¿Vale la pena mantener la sigla LGBTI?

¿Vale la pena mantener la sigla LGBTI?

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Hay quienes creen que llegó la hora de ir más allá de la sigla LGBTI o de expresiones como “comunidad LGBTI” para pasar a hablar de sexualidades diversas. El debate está abierto.

por qué se usa la sigla LGBTI qué significaAgrupar bajo las letras LGBTI a las personas con orientaciones sexuales distintas a la heterosexual así como a quienes no se identifican con la identidad de género esperada por la sociedad, es un tema que cada día despierta más polémica.

Para algunas personas, es una sigla que tiene un sentido político y que demuestra que existe un movimiento dispuesto a llevar a cabo acciones colectivas para luchar por el reconocimiento de sus derechos.

Para otras, refleja la necesidad de aliarse para reclamar los cambios sociales necesarios con el fin de evitar la discriminación y la exclusión de la que han sido víctima un buen número de personas lesbianas, homosexuales, bisexuales, transgeneristas e intersexuales.

Las letras LGBTI también han sido clave a la hora de pensar en políticas públicas para atender las necesidades de este sector y de crear una agenda común que le permita ser visible ante el Estado y la sociedad.

Han sido letras estratégicas en la medida en que han unido y organizado esfuerzos para cuestionar a quienes creen que la única orientación sexual válida es la heterosexual y asumen que, por su genitalidad, una persona debe considerarse hombre o mujer, sin tener la posibilidad de elegir.

Sin embargo, es evidente que mientras el interés de algunas mujeres lesbianas y hombres homosexuales es la aprobación de leyes como la del matrimonio entre parejas del mismo sexo, el de ciertas personas trans es poder acceder a la educación, alternativas laborales y a una legislación que cubra las transformaciones corporales que requieren para lograr una imagen física que coincida con lo que realmente son.

Uno de nosotros no es como los otros…

Así, los reconocimientos logrados para las parejas del mismo sexo no necesariamente son “triunfos” para todas las personas LGBTI; finalmente, parte de la población incluida en estas letras termina marginada. Este es el caso de la transexual, la intersexual y la bisexual.

Para Jei Alanis Bello Ramírez, socióloga feminista, será difícil movilizarse por un objetivo político común mientras algunos hombres homosexuales (especialmente), continúen con sus prácticas misóginas, clasistas, racistas y reproduciendo formas de exclusión.

Según César Sánchez-Avella, magister en estudios culturales, otro problema es que lo LGBT se ha convertido en un limitante al tener que encasillarse en alguna de esas letras para obtener reconocimientos.

“Así, en un reciente encuentro liderado por el Ministerio del Interior, estaban unas chicas trans de Leticia (Amazonas) quienes no se consideraban de esta manera, pero allí era necesario hacerlo”, dice Alanis Bello.

A Alanis también le preocupa que la gente piense que LGBTI es una manera de entender la realidad política, cultural y social de las personas lesbianas, gays, bisexuales, transgeneristas e intersexuales. “No por el hecho de estar al margen de la heterosexualidad, es indispensable identificarse como LGBTI”.

Adicionalmente, es una sigla que opaca las diferencias o las particularidades propias de cada una de sus letras y, dentro de estas, de millones de personas. Independiente de la orientación sexual o la identidad de género, no hay dos personas iguales.

Dominic Davies, psicológo de la organización Pink Therapy (Terapia Gay Afirmativa) con sede en Londres, ha dicho que hay tantas formas de ser gay como hombres existen en el mundo. Además, no es solo un tema de identidad y orientación sino también de comportamiento sexual.

¿Comunidad LGBTI?

Según Andrea García Becerra, antropóloga, magister en estudios de género y docente de la Universidad Javeriana, lo LGBTI limita la articulación del movimiento solamente a géneros y sexualidades.

“Las mujeres trans, por ejemplo, podrían aliarse con los feminismos, indígenas, afrodescendientes, campesinos, víctimas de la violencia, prostitutas y otros sectores marginados y excluidos”.

Hablar de “comunidad LGBT” es, en opinión de García, una tontería. “¿Quién vive en una comunidad LGBTI? Se tiende a asumir esta sigla como si se tratara de un grupo étnico o una microsociedad, cuando no es así”.

Para ella, esta expresión es tan despectiva y violenta como decir “marica”: “es meter a una persona dentro de un paquete así no quiera estar allí. La violencia simbólica no es solamente la que se produce con el lenguaje sino también la de categorizar a la gente de manera arbitraria. Y la Alcaldía, por ejemplo, etiqueta a las personas así”, completa García.

En esto coincide Alanis Bello: “decir que somos una comunidad es una ficción inventada a partir de la categoría LGBTI. Es un hecho que no compartimos referentes comunes culturales, políticos ni económicos”.

La apuesta de Andrea García es evitar definir a las personas con estas letras. “Yo no tengo una identidad por ser mujer trans”, sostiene.

Esta afirmación la comparte Federiko Ruiz, director de comunicaciones y prensa de Santamaría Fundación (SF), quien asegura que no se puede seguir encasillando a las personas en una letra si no se identifican con ninguna. “Valdría la pena abrir más la sigla, pero no para incluir más letras, sino para empezar a hablar de diversidad sexual y de género en su verdadera dimensión”.

Visibilizar a los invisibles

Para César Sánchez-Avella, más allá de pensar en romper alianzas y de que cada letra emprenda su lucha por separado, el objetivo debe ser buscar nuevas articulaciones así como visibilizar las causas de las personas bisexuales, transgeneristas e intersexuales.

Se trata, agrega Alanis Bello, de hacer apuestas colectivas y de tejer objetivos comunes sin guiarse por letras. “Me cansa seguir pensando la lucha política con ideas como: ‘tengo que tener relaciones solamente con mujeres porque de lo contrario no sería lesbiana y no podría pertenecer a este movimiento’”

“Es momento de asumirse más allá de LGBTI y articularse por objetivos y, uno de estos, podría ser cuestionar esos dichosos lugares de socialización de las personas lesbianas, homosexuales, bisexuales y transgeneristas para inventar nuevos espacios: acabar con esa estructura clasista y racista que se disfraza de LGBTI”, agrega Alanis Bello.

Por lo pronto, Dominic Davies propone empezar por reemplazar la sigla LGBTI por la expresión “Género y Diversidades Sexuales (GSD)”, lo que permitiría, entre otros, incluir a las personas asexuales o a quienes practican el poliamor y el intercambio de parejas. En su opinión, esto ampliaría el espectro y sería una manera más incluyente de abordar el tema.

Lo LGBTI no es una unidad ni un grupo homogéneo, sino una oportunidad y una posibilidad para abrirse al valor de la diferencia. No se trata de ignorar esta sigla, pero sí de tener presente que la diversidad sexual y de género va más mucho más allá de cinco letras juntas.

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