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6 respuestas para los opositores a la educación sexual

Género, diversidad sexual y cambio social.

Una educación sexual que contemple la diversidad sexual y de género es la clave para disminuir el bullying escolar a estudiantes LGBT. Sin embargo, hay papás, mamás, profesores y directivas que se oponen a esta formación. ¿Qué hacer en estos casos? Sentiido responde.

educación sexual
Una de las razones de la resistencia de algunos miembros de la comunidad educativa a que los menores reciban una educación sexual integral y de calidad es porque desconocen qué implica esta formación en realidad.

En la encuesta de bullying escolar a estudiantes LGBT, realizada entre 2015 y 2016 por Sentiido y Colombia Diversa, 21% de los estudiantes afirmó que no asistió al colegio al menos una vez durante el último mes porque sintió inseguridad o incomodidad, 67% expresó que se sintió inseguro/a en su colegio debido a su orientación sexual, 54% que se sintió inseguro/a debido a cómo expresa su género (la manera de vestirse, comportarse, peinarse etc.) y 71% aseguró haber sufrido acoso verbal por su expresión de género. (Ver: Resultados de la Encuesta Nacional de Clima Escolar LGBT).

Está claro que una manera de prevenir el acoso escolar por orientación sexual, identidad o expresión de género, es mediante una educación sexual que contemple la diversidad sexual y de género. Así, los estudiantes aprenderán a no molestar ni a estigmatizar a quienes son o perciben como LGBT o se salen de los patrones de género tradicionales. Sin embargo, suele pasar que algunos profesores, papás, mamás y directivas de colegio se oponen a esta formación. (Ver: Colegios: les llegó la hora de reconocer la diversidad sexual).

Para saber cómo dialogar sobre este tema con los diferentes actores de la comunidad educativa, Sentiido elaboró esta guía de preguntas y respuestas frecuentes.

¿Cómo enfrentar la oposición de algunos papás, mamás, docentes y directivas de colegio a impartir una educación sexual integral?

Una de las razones de la resistencia a que los menores reciban una educación sexual integral y de calidad es porque muchas veces los adultos no entienden qué implica esta formación en realidad. Creen que es hablar de sexo. Así que un primer paso es explicarles de la manera más sencilla posible y de la mano de personas expertas, de qué se trata realmente esta educación. (Ver: “La familia y la escuela, donde más se vulneran los derechos de niños y niñas”).

Hay que mostrarles que al no darles esta formación a los menores, dejan de aprender habilidades y competencias de autocuidado. Educar a niños, niñas y adolescentes para la sexualidad tiene que ver, especialmente, con aprender a cuidarse, a prevenir el abuso y la violencia sexual y, en últimas, con tener una vida más feliz.

A mejor educación sexual, acorde con la edad del menor, mayores probabilidades de prevenir el abuso sexual.

Cuando a los padres de familia se les pregunta a través de encuestas anónimas si están de acuerdo con que a sus hijos se les enseñe en las escuelas una educación para la sexualidad, la mayoría responde “sí”. Reconocen que carecen de los conocimientos suficientes para abordar estos temas de manera precisa y tienen claro que la escuela es determinante al respecto.

Saben, también, que una educación sexual fundamentada en los derechos humanos apela a una convivencia basada en el respeto y la no discriminación. Y la mayoría de personas está de acuerdo con que la inclusión y la no discriminación deben orientar la educación.

Algunos papás y mamás se oponen a una educación sexual que contemple la diversidad sexual y de género porque creen que esto es imponer una “ideología de género”. ¿Cómo lograr que entiendan que no es así?

Este discurso de oposición a una educación sexual parte de la creencia de que con la sola exposición a unos contenidos pedagógicos en clase es posible definir la orientación sexual y la identidad de género de un menor. No es así. No hay un único factor que determine la orientación sexual o la identidad de género de una persona, dimensiones de los seres humanos que simplemente se descubren. (Ver: El género existe y no es una ideología).

A la hora de abordar la importancia de que la formación para la sexualidad incluya la orientación sexual, la expresión y la identidad de género, se puede empezar por los estereotipos de género. Por ejemplo, muchas personas coinciden en que una niña puede ser ingeniera y en que no tiene que usar ropa rosada si no le gusta. (Ver: “Desde que las niñas son rosadas y los niños azules, estamos jodidos”).

