Sergio Urrego, una muerte que llevamos dentro

Sergio Urrego, una muerte que llevamos dentro

Consultor en Derechos Humanos. Ha trabajado con instituciones del Estado, organizaciones de Cooperación Internacional y Naciones Unidas. |La opinión de los colaboradores es personal y no compromete a Sentiido ni a institución alguna|
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Los casos de jóvenes homosexuales que en algún momento de su vida contemplan el suicidio, son más frecuentes de lo que se piensa. Así logré yo no hacerlo y sentirme orgulloso de ser quien soy.

que paso después de la muerte de Sergio Urrego
Muchas personas LGBTI sentimos como propia la muerte de Sergio Urrego. Hemos pasado por situaciones similares a las que él vivió. Foto: Peter Pal/G3 Hetesi.

El dolor que ha generado la muerte de Sergio Urrego lo llevamos todos dentro. Y no me refiero solamente a la solidaridad que nos ha despertado la triste noticia, sino a que muchas personas LGBTI cargamos esa muerte en nuestra propia vida.

Hace algunos años, cuando empecé a reconocerme como un hombre gay, experimenté angustia. No entendía muy bien qué pasaba, si podría ser una persona “normal” y me preguntaba qué sería de mí y de todas esas expectativas que tenía sobre mi futuro.

Entre el silencio, no tener con quién conversar abiertamente del tema y las burlas y agresiones de “compañeros” de salón, me sumergí en un abismo de tristeza y ostracismo. Las ideas suicidas comenzaron a aparecer cuando, además de este contexto, empecé a leer filosofía. Me inicié con el consabido Nietzsche, luego vinieron Camus, Sartre y otros existencialistas.

Así, llegaron las dudas sobre el sentido de la vida y del porqué estaba acá. Y claro, entre la tristeza y la ausencia de referentes de personas LGBTI, comenzó a tomar forma la idea de quitarme la vida. Finalmente, las alternativas se iban agotando y no encontraba otra salida en ese oscuro callejón.

El tiempo fue pasando lenta y angustiosamente. Las sonrisas se hacían cada vez más escasas, los libros se convertían en los principales amigos y la esperanza estaba en terminar con el sufrimiento de una vez por todas. ¿Por qué no lo hice? ¿Qué me detuvo? Son preguntas que con dificultad puedo responder. Sin embargo, menciono algunos aspectos que pueden evitar optar por esta decisión:

Tener un buen amigo/a: esa persona a quien es posible mostrarle gratitud y aprecio por escuchar sin criticar, por estar atento a compartir y por enseñarnos que también debemos hacerlo. De esta manera se rompe con el egocentrismo de sentirse único, raro y especial o que solamente uno mismo puede entenderse y salvarse.

Leer algo positivo: en todas las casas existe a mano la llamada “literatura de autosuperación”. Claro, cuando uno anda leyendo cosas muy complicadas y buscando explicaciones trascendentales a la vida, ¿por qué tendría que ponerle atención a la “autoayuda”? Pues en esa clase de literatura hay información que contribuye a mejorar la perspectiva de la vida y a romper con el pesimismo y la autosuficiencia que a veces se encuentra en las ciencias sociales.

Conectarse con una causa: ya sea salvar pingüinos en el sur de Chile, apoyar a un sindicato o vincularse a un grupo religioso. El propósito es sentirse parte de algo que vaya más allá de la propia vida. De esta manera, uno se termina rindiendo ante la bastedad del propio ser y empieza a ver en perspectiva los problemas.

Consentirse: darse espacios para apreciarse, reconocerse y valorarse. No todo puede ser autocrítica, ni crítica sistemática al sistema social, político y humano. Además, esto es cíclico: si uno odia todo, termina por odiarse a sí mismo. Esos sentimientos de frustración deben tener vías de escape que pueden construirse en momentos de alegría o dolor en los que se comparte con otra u otras personas.

Darle sentido al dolor: escribirlo, volverlo danza, hacerlo teatro, llorarlo… No hay por qué limitarlo a que corra por el cuerpo y por la mente de manera constante. Si se pone al servicio de la creatividad, poco a poco se va disolviendo hasta que se transforma. A mí me funcionó.

Reconocer que nada es permanente: ni siquiera la alegría, el amor, la belleza, la juventud y, mucho menos, la tristeza y el dolor. Claro, cuando uno crece entre telenovelas y el catolicismo, termina por sentir que sí, que todo es para siempre. Para quitarse un peso de los hombros, vale la pena rendirse a la ley universal de que nada es permanente y de que no es saludable aferrarse a algo. Incluso, esas imágenes que uno se hace de sí mismo y de sus emociones, también son efímeras.

Tomarse con alegría ser LGBTI: El núcleo de la desazón que se siente está en reconocer que uno es diferente a “la mayoría” y que por esto es señalado de pecador, sucio o infame. Pero si uno les responde: “¿soy todo eso y hasta más?” ¿Qué pasa? Se “reventaría” la estrategia de quien acosa y se aprendería a llevar la orientación sexual o la identidad de género con orgullo.

Todo lo que he mencionado, que pareciera extraído de una revista de supermercado, me funcionó. No creo que les resulte de utilidad a muchas personas, ni tampoco pretendo mostrar estas sugerencias como la única respuesta. Lo cierto es que allí encontré mucha fuerza para salir adelante y liberarme de las ideas suicidas.

Tampoco puedo decir que basta con reconocer que la “fuerza está dentro de cada uno”. El Estado tiene que proteger, respetar y garantizar la integridad física y mental, la seguridad y la vida de todas las personas.

Se necesita desplegar medidas legales, políticas, institucionales y judiciales para que las violencias cometidas contra los menores LGBTI sean prevenidas, sancionadas y reparadas. Se trata de cerrar ese ciclo en el que los “machitos” y las “superviejas” se sientan legitimados para agredir a otros.

Esta apuesta implica un mensaje de fondo: necesitamos luchar por los derechos humanos de todas las personas. No puedo limitarme a hablar de los LGBTI, sino que debemos crear un mensaje de que toda violencia es inaceptable: sea hacia flacos, gordos, por color de piel, creencia política, algún tipo de discapacidad, religión o cualquier otra característica. Ser diferente debe ser motivo de orgullo.

Para tal fin, rectores, orientadores, profesores, guardias de seguridad, padres y madres de familia y estudiantes, entre otros, deberían armar una red de apoyo y afecto, de manera que sea posible ser y vivir como se quiera, en el marco del respeto por los derechos de los demás.

¿Sueño con mucho? No me parece. Creo que poner a funcionar la Ley de Convivencia Escolar podría ser un primer gran paso. Así, entre el autoapoyo y el marco legal, la historia de muchas personas que, como Sergio Urrego, se sienten desesperadas, podría cambiar.

También creo que estas oportunidades sirven para abrir nuestros closets y dejar salir eso que tanto nos pesa. Quizás así aliviemos nuestra carga y ayudemos a que disminuya la de otros.

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