. Pareciera que entre más trabajo requiera “el montaje”, mayor será la farsa del evento.

Los comensales se preparan también, en muchas ocasiones, alistando sus mejores máscaras para sentarse a compartir con sus familiares, amigos o compañeros de trabajo la única de las necesidades humanas básicas, cuya satisfacción puede desencadenar las más diversas situaciones: comer.

Como si se tratara de armarse para una guerra, cuando el evento no es en realidad una de esas reuniones entrañables de las que se puede disfrutar, habrá que estar alerta llevando las mejores municiones. Mirar hacia otro lado, tener listas algunas respuestas y revestirse con una armadura de buena educación y modales para no explotar ante los venenosos y filosos comentarios que pueden provenir desde cualquier rincón de la mesa.

¿Qué trajiste para almorzar hoy?

“¿Por qué solo traes arroz blanco?”, le preguntó con voz horrorizada Luisa a Emma, mi amiga del trabajo, cuando nos sentamos a la mesa. “… Porque no tenía más…” contestó de la manera más diplomática.

Luisa, es uno de esos especímenes que uno quiere evitar en general y, más aún, a la hora del almuerzo. Tenerla justo al frente en la mesa que solemos compartir con otras dos compañeras, puede hacer de un vaso de agua el más amargo de los tragos.

Ella estudia los movimientos de los otros mientras comen, abriendo sus ojos desmesuradamente, cuando le parece que alguien comete una falta con los cubiertos. Hace lo posible por rememorar anécdotas del pasado laboral que nos excluyan a mí y a Emma, que somos nuevas, para darnos a entender que entre ella y nosotras hay una gran diferencia.

“¿Y qué tal estuvo el fin de semana?” indaga con hipocresía, para luego señalar que tal o cual plan es ordinario y contar con forzado entusiasmo lo bien que la pasó con los que fueron a visitarla a su casa.

Yo generalmente nunca intervengo, porque no me interesa. Emma es más conciliadora y comparte sus opiniones, exponiéndose con valentía a los dardos inesperados de Luisa, quien siempre tiene el comentario para corregir lo que ella considera equivocado.

Una vez se acaba el tema, se hace un silencio incómodo, y cada quien fija su mirada en el plato vacío, a la espera de que alguien decida levantarse para después hacer lo mismo y terminar la escena.

La realidad es que, a pesar del afecto que sentimos por nuestras otras dos compañeras, con Emma decidimos “independizarnos de la mesa” y ahora nos sentamos al aire libre para comer nuestro arroz blanco y cortar las papas como se nos de la gana, lejos de ojos juzgadores.

El mantel sucio se lava en casa 

Los almuerzos y cenas familiares son tan particulares que deberían ser material de estudio sociológico. Creo que por eso algunos dramaturgos y directores de cine han decidido retratar los apasionados conflictos que se desencadenan cuando los miembros de las grandes familias acuden a la invitación a almorzar o a cenar.

La mesa familiar tiene un poder especial: es un espacio sagrado en el que todo adquiere mayor trascendencia y de alguna manera obliga a adoptar una postura solemne.

En ella todos quedamos expuestos, y se evidencian roles y rangos como en un juego de ajedrez. Allí, cualquier gesto puede ser contraproducente: desde la manera de pasar el salero hasta cómo se arroja una servilleta de manera desafiante.

Este marco transforma situaciones mínimas en escenas inolvidables, como un almuerzo en el que mi hermana dejó caer el frasco de salsa de tomate sobre el cristal de la mesa, quebrándolo en dos.

Mis dos hermanos, mi mamá y yo seguimos con nuestros ojos la línea que se abría paso entre los individuales y los cubiertos para desembocar en la expresión de furia de mi papá. ¡Sacrilegio! Sacrilegio que debió tener un alto precio, que ya no recuerdo.

O la gran afrenta de no comerse todo lo que mi madrecita nos preparaba. Uno de mis hermanos tuvo que quedarse casi hasta las 4 de la tarde tratando de bajarse a punta de jugo y mucha salsa, el pescado seco de Viernes Santo.

Pero ser comensal en un evento en el que se incluye la familia política, es una experiencia aún más vertiginosa. Aquí debe usarse más que nunca la diplomacia porque cada gesto, pregunta y respuesta tendrán repercusiones a nivel familiar, o no sé si decir: a nivel militar porque acarrearán nuevos ataques.

Es muy probable que gran parte de la superficie cubierta por el mantel esté minada, especialmente los puestos que ocupan las parejas de nuestros familiares directos. Aquí aparece la cuñada que quiere hacerse pasar por “fina”, presumiendo de sus compras y viajes, pronunciando los nombres de las marcas de ropa de modo exagerado.

La cuñada siempre tiene una frase supuestamente “educadora” y un aporte que hacer a nuestras vidas, aún cuando nadie se lo haya pedido. “Tienes que salir más nenita, con eso consigues novio”, le decía una cuñada a mi amiga Ana María.

Ana María sonreía y decía: “Sí, sí, yo salgo”, mientras que sentía ganas de tirarle la sopa por la cara, para que se callara. Responder de mala manera a su cuñada era entrar en guerra con su hermano, así que mejor callar.

Algunos puestos más allá: el cuñado o cuñada de “utilería”, un extra sin parlamento, que solo quita la mirada del celular para agarrar un pan.

Y al lado, el otro cuñado, extraña y constantemente inquieto por el estado financiero de los demás. ¿Cuánto te están pagando? Le encantaba disparar a uno de mis excuñados desde el otro lado de la mesa. Todas las caras se daban vuelta y yo, completamente roja, lograba esquivar la pregunta con respuestas temblorosas, como “… Mejor que antes”.

Nunca contesté concretamente y de esa manera me blindaba de sus ataques: usaba esa información para hacer comentarios en almuerzos posteriores , como: “¿Pero con qué plata te vas a comprar un TV Led, si con lo que ganas no te alcanza?”.

Durante algún tiempo asistí a los almuerzos de una familia numerosa, en los que como espectadora me divertí muchísimo. Parecía más un paredón que un momento de convivencia fraterna. En la mesa de esa casa se hablaba de todo lo que, supuestamente, no se debe hablar: política, dinero, sexo y religión, relacionados con cada uno de sus habitantes.

Dejando toda la intimidad familiar al descubierto y, sin importar la presencia de los extraños, los asistentes nos enterábamos de la vida de los demás. Por ejemplo, los hermanos creían ciegamente que la falta de sexo, era la causante de la amargura de una de las hermanas. Y supimos que uno de los hermanos que no vivía ya en la casa, venía y desocupaba la nevera con sus amigos.

O que fulano era el hijo favorito al que nunca se le decía nada, que fulana estaba insoportable desde que tenía un nuevo novio y que mengana no movía un dedo por buscar trabajo. Y los ánimos se subían tanto que a veces todo terminaba en una verdadera guerra, en la que volaban las servilletas y se oían gritos y ofensas.

Era entonces el momento en el que yo miraba al “jefe” de la familia que, con los brazos cruzados y sin alterarse, me decía: “¿Sabes por qué pelean?… Porque no tienen hambre”.

  • Jorge Alejandro Contreras Anga

    Algo peor que el almuerzo con indagación financiera? Cuanto te ganas? Cuanto te costo el carro? Cuanto pagas de arriendo? Porque no compras una camionera? Por eso almuerzo solo. jajaja.