Otro argumento importante son las cifras de bullying escolar por orientación sexual, identidad y expresión de género. Cuando estos datos se presentan, la pregunta inmediata es: ¿qué hacer para que los colegios sean espacios de aprendizaje y de socialización libres de discriminación y estigmatización? ¡La educación sexual integral es parte de la respuesta! (Ver: ¡Listos los resultados de la primera encuesta de bullying LGBT de Colombia! 9 voces opinan).

¿Qué hacer cuando detrás de la oposición de papás y mamás a la educación sexual están los discursos de pastores y sacerdotes que condenan la diversidad?

En ocasiones, a pesar de explicarles a papás y mamás qué es y qué busca la educación para la sexualidad, algunos se resisten a su implementación porque tienen de por medio una postura ideológica que les impide entender su pertinencia. No son muchos, pero suelen asumir una vocería por “todos los papás” cuando en realidad solo hablan por unos pocos. (Ver: “Dejemos de decir que no queremos hijos LGBT”).

También pasa que estos supuestos voceros son muy visibles en redes sociales y en medios de comunicación y cuando algunos políticos los identifican, se alinean con sus propuestas pensando en que les sumen votos. (Ver: Los pasos de gigante de la avanzada conservadora).

En esos casos, lo mejor es empezar la estrategia de sensibilización y de capacitación sobre la pertinencia de una educación sexual que contemple la diversidad sexual y de género con quienes no tienen esos sesgos de por medio, que son muchas personas.

Para esto los talleres son fundamentales, pero no uno una vez al año y ya, sino que debe ser un trabajo permanente como parte de un compromiso institucional con la inclusión y la no discriminación. Esto permitirá aclarar muchos mitos al respecto porque en últimas lo que se busca es garantizar el bienestar de los menores.

Asimismo, es aconsejable implementar encuestas de manera sistemática para conocer con más detenimiento la opinión de papás y mamás al respecto e identificar sus miedos y preocupaciones para resolvérselas. Estas encuestas les revelarán a las instituciones educativas y a las organizaciones de la sociedad civil un panorama más certero de cuál es realmente la posición de papás y mamás sobre la educación sexual.

Algunos papás y mamás dicen que solamente ellos deben educar a sus hijos en sexualidad y que si a ellos les parece que la diversidad sexual es pecado, deben transmitírselo a sus hijos. ¿Cómo actuar en este escenario?

Papás y mamás no pueden impedir que las instituciones educativas impartan una educación sexual integral. De ser así, los colegios estarían vulnerando derechos fundamentales que un Estado democrático debe garantizar.

En el caso colombiano niños, niñas y adolescentes tienen derecho a recibir una educación sexual, según lo establece la resolución 3353 de 1993: “Por la cual se establece la obligatoriedad de la educación sexual en todos los establecimientos educativos del país que ofrecen y desarrollan programas de preescolar, básica, media y media vocacional”.

Esta resolución pasó a ser la Ley General de Educación (115 de 1994) cuyo artículo 14 ratifica la obligación de la educación sexual impartida de acuerdo con las necesidades psíquicas, físicas y afectivas de los educandos.

A esto se suma que el artículo ocho del Código de la Infancia y la Adolescencia señala el interés superior de niños, niñas y adolescentes como “el imperativo que obliga a todas las personas a garantizar la satisfacción de todos sus derechos humanos, que son universales y prevalentes”.

Muchos de los argumentos para oponerse a una formación en diversidad sexual y de género son producto de un desconocimiento sobre sexualidad.

Es decir, las instituciones educativas no pueden apelar a la autonomía institucional o a lo que quieran papás y mamás, desconociendo los derechos de los menores. Aunque los colegios cuentan con soberanía deben ajustarse un marco legal. Por encima de la autonomía institucional y de las creencias de los papás, están los derechos de niños, niñas y adolescentes.

Además, en agosto de 2015 la Corte Constitucional de Colombia respondió mediante la sentencia T – 478 a la acción de tutela interpuesta por Alba Reyes, la mamá de Sergio Urrego, el joven que en 2014 se suicidó por el acoso que sufrió por parte de las directivas del colegio donde estudiaba. (Ver: “La muerte de Sergio Urrego nos deja muchas enseñanzas”).

En ese entonces, además de ordenar la revisión de los manuales de convivencia de todas las instituciones educativas del país, la Corte estableció que ni las directivas ni los docentes de las instituciones educativas pueden interferir en la orientación sexual e identidad de género de sus estudiantes porque son aspectos intrínsecos a las personas. (Ver: Lo que dejó el debate de los manuales de convivencia).

