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A pesar de la muerte de Sergio Urrego

La opinión de los/las lectores/as y colaboradores/as es personal y no compromete necesariamente la opinión de Sentiido ni de institución alguna.

El suicidio de Sergio Urrego ha destapado numerosas historias de discriminación por razones de orientación sexual e identidad de género. Una lectora de Sentiido comparte su experiencia reconociendo que, a pesar de todo, cada vez hay menos miedo a ser.

Por Yulieth Mora*

otros casos como el de Sergio Urrego
Tengo la plena seguridad de que estamos cambiando, de que cada vez tenemos menos miedo de decir lo que somos. Foto: alobos Life.

Quiero decirle a la familia de Sergio Urrego que yo también fui su hijo, aunque sea una mujer, tenga un nombre diferente y un par de años más. Yo, como Sergio, leí muchos libros para salirme de esta realidad, lloré noches sin que nadie me escuchara y escribí cartas que aún no entrego. Como él también, estuve al filo muy cerca del vacío y tuve la intención de lanzarme porque sufría sin remedio.

Yo también tuve profesores en el colegio y en la universidad que intentaban encajarme y orientar mi comportamiento a los “preceptos sociales y escolares”. Tampoco faltaron los compañeros homofóbicos que evitaban cualquier contacto en los pasillos y que hablaban con palabras asquerosas de esta humanidad que jamás quisieron conocer.

Como Sergio, planteé mis ideas y argumentos hasta el final. Cuando tuve valor, luché por ellos frente a las directivas y mis amigos. Muchas veces me decepcioné de la gente que me rodeaba, de aquellos que no defendieron su amor por ellos mismos y ocultaron su esencia detrás de la represión en forma de órdenes. Sin embargo, lo acepté y seguí mi camino.

El silencio me dañó por años, me redujo a vivir en una mentira que un día develé por insoportable. Me descubrí creando una historia irracional en la que no podía tapar el sol con un dedo y me enamoré con tanta fuerza como para decir la verdad, porque al final el propio amor es un salto al vacío.

Sentí miedo. Miedo de decir la verdad, miedo de que las personas que más amaba en el mundo me dieran su espalda. Miedo en la calle. Miedo con el secreto adentro mío. Miedo de morir y de que me mataran.

Como los padres de Sergio, los míos me acogieron con amor y respeto. Les costó trabajo y tiempo y me costó paciencia y charlas eternas. Me llenaron de fuerza cuando caí y me prometieron su amor irrenunciable que yo les correspondo. Y aunque todavía me encuentro con personas que no comprenden mi orientación sexual, tengo la gran esperanza de no dejarme caer al vacío.

Suicidarse no es una decisión fácil. El suicidio no lo practica un cobarde, pero vivir y luchar no es menos valeroso. Detenerse por un segundo en una decisión tan definitiva también tiene peso y hay que sentir orgullo de los que pudimos pasar de la idea del suicido y la corrección del mundo, al activismo más ferviente desde la casa y luego en las otras áreas de la vida.

Un activismo de libertad que no lastima, sino que construye. Uno que no es recalcitrante, sino respetuoso del que no piensa igual a nosotros.

A pesar de la muerte de Sergio, tengo la plena seguridad de que estamos cambiando, de que ya no tenemos tanto miedo de decir lo que somos, de que el desarrollo intelectual de este grupo de personas diversas tiene mucho que ver con ese cambio. Por primera vez en la historia, Colombia tiene dirigentes que aceptan con entereza y sin reparo que disfrutan de un amor no heterosexual.

Aún queda mucho, sí, pero las personas empiezan a comprender que somos más de los que creían, que no estamos “dañados”, ni “contaminados” y que este no es un asunto de fe, ni de medicamentos, ni de exterminios sino de amor y respeto.

*Periodista / @5texto

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