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“Te lo mereces por perra”

Filósofo de la Universidad Nacional, profesional en Estudios Literarios de la Javeriana y Máster en Escrituras creativas. No se define ni como hombre ni como mujer, profesor y practicante de yoga kundalini y performer.

Cometí el delito que ningún hombre heterosexual machista permite: me negué a tener sexo con él y entonces padecí la historia que ya había visto. Los chistes y las burlas pasando de celular a celular, mientras mi dignidad era pisoteada.

Te lo mereces por perra
Me compré un vestido estrecho y corto. Mis amigos escucharon que me decían expresiones morbosas durante mi recorrido, como si fuera un objeto. Foto: Archivo documental Fundación Cultural Waja.

Cuando trabajé en un colegio femenino, mis estudiantes y sus padres me contaban con preocupación y vergüenza que algunas niñas enviaban fotos desnudas a los niños con los cuales coqueteaban, quienes a su vez, se las mostraban a sus hormonales amigos y demás público disponible.

Los profesores miraban con algo de compasión a la “niña problema”, pero con esa mirada de “te lo mereces por perra”. Las otras niñas (que incluso podían ser las verdaderas divulgadoras de las fotos) ni siquiera miraban con empatía, simplemente condenaban a la joven, quien quedaba sola tratando de reconstruir su autoestima.

El fenómeno, para nada nuevo, parte del hecho de que la adolescente, cuando se muestra sexual en público, experimentando deseo, es vista como un objeto.

En público, ella debe ser pura y casta, mientras en privado se deje latigar.

Aquella niña puede lograr, por un momento, la atención del chico (hablo del paradigma heterosexual), pero cuando la joven se asusta, cesa su deseo o simplemente no quiere seguir, inmediatamente es castigada por el joven que, a cambio de no haber cumplido su objetivo, se venga destruyendo su reputación. (Ver: la obligación de ser heterosexual).

También hay otros casos perversos en los que la joven mujer no se adecua al prototipo de belleza heterosexual y machista, pero osa experimentar su deseo, ante lo cual recibe el castigo de ser objeto de burla, convertida en un objeto sexual que, supuestamente, no merece el deseo del otro.

Lo que en ese entonces le decía a mis alumnas era que, para enfrentarse a esas situaciones, es indispensable:

  1. Empoderarse: estar conscientes de su propio valor, trabajar en su autoestima para no caer en el juego erótico por razones equivocadas, como por ejemplo la necesidad de atención o de amor, que nos ponen en un lugar de vulnerabilidad inevitable.
  2. Pensar en las estructuras de género: para no ser ingenuas en estos juegos, sino más bien conscientes de las reales intenciones de los otros.
  3. Tener claro que su valor como personas no está en juego: que comprendieran que nadie podía mancillar su dignidad, que debían enfrentar este asunto con fortaleza y decisión para no mentirse sobre sus propias decisiones o sobre el papel del otro (protegiéndolo, por ejemplo). Que mantuvieran su frente en alto.

La historia se repite

Años después, justo a comienzos de 2016, trabajé vendiendo libros. Una compañera resultó contándome con tristeza que su hija de 14 años le había mandado unas fotos desnuda a un chico del colegio y que las fotos se habían vuelto públicas.

Su reacción fue castigarla y quitarle el celular y tratar de sobrellevar la vergüenza que esto le generaba, a la vez que trataba de apoyar/castigar a su hija. Eso me trajo el recuerdo de la universalidad de estas historias y de lo poco preparados que, como hijos, padres y maestros, estamos para sobrellevarlas.

Lo irónico es que la historia misma se revirtió sobre mí. Sucede que una (en femenino, porque en este contexto me leen como mujer o, mejor dicho, tengo que hacer el montaje) a veces se siente atraída por un hombre heterosexual. (Ver: Ser un muppet: ni hombre ni mujer)

En estos casos, la pregunta que muchos de nosotros, con orientaciones sexuales e identidades de género diversas, nos hacemos es: ¿un hétero presuntamente machista será buena idea? Pero el deseo toma sus cauces y me parecía muy absurdo no fluir con él.

