Sergio Urrego

Sergio Urrego

Abogada, experta en Derechos Sexuales y Reproductivos. Activista feminista por la no violencia contra las mujeres y por la igualdad de derechos LGBT. |La opinión de los colaboradores es personal y no compromete a Sentiido ni a institución alguna|
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Además de algunos docentes y directivas del colegio donde estudió, detrás del suicidio de Sergio Urrego también están los discursos de políticos como Roberto Gerlein, Alejandro Ordóñez y Marco Fidel Ramírez, quienes se dedican a enseñarle al mundo la manera “correcta” de vivir.

por qué se suicidó Sergio Urrego
Esta es una de las imágenes que Sergio Urrego tenía en su perfil de Facebook, la cual forma parte de la campaña “No soy tu chiste” de Daniel Arzola.

Tenía 16 años, era inteligente, hábil para comunicarse, buen estudiante y, por lo que dice su nota de despedida, supongo que buen hijo y buen nieto. Era gay y tuvo una relación con un compañero del colegio. Se suicidó.

Me imagino una historia como la que cuenta Fernando Molano en su libro “Un beso de Dick”: un amor adolescente, a ratos confundido, un amor lleno de preguntas, empujado por la emoción de los encuentros y asustado por lo que podría pasar si se enteraran.

Se enteraron. A Sergio le confiscaron el celular en el colegio y allí encontraron una foto suya con su novio. Se besaban.

Eso bastó para que iniciara un proceso de entrevistas y preguntas, un proceso en el que buscaban culpables. El crimen era claro: dos muchachos se besaban.

Así que llamaron a los padres. Los de Sergio apoyaron a su hijo. Los del otro muchacho necesitaban culpables, no su hijo, otro. Así que denunciaron a Sergio por acoso sexual. Los padres, no el muchacho.

Y el colegio actuó febril y diligente y empezó la represión, se negaron a entregarle el boletín de notas y hubo más entrevistas y más preguntas, había que encontrar un culpable. La psicóloga hizo la miserable labor que aún hacen muchos de sus colegas: usó su lugar para exigir más, para poner más trabas, para aumentar la presión. A Sergio le informaron de la denuncia el 12 de julio.

Dejó varias notas de despedida. Su intención era clara y quiero honrarla: “… No quiero que los 16 años de vida que tuve se hallen con una oscura mancha llena de mentiras.”

Así que se tomó el tiempo de registrar los chats con su exnovio para que se viera que no hubo acoso. Solo puedo imaginar el dolor de ese proceso, tener que demostrar que nunca abusó de su pareja, que todo fue consentido y que el gran crimen era simple: se besaban.

Diecisiete días después, el 4 de agosto, Sergio Urrego se lanzó al vacío. Su carta de despedida dice: “me lamento de no haber leído tantos libros como hubiese deseado, de no haber escuchado tanta música como otros y otras, de no haber observado tantas pinturas, fotografías, dibujos, ilustraciones y trazos como hubiese querido…”

Al funeral fue casi todo su curso. Faltaron dos de sus compañeros. La reacción del colegio fue obligar al grupo a reponer el día, porque asistieron sin permiso como si se hubieran ido de fiesta. En esa reunión no hubo palabras de duelo para Sergio, lo llamaron: “anarco, ateo y homosexual”.

A Sergio lo mató la discriminación. Que sepamos, nadie lo golpeó, bastaron las palabras. Los discursos que señalaban lo “normal” y lo “anormal”. Los discursos moralistas de las autoridades del colegio. Me imagino esas reuniones y me dan náuseas.

Y lo mató la mentira. La que inventaron los padres del otro muchacho para negarse a lo evidente, para tratar de evitar lo inevitable: reconocer a su hijo como es. Y en toda esta tragedia, pienso en el muchacho y siento una inmensa compasión por él.

Pero a Sergio también lo mataron los discursos de políticos como Roberto Gerlein, Alejandro Ordóñez, Marco Fidel Ramírez, Clara Sandoval, Claudia Wilches, María Fernanda Cabal, Javier Suárez Pascagaza y de otros tantos que fungen de ciudadanos ejemplares y hablan de “comunismo ateo”, “dictadura homosexual” y “mafia LGBT”.

Escudándose en una supuesta moral intachable, denigran, insultan y mancillan todo lo que perciben propio de ese “estilo de vida homosexual” que tanto les aterra. Esos que se la pasan enseñándoles a otros cómo vivir la vida que ellos no van a lograr.

Miserables de espíritu que no miden el efecto y el impacto de sus palabras. Fariseos hipócritas que se rasgan las vestiduras por la “protección de los niños”, pero que no son capaces de reconocer que hay menores homosexuales, como Sergio, cuyo único crimen es simple: besarse con otros niños.

Llevo casi veinte años como activista. Algunos días el cansancio me vence, dan ganas de irse de viaje y de no enterarse de nada más, de cerrar la causa. Pero hechos como el de Sergio me hacen volver. Mientras haya un muchacho o una chica que se suicide por discriminación, siento que la sangre arde, que la causa obliga, así que refuerzo el espíritu y continúo.

Porque no quiero más Sergios ¡No más!

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