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En tiempos de paz, la importancia de la empatía

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No todo lo malo que sucede en Colombia es culpa de los alcaldes o presidentes de turno. La dificultad para ponerse en los zapatos de los demás tiene mucho que ver en esto.

cultura en transmilenio
Detrás de acciones de funcionarios como Viviane Morales y el procurador Alejandro Ordóñez está la idea de que sus creencias religiosas o personales están por encima de los derechos de otros. También está su incapacidad para ponerse en los zapatos de las personas LGBT. Foto: Lobregs.

Transmilenio es uno de mis templos favoritos de reflexión. Los empujones, robos, la diversidad de olores y las respiraciones a milímetros de distancia que allí tienen lugar, me inspiran para pensar en asuntos que van más allá de lo insegura que se ha vuelto Bogotá o de si el próximo alcalde cumplirá con la promesa de hacer el metro.

Este sistema de transporte se me ha convertido en un lugar para pensar sobre la empatía o la capacidad de ponerse en los zapatos de los demás. Para esto tengo varias musas. Están por ejemplo las personas que acostumbran escuchar música sin audífonos y a un volumen considerable en sus radios o celulares.

No sé si se imaginan que todos los que vamos en el bus tenemos el mismo gusto musical o si simplemente no les importa que a los demás nos incomode escuchar sus canciones favoritas de reguetón o vallenato, por solo nombrar dos géneros musicales.

Por otra parte, algo me dice que mucha gente entendió la tan difundida frase “dejar salir para poder entrar” que Transmilenio adoptó, como “no dejar salir para poder entrar”. Pocas personas contemplan que parte del colapso de este sistema radica en el despelote que se forma en las puertas de salida y acceso a los buses.

Tampoco faltan quienes deciden sentarse en la mitad del bus, donde varios usuarios podrían ir de pie. Su cansancio está por encima de que más gente pueda ir menos espichada.

Todos estos comportamientos hablan del instinto de supervivencia en medio del caos, pero también de defender lo propio por encima de lo que les pase a los demás.

Mi afán es más importante

Hace unos días me bajé a una hora pico en una estación del norte de la ciudad. Como la mayoría de la gente estaba entrando a la estación, habilitaron tres registradoras para ingresar y solamente una para salir. Como era de esperarse, quienes queríamos hacer esto último debíamos hacer una larga fila.

Dos señores que se bajaron del bus al tiempo conmigo decidieron que, contrario a todos nosotros, no iban a “perder tiempo” en esa fila, que su afán era más importante y olímpicamente “cortaron camino”. En otras palabras, se colaron.

La empatía es un ejercicio difícil de hacer, pues generalmente estamos concentrados en el bienestar propio y eso impide detenerse a observar lo que pasa alrededor.

No todo el desastre que muchas personas lamentan de Bogotá es culpa del alcalde de turno o de las alcaldías anteriores. En los trancones o en el desorden de Transmilenio, por nombrar dos ejemplos, el comportamiento de todas las personas tiene mucho que ver.

Es un hecho que en la inseguridad que azota a la ciudad hay factores de fondo, pero ¿cuántas personas reaccionan, gritan o alertan a las autoridades cuando ven un robo o al menos piensan en hacer algo más allá de protegerse o cuidar sus pertenencias?

Esto no se soluciona con leyes. Finalmente en el Congreso de Colombia no se va a presentar un proyecto de ley “por el cual se ordena la obligación de ser empáticos”. Tampoco es probable que un candidato a la Presidencia incluya en su programa de gobierno el compromiso de que los colombianos aprendan a ponerse en los zapatos de los demás.

No existen normas para que las personas dejen de pensar solamente en el bienestar propio para contemplar el de los demás. Este es un asunto de tomar la decisión de hacerlo o de apostarle a una filosofía de vida menos egoísta.

Pero no solamente se requiere empatía en Transmilenio o en las calles de la ciudad. Es evidente, por ejemplo, que el procurador Alejandro Ordóñez, la senadora Viviane Morales o el concejal de Bogotá Marco Fidel Ramírez, perciben a las personas homosexuales como una masa uniforme que deben contrarrestar.

Les resulta imposible ponerse en los zapatos de al menos una pareja del mismo sexo que quiera casarse o adoptar un hijo.

Esa incapacidad de entender lo que sienten las personas LGBT cuando son tratadas como “menos que las demás” y ese interés por darle prioridad a sus creencias religiosas o personales pasando incluso por encima de los derechos de otros, es una de las razones por las que aún existe discriminación por motivos de orientación sexual e identidad de género.

Uno de los problemas de fondo, no solamente en Bogotá sino en Colombia, es que aún hay personas que creen que sus convicciones o necesidades son más importantes que las de los demás y que poco importa lo que sientan, merezcan o quieran otros: “lo mío está primero”.

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El rosado para las mujeres, ahora en versión Transmilenio. 

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