Teniendo ya 30 años, muchos de ellos en el activismo, estaba poco entrenada para estas lides en terrenos tan hostiles. Como suelo ser, hablé con él abierta y explícitamente de mis preferencias sexuales, de mis prácticas favoritas y de mis deseos. (Ver: lo dramático del activismo trans).

La primera respuesta que tuve fue una fotografía de sus genitales, lo cual resultó inesperado para mí.

Su trato comenzó a ser directo y yo no tuve idea de si era un hombre abierto o si más bien yo había caído en las redes de ser tratada como una cosa. Mucho más sorprendida quedé cuando me fui dando cuenta de que ese grupo de hombres andaba todo el tiempo mostrándose fotos de senos de mujeres, mujeres en tanga o luciendo su vagina, chistes de penes, de vulvas, etc. (Ver: Tener un cuerpo “femenino”)

Me pregunté si había estado tan protegida en mi burbuja de feminismo y nuevas masculinidades que había olvidado cómo era el “resto del mundo”. Me quedé pensando, además si, por ejemplo, los hombres gais compartían este tipo de dinámicas pero con cuerpos masculinos o si lo hacían algunas lesbianas o personas trans. (Ver: Hombres ¿feministas?)

El asunto fue que cometí el delito que ningún hombre heterosexista permite: no quise tener sexo con él. Entonces sucedió lo que suele suceder. Nuestro romance secreto se revirtió contra mí.

La venganza

Fui mi alumna, fui la hija de mi compañera y la protagonista de Chica Rara (la serie de MTV). Los chistes y el celular pasando de aquí para allá de hombre a hombre (sin desnudos de por medio, gracias al cielo), me hicieron sentir al menos durante una tarde (tal vez un poco más) que mi dignidad estaba mancillada.

Lo curioso es que si yo hubiese mostrado el pene de mi querido amigo, otra hubiera sido la historia. Tal vez algunas se reirían y ya está. Otros no me creerían y, con lupa machista, dirían que estoy loca y que invento historias porque él no me pone atención.

En el caso de las mujeres es diferente. Ella, la perra, es estigmatizada y excluida (momentáneamente) de la vida social. Con ella no hay nada gracioso en la expresión libre de su deseo y no hay ninguna duda de su carácter reprobable.

Por suerte hemos pensado en esto y hay un mundo amoroso que con cariño recibe nuestros relatos de desencuentros en el género.

Así que tengo presentes las consignas que hace años les daba a mis alumnas. El kit que todas debemos llevar en las braguetas, bóxers y demás:

  1. Una sospecha feminista saludable.
  2. Una sabiduría de género que permita mirar con agudeza.
  3. Un ser empoderado para comprender que nadie puede acabar con tu dignidad de loba, de leona, de guerrera.

¿Qué más hacer? Resistirse, resistirse a través de lo que más se te dé: el arte, la política, la escritura. En ese orden de ideas, por ejemplo, un domingo, en pleno centro de Bogotá y como parte de un proceso de formación de performance, realicé una acción que consistió en hacer un recorrido desde el sector de Las Aguas hasta San Victorino ida y vuelta.

Te lo mereces por perra
Salí golpeando el suelo con mis tacones y caminé escuchando en los audífonos mi propia historia, mientras regresaba al lugar de partida. Foto: Camilo Rojas Tello

Primero caminé con expresión de género masculina (con mi paquete visible, un bigote y un tumbao) para observar cómo mi cuerpo así dispuesto era visto y recibido por los otros.

Luego, me compré un vestido estrecho y muy corto y fui a un baño de mujeres. Mientras me maquillaba conté mi historia de violencia como mujer, los abusos, las vulneraciones, lo de siempre. Salí golpeando el suelo con las puntillas de mis tacones y caminé escuchando en los audífonos mi propia historia en loop mientras regresaba al lugar de partida.

Escuché algo, pero sobre todo mis amigos oyeron las cosas más morbosas durante mi recorrido. En boca de hombres jóvenes, hombres viejos, con bebés en coche, con esposa al lado, expresiones, una tras otra, donde era tratada como una cosa. Y sí, también vimos a algunas mujeres mirarme con odio y comentar entre ellas de mí ser perra.

Hay mucho por sanar: el agua moja.

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