Algunos colegios se resisten a especificar en sus manuales de convivencia que rechazan cualquier violencia, incluida por motivos de orientación sexual, identidad y expresión de género. ¿Cómo manejar esto?

El 15 de marzo de 2013, el Congreso colombiano promulgó la Ley 1620: “por la cual se crea el sistema nacional de convivencia escolar y formación para el ejercicio de los derechos humanos, la educación para la sexualidad y la prevención y mitigación de la violencia escolar”. (Ver: Ley 1620, un marco legal que protege a todos los estudiantes).

Está claro que la sola promulgación de normativas como esta no va a llevar a que los colegios establezcan por escrito que rechazan cualquier violencia, incluida por motivos de orientación sexual, identidad y expresión de género. Pero es un primer paso para que sus directivas entiendan que las violencias tienen distintas formas y características y que aquellas por orientación sexual, identidad y expresión de género tienen sus especificidades. (Ver: Bullying escolar LGBT: más fuerte y dañino).

Cuando no se menciona que se prohíbe la violencia por orientación sexual, identidad y expresión de género, el tema queda invisible.

Acá suele pasar que alguien dice: “hay que condenar el bullying en general sin especificar”. Sin embargo, sí es importante mencionar de manera precisa el acoso escolar por orientación sexual, identidad y expresión de género porque socialmente es más aceptado molestar a un hombre afeminado o a una mujer masculina que a una persona con discapacidad. (Ver: Bullying homofóbico en el colegio: esta fue mi experiencia).

De igual manera, crecer en entornos que discriminan por orientación sexual, identidad y expresión de género, hace que los estudiantes que viven este bullying digan: “quienes me molestan tienen razón”, lo que en muchos casos implica negar quienes son, con las consecuencias que esto trae para la vida. (Ver: Bullying: ni inofensivo ni normal).

¿Qué deben implementar las instituciones educativas para disminuir el bullying por orientación sexual, identidad y expresión de género?

En contextos muy resistentes a la diversidad sexual y de género es mejor empezar a hablar de bullying en general. Las directivas de colegios y padres de familia más conservadores, no suelen oponerse a implementar herramientas para su prevención y manejo porque la mayoría coincide en que el bullying está mal. (Ver: El bullying por homofobia debe salir del clóset).

En últimas, la estrategia es la misma: promover la empatía o aprender a ponerse en los zapatos del otro y que los observadores no dejen pasar por alto las situaciones de discriminación. Es decir, que ni profesores ni directivas ni estudiantes se queden como testigos, sino que digan “eso no está bien” e intervengan para frenar la situación.

Se necesita desarrollar las mismas competencias para detener los distintos tipos de discriminación, aunque, claro está, el programa debe incluir la discriminación por orientación sexual, identidad y expresión de género. (Ver: El camino para decirle “no” al bullying por homofobia).

También es fundamental que las instituciones educativas establezcan protocolos sobre cómo prevenir y manejar estas situaciones. Asimismo, la escuela debe comunicar de manera clara y contundente que es una institución comprometida con la inclusión y la no discriminación de la diversidad sexual y de género. (Ver: 5 claves para entender el enredo de los manuales de convivencia).

La exclusión en la escuela es la base de la exclusión social, un hecho particularmente evidente con las personas trans.

Las investigaciones evidencian que los baños, las clases de educación física y los pasillos son los principales espacios donde ocurre este bullying. Para las personas trans también tiene que ver con el uso de uniformes y la elección del nombre. Esto ya da pistas importantes de acciones que pueden implementarse. (Ver: Bullying y homofobia en el colegio: hablamos mucho pero hacemos poco).

Los cambios culturales requieren tiempo. La buena noticia es que las nuevas generaciones son cada vez más abiertas -independiente de las creencias familiares- a la diversidad sexual y de género. Aún así, la inclusión es un terreno aún en disputa. Así lo demuestran los grupos conservadores que se oponen a la diversidad. En todo caso, la conclusión es clara: los derechos de los menores deben garantizarse. 

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Fuentes consultadas: Néstor Rodríguez, psicólogo uruguayo con énfasis en género; Christophe Cornu, líder de la sección de salud y educación de la división de paz y desarrollo sostenible de Unesco y José Fernando Mejía, director ejecutivo del programa Aulas en Paz.

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