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Un mundo con mujeres, hombres y los demás también

Coordinadora de proyectos en Sentiido. Doctora en Lenguas y Literaturas Romances (Universidad de California, Berkeley). Profesora de Género y Sexualidad y Literatura Latinoamericana en American University (Washington DC).

Reconocer que los hombres también pueden embarazarse no representa una amenaza para las mujeres ni para el feminismo. Al contrario, despeja estereotipos y es un avance en la lucha por la igualdad.

hombre embarazado
Trystan Reese, un hombre trans, embarazado de 8 meses de su pareja Beef Chaplow. Foto: Instagram: Beef and I.

En los últimos años, pero sobre todo en los últimos meses, la visibilidad de las personas trans ha generado una especie de pánico moral en los sectores más conservadores de la sociedad.

También ha suscitado importantes preguntas y reflexiones entre las personas LGBT y el feminismo (que, con mucha frecuencia, son movimientos y campos del saber que se cruzan y nutren mutuamente).

Recientemente, un video en el que aparece un hombre trans hablando sobre su embarazo llevó a que se discutieran qué implicaciones tiene esto no solo para las personas trans, sino para el concepto de “hombre”, “mujer”, e incluso “feminismo”.

No existe una respuesta fácil, pero la pregunta debe tomarse muy en serio sobre todo cuando, desde el propio feminismo, surgen voces encontradas. Las diferencias pueden ser productivas y es importante escuchar los argumentos de quienes no están de acuerdo.

Sin embargo, también es importante ser conscientes de las consecuencias que pueden tener y han tenido ciertas ideas y responsabilizarse de ellas, como individuos y como movimiento que aspira a la transformación social.

En ese sentido, Carolina Sanín plantea en su columna en Vice que el embarazo de un hombre trans no debe ser celebrado pues este hecho augura el cumplimiento de uno de los sueños del patriarcado: “un mundo feliz sin mujeres”.

Primero, no estoy de acuerdo con que una sociedad patriarcal sueñe con un mundo sin mujeres. Creo que más bien sueña con uno de mujeres sumisas convencidas de que su cuerpo es su destino y que la maternidad es su principal función y su más grande realización personal. (Ver: “Ser mamá no es un instinto ni un mandato, es una elección“)

Pero lo que más me preocupa del texto de Sanín es la visión limitada y excluyente que plantea del feminismo. Esto se evidencia en su negación a reconocer la identidad de género de las personas trans con los mismos argumentos biologicistas que, irónicamente, el feminismo se ha esforzado tanto por desmantelar.

Sanín niega la identidad masculina del hombre del video afirmando que su embarazo demuestra que, contrario a lo él que dice, no es un hombre sino una mujer. Para Sanín, un cuerpo capaz de embarazarse y dar a luz es necesariamente un cuerpo de mujer.

Considero importante discutir este argumento, no solo por su carácter “cis-sexista”; sino también por sus implicaciones para el feminismo. (Ver: ¿Cis qué…?)

¿”Cis” qué?

Antes de seguir es importante aclarar que el prefijo “cis” se utiliza en contraposición a “trans”. Es decir, si una persona “trans” es alguien cuya identidad de género no concuerda con el sexo asignado al nacer, una persona “cisgénero” es alguien para quien estos dos aspectos sí coinciden.

La gran mayoría de personas somos cisgénero. Esto quiere decir que al nacer se nos asignó un género, por ejemplo, el femenino, y al crecer continuamos identificándonos con él.

En mi caso, al nacer, la doctora miró entre mis piernas, dijo “es una niña” y cuando crecí yo estuve de acuerdo con ella. Me asignaron el sexo femenino al nacer y yo hoy en día me identifico como mujer. Como mi sexo asignado y mi identidad coinciden, soy una persona cisgénero.

A las personas “trans” les pasa lo contrario. Su identidad no se alinea con el sexo asignado al nacer. Por eso, al crecer, hacen procesos de transformación corporal para que su cuerpo coincida con su identidad.

Estos procesos son distintos en cada caso. Con frecuencia implican la toma de hormonas y algunos procedimientos quirúrgicos, pero no siempre incluyen cirugías de reasignación genital.

Algunas personas trans se identifican plenamente con el sexo opuesto al asignado al nacer y hacen transiciones para que su cuerpo y expresión coincidan en la mayor medida posible con las características físicas asociadas a las “mujeres” o a los “hombres”, mientras que otras se sienten bien sin tenerse que identificar con ninguno de los dos géneros. (Ver: Travesti, transexual, transgénero. Algunas definiciones útiles)

El feminismo y las personas trans

La relación entre las personas trans y el feminismo no siempre ha sido fácil. Muchas feministas han argumentado que pese a su apariencia, las mujeres trans siguen siendo hombres pues tienen o tuvieron pene, y los hombres trans nunca serán hombres pues no tienen lo que se consideraría un pene funcional en una sexualidad heterosexual tradicional, con capacidad de penetración.

