Salir del clóset: justo y necesario

Salir del clóset: justo y necesario

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Desde su historia de vida, un lector de Sentiido cuenta por qué es importante salir del clóset: de no hacerlo, la población LGBT continuará siendo percibida como una minoría relegada.

cómo salir del clóset con la familia y amigos
“No se trata de andar con un cartel anunciando una u otra orientación sexual o identidad de género, pero tampoco de ocultarla”. Foto: MarianoM.

Tenía 15 años cuando empecé a fijarme con especial atención en las personas de mi mismo sexo.

En ese entonces y durante algunos años, creí que se trataba de un sentimiento de admiración, de una especie de: “¡cómo es de chévere ese tipo!

Por un buen tiempo, no contemplé la posibilidad de que pudiera tratarse de lo que algunos llamaban con displicencia “homosexualidad”.

Finalmente yo había crecido en una familia conservadora y católica, en la que jamás se dudó de que el destino de sus integrantes pudiera ser algo distinto a: ser profesional de una “buena universidad”, aspirar a un contrato laboral a término indefinido (preferiblemente en una empresa reconocida),  casarse en una iglesia con alguien del sexo opuesto (mejor si era antes de los 30 años) y, por supuesto, tener hijos.

No podría decir que mis papás o hermanos fueran homofóbicos. Jamás escuché un comentario estilo “¡qué asco ser gayl!”, pero en mi casa sí eran frecuentes y aceptadas las burlas sobre los hombres afeminados.

Recuerdo las carcajadas cuando en programas de televisión como Sábados Felices algún actor empezaba el chiste de la siguiente manera: “cuenta el corresponsal que había un hombre tan ‘maniquebrado’…”.

Con mis hermanos, además, acostumbrábamos decirnos “pártete galleta” cuando considerábamos que alguno había mostrado un gesto o comportamiento femenino. Si alguno, por ejemplo, llegaba con un saco nuevo de un tono pastel, no faltaba el que preguntara con ironía: “¿y no había en colores para hombres?”

De las lesbianas no se hablaba. Ese era un tema “inane”. Y de esos “monstruos” llamados travestis (nunca trans) mucho menos. Creo que yo era el primero en evitar asuntos tan “sórdidos” como esos.

El tiempo pasó y la “admiración” por las personas de mi mismo sexo no disminuyó. Continuaba saliendo con exponentes del opuesto, pero los domingos en misa rezaba para que las mujeres empezaran a parecerme más “chéveres” que los hombres.

Con los años, ya no solamente rezaba sino que me confesaba de mis “deseos impuros”. Así, entre los regaños de los sacerdotes, los chistes de mi casa y los gais estereotipados de las novelas, fui construyendo una muralla infranqueable entre lo que yo era y mi orientación sexual.

Me aferré a la idea de que ese “gustico” se me pasaría, que ya encontraría la mujer de mi vida y que, entre menos la buscara, más rápido aparecería. Llegué a la conclusión de que esta era una etapa más que pronto superaría.

¿Seré bisexual?

No fue así. Cuando en medio de sentimientos de culpa y vergüenza empecé a salir con personas de mi mismo sexo, aún intentaba convencerme de que lo hacía porque en la vida hay que probar de todo. Me dije que muy seguramente era bisexual y que estas personas experimentaban un tiempo pero siempre terminan con alguien del sexo opuesto.

Me negaba a creer que yo pudiera estar incluido dentro del paquete de la homosexualidad, ese que para mí no pasaban de conformarlo “locas” y “marimachas”. Como si esto, primero, fuera así y como si el hecho de salirse de la estética y comportamientos de la mayoría, fuera malo o censurable. Cada quien debe lucir como quiera.

Lo cierto era que creía imposible que una persona “de bien” pudiera formar parte de ese carnaval adornado con banderas de arco iris.

Lo peor era que ya tenía relaciones estables con hombres, y aún me sostenía en que “lo superaría”, en que prontamente dejaría de “experimentar” para regresar a la vida real, a mi verdadero yo.

Mis cálculos fallaron. No me “recuperé” y llegó el día en que acepté que debía hablar con mi familia. Contrario a lo que imaginaba, mis papás y hermanos lo tomaron bien. Supongo que pensaron: “no era lo que queríamos ni imaginábamos, pero aún así, con ese detalle y todo, lo queremos”.

A pesar de haber superado una de las pruebas más difíciles, decirle abiertamente a mis papás y hermanos que yo no era lo que ellos esperaban pero que de esa manera me sentía bien, continuaba despreciando todo lo LGBT.

Es extraño creer que una persona que se reconoce como homosexual, no tiene prejuicios con el tema. En mi caso, para disimular que aún me producía vergüenza y me parecía reprochable todo lo que se saliera del marco de la heterosexualidad, me acostumbré a decirme: “uno no tiene porqué andar gritando a los cuatro vientos que es gay. Eso ni me hace más ni menos que nadie, ni me pone ni me quita puntos, así que entre menos gente lo sepa, mejor”.

