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Una empleada del servicio doméstico en Colombia

Cofundadora y editora de Sentiido. Comunicadora social y periodista, magister en Periodismo Digital. Ha trabajado, entre otros medios, en Revista Diners, Editorial Televisa Colombia y Revista Semana.

Aunque muchas personas no pueden vivir sin ellas, pocas piensan en cómo es la cotidianidad de muchas de las empleadas del servicio doméstico. Esta es la historia de Doris.

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Doris Huérfano tiene 50 años y es empleada del servicio doméstico por días en Bogotá.

Dos horas y diez minutos me tomé en llegar a la casa de Doris. Ella ha ido varias veces a la mía, pero yo nunca había visitado la suya. Un Transmilenio me dejó en el Portal Tunal y después un bus alimentador me llevó 30 cuadras arriba. Me bajé en la séptima parada donde ella me estaba esperando.

Me emocioné al verla en un ambiente distinto al que hemos compartido y en uno donde, evidentemente, se siente más cómoda. Doris es empleada del servicio doméstico por días y ha trabajado en varias casas de familiares y conocidos míos. Desde hace unos 10 años nos vemos ocasionalmente en otras casas o cuando pasa a dejar o a recoger algo a la mía.

Ese sábado que nos encontramos, caminamos tres cuadras por una vía estrecha, aún sin terminar, hasta llegar a la puerta de su casa, ubicada en el barrio La Esmeralda, en Ciudad Bolívar, al suroccidente de Bogotá.

Al entrar, avanzamos por un pasillo angosto y oscuro y a unos pocos pasos, a la izquierda, unas escaleras de cemento al aire libre nos llevaron a una puerta verde. Allí, una vez más a la izquierda, otras escaleras nos condujeron a la sala de su casa.

Me senté en un sofá modular blanco y negro, cuya parte superior estaba protegida por un plástico transparente. “En enero, con la tarjeta Codensa, compramos el juego de sala. El que teníamos estaba muy roto, ya daba pena si alguien venía”, me dijo sonriendo.

Llegué a su casa a las 10 de la mañana. Para lograrlo, pasé de un extremo al otro de la ciudad, trayecto que ella recorre a diario, por la mañana y por la tarde, y en los momentos de mayor congestión vehicular.

Para llegar a tiempo a su trabajo, Doris se levanta a las 4 de la mañana, hora en la que despierta a su hija Paula y les prepara el desayuno a ella, a Luis, con quien lleva 30 años casada y a Fernando, otro de sus hijos, a quien también le alista el almuerzo para llevar a la oficina. Con Luis se turnan para acompañar a Paula, quien tiene 16 años, a tomar el bus público que la lleva al colegio.

La última en salir… Y en llegar

Mientras ellos desayunan, Doris aprovecha para dejar lista la comida de la noche. Ella es la última en salir de la casa. Me dice que no puede hacerlo sin antes lavar la loza y dejar la casa “medio en orden”. Sale a las 7 de la mañana aunque a veces, antes de tomar rumbo a su destino, lleva a su nieta al jardín infantil.

En ocasiones prefiere irse en buseta y no en Transmilenio. Si suma el tiempo que pasa esperando un bus alimentador en el que quepa, más el que invierte haciendo transbordo, se demora lo mismo pero con la ventaja de que con la buseta le sale más barato y la deja en frente de su lugar de trabajo.

Hace dos años uno de sus trabajos, al que va tres días a la semana, es una oficina ubicada en la Calle 94, al norte de Bogotá. Al principio, solamente iba a ese edificio una vez a la semana a arreglar un apartamento, pero un día un residente le preguntó a la señora a cargo del aseo si podía sugerirle una empleada doméstica de confianza.

Ella le habló de Doris. Tras su recomendación, un argentino llamado Pablo la contrató. “Llevaba dos días con él cuando me dijo: ‘además de trabajar conmigo, ¿vos querés ayudarnos en la oficina?’”. “Sí” fue su respuesta y con mayor razón cuando supo que solamente la necesitarían dos horas diarias pero le pagarían el día. Para completar, Pablo le dijo que la oficina quedaba en el mismo edificio.

Doris contó con suerte si se tiene en cuenta que a muchas empleadas del servicio doméstico las contratan por horas. En muchos casos, sus empleadores no lo hacen para garantizarles un salario más justo, permitiéndoles de paso más posibilidades laborales, sino para que en medio día hagan el trabajo que deberían hacer en uno.

El día que va “la muchacha”, suele haber una torre de loza acumulada en el lavaplatos. Adicionalmente deben hacer el trabajo más duro, el que la gente que vive ahí no hace por ese mismo motivo, como lavar baños y cocina a profundidad, planchar o limpiar ventanas.