Esto, precisamente, es lo que se llamaría “cis-sexismo”: la idea de que los cuerpos e identidades de todas las personas deben coincidir con los de las personas cisgénero.

Es decir, que la división sexual de los cuerpos solo tiene dos opciones (femenina o masculina) y que estos cuerpos tienen características específicas e incambiables: todos los cuerpos con vagina, útero, cromosomas XX, etc. son “de mujeres”, y todos los cuerpos con pene, testículos, cromosomas XY, etc. son “de hombres”.

Además, el “cis-sexismo” asume que todas las personas son o deben ser cisgénero, y califica a quienes no los son como personas que sufren de una patología, seres moralmente inferiores o impostores.

Esto tiene graves consecuencias para las personas trans pues lleva a que su autonomía corporal y sus derechos sean limitados o coartados, y a que con mucha frecuencia sean víctimas de violencia. (Ver: Violencia contra las personas LGBT)

Aunque voces importantes del feminismo como Janice Raymond han sostenido estas posturas en libros como The Transexual Empire (1979), estas están siendo reevaluadas hace décadas.

Hoy en día casi todo el pensamiento y la práctica feminista se plantea que los feminismos contemporáneos requieren el reconocimiento pleno de las identidades trans y exigen su participación como iguales; no como objetos de estudio sino como productores de conocimiento y agentes de transformación social.

Esto no quiere decir que los cuerpos no importen. Por el contrario, esta visión reconoce la gran diversidad de experiencias de la subjetividad que pasan por el cuerpo (como la raza, la identidad de género, las características anatómicas, las habilidades, etc.), y desenreda el supuesto determinismo del vínculo entre genitalidad e identidad.

Un hombre embarazado

En parte, la discusión ha girado en torno a reconocer que reducir a las personas (sean estas trans o cisgénero) a sus genitales y/o a sus capacidades reproductivas es una visión, por definición, sexista y antifeminista.

Decir que un hombre trans no puede estar embarazado pues dicho embarazo demuestra que en realidad es una mujer, no se diferencia mucho del amañado biologicismo de aquel bus (de cuyo nombre no quiero acordarme) que proclamaba que “los niños nacen siendo niños y las niñas nacen siendo niñas”.

En ambos casos, la idea es reducir los cuerpos a sus genitales para negar identidades y derechos, y asentar como naturales binarios que son culturales.

En eso, las palabras de Carolina Sanín coinciden con las de los grupos más conservadores pues reducen a las mujeres (y a los hombres) a su capacidad reproductiva. Además, el argumento equipara “mujer” con “madre” (actual o potencial), lo cual es algo que el feminismo, a través de la lucha por los derechos reproductivos y la autonomía corporal, se ha esmerado mucho en separar.

Más aún, decir que “la imagen de un hombre madre” favorece la idea de la futilidad de la mujer solo tiene sentido si caemos en la trampa de asociar la “utilidad de la mujer” con la maternidad. Es decir, si hacemos una confluencia entre mujer y madre.

Esta idea es profundamente antifeminista, y no porque el feminismo no celebre la maternidad: por supuesto que lo hace, pero siempre como opción, no como obligación.

El feminismo deslinda la maternidad del deber ser y del valor femenino.

La plantea siempre como decisión personal y no como mandato biológico, divino o social.

Durante décadas -y hasta siglos si se tienen en cuenta a pioneras como Sor Juana Inés de la Cruz quien defendía la legitimidad de aspirar a tener solo “hijos del entendimiento”- la teoría y la práctica feministas han luchado por demostrar que “la biología no es destino”.

Por lo tanto, ni los órganos genitales ni la capacidad reproductiva determinan la identidad, expectativas y habilidades, ni pueden tampoco coartar los derechos ni el libre desarrollo de la personalidad y sexualidad.

Para esto, el feminismo interseccional (el feminismo que tiene en cuenta las relaciones de poder que existen entre otros aspectos de la identidad como la raza, la orientación sexual, el nivel socioeconómico, etc.) ha construido un sólido cuerpo teórico que muestra que “lo natural” usualmente marca la petición de principio de una cultura.

Lo “natural”

Esto quiere decir que lo que una cultural llama “natural” dice más sobre la cultura que sobre la naturaleza. Podría decirse que toda civilización es, de una u otra manera, una forma de alejarse, de controlar o modificar “lo natural”.

La medicina, ¿qué es sino un intento de evitar o postergar la descomposición y los dolores “naturales” del cuerpo?

Por eso, es diciente que cuando se crea una pastilla para tener erecciones a los ochenta años se le llama progreso científico, pero cuando se crea un dispositivo para que las personas que así lo deseen no tengan la menstruación, se le dice “antinatural”.

