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Tener un cuerpo “femenino”

Filósofo de la Universidad Nacional, profesional en Estudios Literarios de la Javeriana y Máster en Escrituras creativas. No se define ni como hombre ni como mujer, profesor y practicante de yoga kundalini y performer.

¿Será que cuando un hombre acepta la invitación de una mujer que le está coqueteando le da miedo que ella vaya a tocarlo? ¿Por qué cuando son ellas las que salen con un hombre en estas circunstancias temen por su seguridad?

acoso contra la mujer
Cuando Javier me dijo que llevara un pantalón pegado, yo no podía explicar con palabras que me sentía como un pedazo de carne y que eso me daba miedo. Foto: Ana Reinert con Creative Commons.

Creo que solo me sentí mujer cuando estaba en décimo grado, en el colegio. Antes no. Y me sentí mujer porque un adolescente que se identificaba como hombre me vio así, no porque de mí hubiera surgido la iniciativa de esa interpretación.

Me sentí mujer porque yo le gusté a un adolescente heterosexual. Me sentí mujer porque cuando jugábamos “pico-botella” los niños nunca se besaban entre ellos ni las niñas entre ellas.

Así que comprendí que me habían metido ya en un cajón y eso me dio desconfianza, así que me dediqué a observar. Pero yo no sabía de cuerpos, de hormonas ni nada de eso. Había crecido en un colegio femenino y mi sexo era algo innombrable, inalcanzable, inexistente.

Empezamos a salir y a juntarnos, niños y niñas. Íbamos a tomar café y a esconder alcohol. Entonces yo le gusté a Javier y Javier me gustó a mí. Qué miedo. Yo ni siquiera sabía besar. Recuerdo que Javier y yo comenzamos a hablar. Por Internet, creo, aunque las cosas entonces no eran como ahora.

En una de nuestras conversaciones, Javier me preguntó: “¿vas mañana?” Y yo le dije: “claro, cómo no, mañana sí”. Y él me respondió: “bueno, ¿te puedes poner entonces un pantalón pegado?”

¡Un pantalón pegado!

Yo no tenía la capacidad de entender en ese entonces por qué el comentario me había sentado tan mal. Yo no podía explicar con palabras que me sentía como un pedazo de carne y que eso me daba miedo.

Lo peor es que por algún mecanismo de defensa no recuerdo bien nada de esa época. No estoy seguro de cómo se fue dando todo, de verdad lo olvidé.

Tengo la impresión y la vaga certeza de que decidí alejarme de los niños, la fiesta y la hormona-bailable.

Yo me refugié en la biblioteca, en mi grupo de filosofía con mis profesores y en mi grupo de astronomía y de física. Y cuando llegué a la universidad, claro, era virgen. Por mucho tiempo me sentí tan extraño, tan diferente. Mi inexperiencia sexual y mi miedo me pesaban y me dolían. ¿Qué podía estar mal conmigo?

Nunca comprendí que orgánicamente (pero no conscientemente) sabía que había algo mal en ese juego de “ponte un pantalón pegado”. Nunca comprendí que mi intuición era correcta y que mi miedo y el decidido aislamiento eran una acción de rechazo a este sistema.

Desde ese entonces, por supuesto, mi relación con los hombres cisgénero nunca ha sido bien fluida. Me gustaban (me gustan) sí, pero solo si son compasivos, y, como dicen los demás -no yo- “femeninos”.

Y con todo y que mis parejas han sido consideradas y amorosas, hay algo de violento en la penetración que no tolero. Algo en el mero acto de invadir mi cuerpo femenino que no puedo disfrutar con facilidad.

Sin duda alguna, prefiero los cuerpos femeninos, los cuerpos intermedios y los cuerpos trans. Aunque ya para decir lo último, lo masculino otra vez me está dando lata.

Ya pasaron tal vez quince años desde el incidente del pantalón pegado. Ya pasó que soy trans, ya pasó que soy pansexual. Y con todo, el incidente del pantalón pegado se repite cuando trato de hacer las paces con lo que pueda ser mi identidad femenina.

Ahora Javier se llama Igor. Ya no es un adolescente, sino un hombre de 43. Donde trabajamos juntos, yo soy Diana. Diana la colombiana. Aquí uso maquillaje y a veces uno que otro escote.

En cierto sentido, no tenía otra opción si quería conseguir trabajo rápido. En otro, me daban ganas de encontrarme de nuevo con la niña, a ver cómo se siente ahora.

Entonces Diana le gusta a Igor. Bien. Diana ha sido clara en que a ella no le gusta él. Pero conversan y se ríen. Ella piensa que es bonito volver a recibir cumplidos, que es bonito sentirse admirado y atractivo.

Entonces Igor le dice a Diana, al son de una piña colada, que caminen un rato por el paseo de la playa. Y caminan. ¿Será que cuando un hombre acepta la invitación de una mujer que le está coqueteando le da miedo que le agarren las huevas? ¿Cierto que no?

Entonces, ¿por qué cuando una chica sale con un hombre en estas circunstancias teme por su seguridad?, ¿por qué teme que él invada su espacio personal, que, de alguna forma, la irrespete? Porque Igor caminó conmigo y me agarró la cintura y me estrujó.

Y yo volví a ser la niña de quince años asustada. Yo, después de todo lo que he dicho y pensado en los caminos del género, me asusté, y aunque atiné a decir que me quería ir (y nos fuimos), me sentí vulnerable y me irrespetaron.

En realidad, yo no soy trans porque quiera traicionar a las mujeres, porque sea tan duro ser una mujer que prefiera optar por la otra parte.

Yo soy trans porque justamente no se me ha olvidado. Y porque de las muchas formas que hay para sobreponerse al sistema sexo/género, esta es una, la de explotar las categorías desde dentro, y es la que mejor sé hacer.

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