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Reciben nuestro dinero, pero no aceptan nuestros besos

Periodista de la Universidad del Rosario. Orgulloso de pertenecer a la Red Colombiana de Periodistas con Visión de Género. Aliado del feminismo de tiempo completo. Siempre lleva un libro y una revista en su maleta. Le encanta tomar fotos con el celular. Sueña con hacer una maestría en estudios de género y seguir en la lucha por un mundo diverso e igualitario. @agualaboca

La discriminación que denunció una pareja del mismo sexo en un bar de Medellín, me lleva a preguntarme por qué seguir pensando que hay lugares para heterosexuales y otros para homosexuales. Deberíamos poder ser quienes somos en cualquier parte.

discriminación gay
 “Las personas LGBTI seguimos frecuentando centros comerciales, restaurantes y bares donde los dueños reciben nuestro dinero, pero no aceptan nuestros besos”. Foto: Philippe Leroyer con Creative Commons.

Era un martes por la mañana. Justo antes de salir para el trabajo, revisé Facebook desde el celular. Una persona había compartido el estado de uno de sus amigos. Lo que leí me produjo rabia, mucha rabia. Luego me dio tristeza y, como si fuera poco, también miedo.

Para resumir, se trataba de un escrito en el que un hombre denunciaba las agresiones de las que había sido víctima con su novio en un bar de Medellín (Antioquia). Resulta que ambos se “atrevieron” a darse un beso y un abrazo.

El atreverse lo escribo con toda la intención, porque todavía hay quienes creen que darnos un beso en un bar que supuestamente es para heterosexuales, es una de las peores ofensas que las personas LGBTI podemos cometer.

“Este no es un bar de locas”, les dijo el administrador después de ver el beso y fue entonces cuando comenzó una discusión con los empleados del lugar.

La pareja pedía que la respetaran y supongo que no iban a dejar que los ofendieran y, mucho menos, que los echaran del lugar. En ese momento, según cuenta uno de los hombres, la policía llegó y les dijo que era mejor que se fueran del bar. A dos cuadras, unos sujetos los abordaron por detrás y comenzaron a pegarles puntapiés.

En este punto tengo que decir que no estuve en el bar y no soy testigo de los hechos. Lo que escribo en el párrafo anterior fue lo que leí en el post que hizo uno de los chicos de la pareja y también en un artículo publicado en el periódico El Tiempo.

Sin embargo, no es a mí a quién le corresponde investigar, es a las autoridades, que espero lo hagan. Pero como ciudadano LGBTI siento la obligación de alzar la voz y de pelear, porque aquí toca pelear por nuestros derechos.

Además, no es la primera vez que algo así pasa en el país. Nos han sacado de restaurantes, centros comerciales, colegios y quién sabe de qué otros lugares que ni nos enteramos porque, por miedo, mucha gente no se atreve a decir nada.

Este caso me genera varias inquietudes: ¿por qué seguimos pensando que hay lugares para heterosexuales y otros para homosexuales?, ¿por qué un ser humano se siente autorizado para ofender y pegarle a otro solo porque no está de acuerdo con lo que hace?

¿Será que nos toca preguntar, antes de entrar a un lugar, si “este es un bar de locas” (como dijo el administrador del bar de Medellín), para poder saber si allí nos podemos dar un beso?, ¿por qué la Policía no defendió los derechos de los ciudadanos?

La omisión es peligrosa. no ayuda. solo genera más violencia y, en casos como este, más homofobia, porque digámoslo claro: Colombia es un país homofóbico.

Es tan injusto no poder besar a quien queramos en el lugar que se nos dé la gana; es tan injusto que nos nieguen una expresión tan bonita como un beso. Pero ¿saben qué es lo más injusto?: que nosotras y nosotros también nos la neguemos.

¿Se han preguntado por qué casi no vemos besos de parejas del mismo sexo en las calles? La violencia contra las personas LGBTI ha llevado a que neguemos ser quienes somos.

Se ha llegado al punto de tener miedo de expresar afecto en lugares públicos, en donde los “besos homosexuales” o un simple agarrón de manos, han quedado prohibidos o, lo que es más triste, relegados a estar escondidos.

No es que no nos guste besarnos, abrazarnos o cogernos de las manos. Pero muchas veces no lo hacemos por miedo a las miradas, a las voces que susurran como si fuéramos bichos extraños -porque esa también es otra forma de violencia- o a que nos pase lo que le sucedió a esta pareja de hombres en Medellín.

Por eso me preocupa la homofobia. Tengo fe en la educación, pienso que es la única forma de derrotar la violencia, de que entendamos que ningún ser humano vale más que otro y de que aprendamos a respetarnos los unos a los otros por encima de las etiquetas que les ponemos a las personas cuando no estamos de acuerdo o no nos gusta lo que hacen.

Un beso es un beso, lo dé quien lo dé, y nadie puede negárnoslo. Dar un beso no debería significar un riesgo para nadie.

Otra herramienta que tenemos en nuestras manos es la sanción social. Las personas tienen que saber que no está bien discriminar ni crear este tipo de situaciones violentas. Parece una verdad de perogrullo, pero acá se nos olvida con frecuencia. Nadie, tenga la orientación sexual que tenga, debería ir a lugares que rechazan a otras personas.

También tenemos una Ley Antidiscriminación, la 1482 de 2011, que busca garantizar la protección de los derechos de una persona, un grupo, una comunidad o un pueblo que son vulnerados a través del racismo o la discriminación.

Suena hermoso, pero como suele suceder en nuestro país, muchas veces todo queda en el papel y no hay quién la cumpla ni la haga cumplir.

No quiero terminar sin expresar una idea que ronda mi cabeza cada vez que me entero de estos casos: las personas LGBTI gastamos dinero en centros comerciales, restaurantes y bares “heterosexuales” o donde los dueños reciben nuestra plata, pero no aceptan nuestros besos. Parece que, a la hora de pagar la cuenta, no somos tan maricas.

* Periodista y miembro de la Red Colombiana de Periodistas con Visión de Género.

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