Sus empleadores desconocen o poco les importa que en las cinco o seis casas a las que ellas van por semana, les piden hacer la misma intensa y agotadora jornada. Es como si el objetivo en cada una fuera “exprimirlas” al máximo o sacarles todo el provecho posible como si se tratara de máquinas.

El primer día de trabajo en la oficina, Doris llegó a las 8 de la mañana. El ascensor estaba a punto de cerrarse cuando un señor de pelo blanco lo detuvo para que ella alcanzara a subirse. Sus dos ocupantes se bajaron en el mismo piso y se dirigieron a la misma oficina. Fue entonces cuando el señor entendió que Doris era la nueva empleada de su oficina. Así que la saludó de beso y le dio la bienvenida.

¿Sabés quién es él?

Pablo, quien ya estaba allí, vio la escena y le preguntó: “Doris, ¿lo reconocés?” “No”, respondió ella. “Nosotros somos el cuerpo técnico de la Selección Colombia de Fútbol y quien te saludó es el profesor Pekerman. ¿Te suena?” “Más o menos”, dijo ella, aunque en realidad su respuesta era menos que más.

Después de empezar a verlo en uno y otro noticiero, el asunto cambió. “Con el profesor Pekerman me siento como con mi hermano. Él tiene muchos valores. No hemos tenido largas conversaciones, pero es una persona súper espectacular. Es más sencillo de lo que se ve en televisión. Me pregunta cómo estoy, cómo está mi familia y me dice que Dios me bendiga”.

El único “pero” que le encuentra a él y a sus compañeros de oficina es que a veces no les entiende lo que dicen porque “le tienen otro nombre a las cosas”. A Doris le gusta que todos son ordenados. “Ellos se toman un tinto y lavan su pocillo, entonces yo solamente limpio el polvo, los baños y les tengo listo los televisores porque todo el tiempo están viendo fútbol”.

Después de las dos horas de trabajo en esa oficina, Doris sale de ahí a otro apartamento de la zona. Aunque termina de trabajar a las 4:30 de la tarde, regresa a su casa a las 8:30 de la noche. “Entrar a un Transmilenio a esa hora es muy difícil. Tengo que dejar pasar muchos buses para poder subirme a uno”.

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María Doris Alba, su nombre completo, tuvo seis hijos. Uno de ellos murió en 1999, a los siete años: tenía parálisis cerebral. El otro, Cristian, fue asesinado en 2009, a los 16 años, para robarle su celular.

“Cuando Cristian falleció, yo no quería saber nada. Me la pasaba durmiendo, no quería despertarme”. Durante muchos días Doris se sintió incapaz de trabajar.

Para las empleadas del servicio doméstico de por días no hay calamidad doméstica que les permita pasar un tiempo sin laborar, reconocido económicamente. En su caso, día que no trabajó, día que no recibió sueldo.

Para completar, en ese entonces su esposo y sus dos hijos mayores se quedaron sin trabajo. Llegó el momento en que en la tienda no les fiaron más. Un día su hija Paula y uno de sus tres nietos, le dijeron que tenían hambre. En ese momento, Doris se levantó y decidió que volvería a trabajar.

Aunque han pasado cinco años desde la muerte de su hijo, el dolor, asegura, es el mismo. Así que para evitar volver a caer, intenta hacer algo que en ella parece imposible: vivir más ocupada.

Una agenda sin fin

Eso sí, los fines de semana, se afana en aclarar, duerme más. Esto significa que se levanta a las 6 de la mañana. Si puede, trabaja los sábados, pero si no le resulta nada, se dedica a lavar y a planchar ropa y a limpiar su casa.

Los domingos lee en misa y está pendiente de una eucaristía que se organiza para los adultos mayores, a las 12 del día, en el salón comunal.

Una de sus ocupaciones preferidas es su nieta, la misma que lleva por las mañanas al jardín. Cuando Cristian murió, tenía una novia de 15 años que estaba embarazada. Ver a la niña, dice Doris, es ver a su hijo.

“Nosotros respondemos por ella. Uno de mis hijos le paga el colegio, le damos los materiales que necesita y una mensualidad. La niña no tiene el apellido de Cristian porque la prueba de ADN, un requisito para este trámite, es muy costosa”.

Meses después de la muerte de su hijo, a Doris le dijeron: “tras una exhaustiva investigación, no fue posible esclarecer los hechos”. Curiosamente, medio barrio sabía quiénes eran los responsables y dónde vivían.

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