Un mundo capaz de entender la diferencia

Un mundo capaz de entender la diferencia

Periodismo, opinión y análisis LGBT.
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Inspirado en otras columnas publicadas en la sección En mis Zapatos, un lector de Sentiido cuenta cómo ha sido su proceso para reconocerse como un hombre homosexual con discapacidad visual.

Por William Andrés Silva.

Personas LGBTI con discapacidad
Quiero salir a la calle sin timidez. No quiero volver a sonrojarme si alguien me pregunta el significado de los accesorios de arcoíris. Foto: Michael Verhoef.

Tenía alrededor de 7 años cuando descubrí mi gusto por las personas de mi mismo sexo. Nunca olvidaré a Jonathan, un niño de mi edad que me causaba curiosidad. A tan corta edad no era propiamente una atracción sexual lo que sentía, pero sí algo más allá de compañerismo.

Siempre fui criticado porque a mucha gente le parecía que mi comportamiento era diferente al de los jóvenes de mi edad. Sin llegar a ser afeminado, era más tierno y suave.

A mis 13 años un “sacudón” llegó a mi vida. Empecé a escuchar programas sobre sexo y a abrir mi mente al respecto. Descubrí con sorpresa que aquellas situaciones que de niño me daban asco, ahora me causaban curiosidad. También me di cuenta cuánto me gustaban algunos muchachos del colegio. Empecé a detallar más sus cuerpos y personalidades, hasta que me declaré homosexual.

Claro que como diría Fleming Ian en su libro Diamantes para la eternidad, “se lee mejor de lo que se vive”, porque mi autorreconocimiento vino acompañado de lágrimas, presión social y sentimientos de culpa.

Me sentía sucio. Sentía vergüenza de ser quien soy. ¡Me odié! Le pedía perdón a Dios y le rogaba que me quitara tantos pensamientos “impuros”. Pero un día me autoenfrenté y me dije cuánto valía. ¡De malas! Así soy yo. Si la gente me quiere así, bien, y si no, pues no merece mi amistad y aprecio.

Gracias a muchos programas de superación, llegué a respetarme y a quererme, así como a entender que las demás personas están cegadas por paradigmas que solamente pueden romperse con tiempo y esfuerzo.

A los 18 años, otro “revolcón” sacudió mi vida y esta vez mi corazón: encontré a quien me haría conocer el amor. Ingresé a un equipo de fútbol donde me enamoré perdidamente del arquero, menor que yo un año. No solo con su cuerpo sino con sus actitudes y principios me dejó en shock.

Ahora tengo 20 años y aunque sigo batallando contra los paradigmas y mis propios complejos, he logrado que gran parte de mis amigos conozcan quién soy. Utilizo distintivos LGBTI y en mi trabajo y universidad me he ido soltando poco a poco. En las redes sociales sigo páginas LGBTI que me ayudan y apoyan, pero aún tengo dolores pendientes de sanar y liberar.

Mi familia aún no lo sabe. Quiero ser sincero con ellos, sobretodo con mi madre. Quiero ser libre, dejar de preocuparla por no presentarle novias y explicarle por qué la adopción es un excelente camino para ser papá.

Quiero salir a la calle sin timidez, no quiero sonrojarme si alguien me pregunta el significado de mi manilla de arcoíris… Pero lo que más me mortifica, lo que más me hace llorar en mis crisis existenciales, es no poder decirle al arquero lo que siento.

Muchas veces me he preguntado por qué me resulta tan difícil hacerlo. Quiero que sepa que es un sentimiento puro y que no espero respuesta. Simplemente quiero liberarme al decirle que aunque han pasado más de dos años, lo amo con todas mis fuerzas.

Esto tiene otro agravante y nuevamente es un maldito paradigma. Además de ser LGBTI, soy ciego y alguna vez que probé entablar contacto con otro chico gay, le dije para evitar sorpresas quien era. Él simplemente dejó de llamarme y de mostrar interés.

Eso me dolió mucho. Sentí desazón. Mi mundo se derrumbó. Él no se dio la oportunidad de conocerme, de ver si valía o no la pena, sino que simplemente huyó. Por más que intente pensar que lo entiendo, esto es lo que es: ¡un cobarde!

Sueño con un mundo capaz de entender la diferencia con igualdad de derechos y de oportunidades. Sueño con que las personas no me discriminen y señalen con burla. Sueño con que, como un acto natural, pueda expresarle mis sentimientos a quien amo sin pensar en respuestas de asco, burla, odio, incomodidad o pesar. Salir del clóset definitivamente es justo y necesario.

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