Porque cuando una cultura dice que algo es “natural” es porque no está dispuesta a cuestionar ni revisar las exclusiones y desigualdades que se desprenden de dicho ordenamiento social, político y económico del mundo.

Para muchos filósofos este es, precisamente, el mayor éxito de las formaciones ideológicas más resistentes como el patriarcado o el racismo: presentarse a sí mismas como naturales y en consecuencia reacias al escrutinio y la transformación.

Esto no quiere decir que “la naturaleza” no exista. Sino que cuando una sociedad utiliza el argumento de “lo natural”, usualmente lo hace para negar la legitimidad de individualidades específicas (mujeres, personas afrodescendientes, LGBT, con discapacidad, etc.) y restringir derechos.

También, a desplazar la justificación de dichas jerarquías y exclusiones al plano de lo incontrovertible, apelando a leyes supuestamente obvias, irrefutables e incambiables, llámense estas “divinas”, “naturales”, “biológicas” o “de sentido común”.

La subordinación de la mujer al hombre, vista como “natural” en muchos contextos históricos y culturales (incluido el colombiano), ha sido una de las más perniciosas consecuencias de este uso ideológico de “lo natural” y está arraigada a la supuesta realidad incontrovertible de que las mujeres fuimos hechas (por Dios, la madre naturaleza o como lo quieran llamar) para tener hijos.

Independientemente de las experiencias individuales con la maternidad, sin duda muy positivas e importantes para muchísimas mujeres, el vínculo entre mujer y madre tiene profundas consecuencias en la vida de millones de ellas.

Este ha determinando su papel social, constriñendo sus derechos, limitando su acceso a la educación y sus oportunidades laborales y, con demasiada frecuencia, poniendo en riesgo su salud y su vida en partos o abortos inseguros.

Por eso, como feministas, debemos desconfiar de los discursos que pretenden limitar las identidades, restringir  los derechos e impedir el acceso a espacios físicos o simbólicos basándose exclusivamente en características anatómicas, sobre todo cuando estas tienen que ver con la sexualidad y la capacidad reproductiva de las personas.

¿Por qué un hombre no puede dar a luz?, ¿por qué una mujer no puede tener pene?, ¿un pene o el acto de parir realmente hacen a alguien “una mujer” o “un hombre”?

Algo similar les dicen los hombres a las lesbianas durante las violaciones correctivas: “te voy a enseñar a ser mujer”. (Ver: “Desde que las niñas son rosadas y los niños azules estamos jodidos”).

El pene y su capacidad de penetrar pretenden devolver al cuerpo con vagina a su supuesto destino de recipiente pasivo, a su posición de sumisión física y simbólica.

Como feministas cisgénero, ¿vamos a decir que la presencia de un feto en el útero “devuleve” a una persona a una supuesta condición original (e inmutable) de mujer? Después de tantos años de lucha ¿vamos a argumentar que dar a luz o lactar son atributos esencialmente femeninos?

Si lo hacemos, estamos negando de plano la existencia de las personas trans, pues estamos diciendo que, digan lo que digan, su cuerpo (genitales, órganos reproductores o cromosomas) delata su impostura. Estamos diciendo que, después de todo, la biología sí es el destino. (Ver: “Una mujer más es todo lo que quiero ser”)

Esto no solo es violento y afecta a las personas trans, sino también resulta muy problemático para el feminismo y las personas cisgénero.

El feminismo lucha por lograr la autonomía corporal de todas las personas. Esto incluye los derechos sexuales y reproductivos de mujeres y hombres cisgénero y trans, y quienes no se identifican con ninguna de estas dos opciones.

Defender la autonomía corporal y la igualdad de derechos de las mujeres cisgénero negando la identidad de las personas trans, tildándolas de impostoras, y usando con ellas el argumento esencialista (obsesionado con la genitalidad y la capacidad reproductiva) que rechazamos para nosotras mismas, es una contradicción de la teoría y la práctica feminista y muestra una falta de autocrítica y empatía.

¿Por qué la capacidad de gestar de los hombres trans implicaría un mundo sin mujeres?

Muy por el contrario, implicaría un mundo donde las personas pueden tomar decisiones libres sobre su cuerpo y su identidad. Un mundo donde los genitales de las personas no determinan su papel social, el tipo de vínculos sentimentales que pueden formar, ni las familias que pueden conformar o los modos de hacerlo.

Un mundo donde las mujeres y los hombres trans y cisgénero y las personas que no se identifican con ninguna de esas posibilidades, pueden acceder a una ciudadanía plena y ejercer su autonomía corporal sin estar constreñidos por lo que etiquetas como “hombre” o “mujer” dicen que pueden o no hacer con su cuerpo y con su vida.

Esto suena bastante feminista, y, al menos para mí, también muy deseable.

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