En el fondo, quería seguir jugando a la heterosexualidad. Si lograba que no se me notara, no hablaba del tema y no revelaba mi orientación sexual más allá de las cuatro paredes de mi casa, estaría a salvo. Y así me acostumbré a vivir de puertas para afuera: entre misterios, mentiras, disculpas y justificaciones.

Por diferentes razones, de unos meses para acá mi vida empezó a dar un giro radical. Entendí que no necesariamente se trata de andar con un cartel anunciando una u otra orientación sexual o identidad de género, pero tampoco de ocultarla.

Es más, ni siquiera consiste, necesariamente, en definirse como lesbiana, gay, bisexual o transgenerista sino de vivir como cada persona quiera sin tener que decir: “te presento a un amigo, a mi primo o a un compañero de colegio”…Cuando es la pareja.

¡Millones de personas!

Con el tiempo supe que yo podía ser una manera más de mostrarle a la gente que la población LGBT no es una minoría relegada en una esquina de la ciudad, sino que somos millones de personas presentes por todas partes.

A mi familia le ha costado entender mi nueva postura frente al tema. Pareciera que se preguntaran con indignación por qué dejé de hablar de la homosexualidad con eufemismos y vergüenza y por qué ya no doy explicaciones tales como: “yo no lo elegí”, “a mí me tocó”, “si pudiera escoger no habría dudado en ser heterosexual”…

Mi mamá se encarga de recordarme con frecuencia: “¿pero luego tú no decías que para qué hacer visible la homosexualidad, que eso ni era bueno ni malo, sino que cada quien vivía sin darle explicaciones al mundo?”.

Es entonces cuando le digo que he logrado entender que lo que no es visible, no existe. Se trata de no darles explicaciones a los demás pero tampoco de ocultar lo que se es. Contrario a años atrás, ahora poco me importa saber si uno nace o se hace gay, sino simplemente poder ser lo que soy.

Le explico a mi mamá que, en buena medida, proyectos de ley como el de Matrimonio Igualitario se ahogan en el Congreso de la República porque aún buena parte de los legisladores, entre otras muchas personas, creen que la población LGBT debe cumplir con las mismas obligaciones que las demás pero tener menos derechos. ¿Por qué? ¡Porque quién las manda a ser así!

Aún se cree que es legítimo mirar con desprecio a un hombre afeminado, a una mujer masculina o a una persona trans por el hecho de no ser como “deberían”. El repudio que puedan despertar es justificado por salirse de lo “normal”.

Todavía hay quienes creen que “¡esos gais piden mucho y quieren los mismos derechos!” cuando deben estar en desventaja por haber elegido un “estilo de vida” alejado de lo “natural”.

Por todo esto, así mi familia se asombre, cada vez me convenzo más de la importancia de unir esfuerzos para enfrentar los prejuicios, las falsas creencias y los estereotipos que tanto daño le hacen a las personas con orientaciones  sexuales e identidades de género diversas.

Lento pero seguro…

Reconozco que aún me cuesta aceptar públicamente que tengo una pareja del mismo sexo, que aún siento pena cuando, en medio de personas heterosexuales, me corresponde decir que no lo soy. Pero también sé que he avanzado, y que cada vez tengo más claro el deber moral y político de no ocultar mi orientación sexual.

Estoy convencido de la importancia de que mi vecina sepa que en el apartamento de al lado no viven unos primos o unos compañeros de universidad sino una pareja de hombres.

Cada vez considero más significativo que a los eventos no me inviten con “el amigo” sino con mi novio y que cuando en las reuniones sociales me pregunten por mi novia o esposa, pueda decir sin sonrojarme: “es novio”.

La cuota por la igualdad y la no discriminación no solamente es responsabilidad de los activistas. No solamente estas personas quieren salir a las calles de la mano de sus parejas sin que nadie las mire extraño o las insulte. No solamente ellos quieren que en los formularios también exista la posibilidad de escribir junto al estado civil “casado”, el nombre de una persona del mismo sexo.

Cada vez me convenzo más de que para que la población LGBT logre un reconocimiento libre de prejuicios, aún hay mucho por hacer y todas las personas – especialmente las LGBT- debemos aportar. No se trata, si no se quiere, de salir a la marcha del orgullo; con el hecho de vivir sin ocultar la orientación sexual o a la pareja también se contribuye.

Propongo ir más allá de seguir señalando de homofóbico – independiente de que lo sea o no – al procurador Alejandro Ordóñez, al senador Roberto Gerlein y a todas las personas que se expresan de mala manera contra la población LGBT.

El paso a seguir es mostrarles que en sus familias, barrios, oficinas, ciudades y, en todas partes, la diversidad está presente. Se trata de enseñarles, con el simple hecho de ser visibles, que la diversidad es riqueza, pluralidad y libertad.

Nota: Sentiido invita a sus lectores a enviar a [email protected] sus experiencias y opiniones sobre temas relacionados con diversidad sexual y de género. Aquellos que cumplan con los criterios editoriales de Sentiido serán publicados.

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