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Alanis Bello: no quiero ser un hombre ni una mujer

Género, diversidad sexual y cambio social.

Alanis Bello, docente e investigadora, es una persona trans no binaria o alguien que hace tránsitos permanentes que no necesariamente van de lo masculino a lo femenino. Sexta entrega #GéneroParaDummies de Sentiido.

Fotos y vídeo: @andresgofoto de @goteam.media

no quiero ser un hombre ni una mujer
Alanis Bello es socióloga, docente e investigadora.

Un día los papás de Alanis le regalaron un kit de herramientas para que “jugara como los hombres” (les parecía muy “mariquita”). Lo primero que Alanis hizo con el martillo y el destornillador fue ponerles pelo y hacerles ojos.

La respuesta de la escuela fue: el niño tiene un problema. “Y yo simplemente estaba jugando. ¿Cuál era el miedo? ¿Que el mundo fuera libre? ¿Que tengamos niños felices?”, se pregunta Alanis.

La psicóloga del colegio les sugirió a sus papás que la cambiaran del colegio masculino en el que estudiaba a uno mixto porque seguramente la cercanía con niñas le ayudaría a volverse “un hombre de verdad”. Así lo hicieron. Y Alanis llegó a hacerles trenzas a sus amigas. En el colegio, además, culparon a su mamá cuando Alanis cuestionó que la obligaran a ser masculina. “Lo está volviendo maricón”, le dijeron.

Durante mucho tiempo Alanis no entendía si era un hombre o una mujer a pesar de que la vestían como un niño y la obligaban a asumir comportamientos masculinos. Y no jugar fútbol y no practicar deportes rudos la convirtió en objeto de bullying. “Descubrir la palabra ‘marica’ fue muy duro porque desde muy temprano me di cuenta de que la forma en que la mayoría de personas LGBT experimentamos discriminaciones es por medio de las palabras”.

Más adelante, intentó identificarse con los modelos de identidad gay estilo Chapinero, pero se sintió excluida. “Yo vengo de una familia de clase popular”. Al entrar a la universidad y conocer otros contextos empezó a usar hormonas, pero tampoco se sentía una persona trans femenina.

Ahora se identifica como una persona trans no binaria o como alguien que hace tránsitos permanentes que no necesariamente van de lo masculino a lo femenino. “En mi cuerpo se reúnen las diferencias tanto de la masculinidad como de la feminidad y por eso no quiero cerrarlo a una sola categoría. No lo hago como un asunto académico ni necesariamente político, sino porque así lo siento”.

En parte, Alanis es maestra porque quiere hacer de la escuela un lugar de libertad. No haber podido decidir durante su infancia le hizo mucho daño y no tiene la menor duda de que los más afectados con los estereotipos de género son los niños y las niñas. “Los grupos conservadores los utilizan diciendo ‘defendemos a nuestros niños’, pero en realidad no defienden sus libertades sino la imposición de unas normas adultas”.

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Según Alanis, en una sociedad tan desigual como la colombiana, es muy importante hablar de género.

Sentiido: En 2016 renació el concepto “ideología de género”. Desde entonces, muchas personas evitan la palabra “género”. ¿Por qué cree que en algunos sectores existe ese miedo o rechazo por esta palabra?

Alanis Bello: Se trata de una estrategia global, no es algo exclusivo de Colombia, para frenar los avances feministas y LGBTI. El fantasma de la “ideología de género” es un revés de sectores conservadores y religiosos que perciben estos logros como una manera de socavar su privilegio para ordenar los cuerpos.

En cada país el discurso se ha acomodado a su contexto político. En Colombia, por ejemplo, les sirvió para asustar a quienes querían votar por el “sí” en el plebiscito de los acuerdos de paz, con el argumento de que “promoverían la homosexualidad de los niños y el fin de la familia”. Se trata de una fuerza que quiere atarnos al pasado, llevarnos de nuevo a esos roles “femeninos” y “masculinos” o donde las mujeres son vistas solamente como paridoras y las personas con otras sexualidades como enfermas.

“Estos sectores conservadores estudian las teorías de género para tergiversarlas e intentar paralizarnos en el siglo XIX”.

En realidad, la categoría “género” nos ha permitido hablar de las desigualdades de poder porque tiene un horizonte de justicia. Cuando hablamos de “género” nos referimos a sociedades más democráticas o donde todas las personas tengan las mismas oportunidades sin importar si son o no heterosexuales. El género nos ha permitido abrir una pequeña ventana a las personas trans: si no fuera por las luchas alrededor del género no podríamos ser visibles.

Muchas veces las personas no quieren hablar de “género” porque quieren eliminar la diferencia e imponer una dictadura heterosexual. Hablar de este tema incomoda porque ha sido una categoría fundamental para entender las violencias que han vivido las mujeres y las personas LGBT y que antes eran vistas como merecidas. De hecho, cuando hablamos de género, hablamos de solidarizarnos con el dolor ajeno. Es una categoría que nos abre posibilidades de justicia y que debe pensarse en diálogo porque no existe una sola forma de ser hombre o de ser mujer, eso depende de la clase social, de la atribución étnico racial, de la sexualidad…

“Hay que luchar contra todas las formas de opresión: sexismo, racismo, heterosexualidad obligatoria y capitalismo”.

Si una persona decide ir más allá de las normas binarias de género, la primera afectación que recibe es económica. Sin embargo, todos de alguna manera somos vulnerables y esa vulnerabilidad nos acerca: cuando una persona lucha por un mejor sistema de salud para las personas trans, está luchando por un mejor sistema para todas las personas sin importar cómo nos vemos. Cuando hablamos de niños LGBT hablamos del derecho de todos los niños a recibir una educación para la sexualidad laica y científica.

S: También hay un miedo profundo a cuestionar la feminidad y la masculinidad como asuntos biológicos. ¿Por qué?

A.B.: Los discursos que plantean algunos sectores conservadores de “es biología” para justificar sus argumentos, ya es un discurso cultural porque plantea una idea normativa de la biología. En ese bus naranja que circuló por varios países y que decía: “No te dejes engañar: las niñas tienen vagina y los niños pene” podemos inferir que esos sectores conservadores asumen que esa es la única biología que existe, pero esa forma de entender los cuerpos diezma la ciudadanía de quienes no encajan en esos moldes.

“Nuestros cuerpos y biologías son múltiples”.

Ahora, si se revisan los trabajos de las biólogas feministas se encuentra que el cuerpo es mucho más complejo del binario del que nos hablan. Nuestras biologías tienen caracteres masculinos y femeninos. Pero el tema acá es tratar de imponer una idea de “la biología”.

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Según Alanis, lo de la “ideología de género” evidencia un proyecto político conservador de fondo donde los más afectados son las niñas y los niños.

S: Es decir, ¿estos sectores conservadores ven la biología como algo estático para cerrar los debates con un “es así y punto”?

A.B.: Durante algún tiempo se habló de “mujeres biológicas” y de “mujeres trans” como si estas últimas no fueran también biológicas. Los movimientos de personas trans le apuestan a que comprendamos que nuestros cuerpos son plurales, que existen mujeres con pene, hombres con vagina, personas intersexuales y hombres femeninos y mujeres masculinas. Es ver las diferencias de nuestros cuerpos como parte de lo biológico.

S: A muchos sectores conservadores les molesta que se diga “no se nace hombre ni mujer”. ¿Cómo explicar esto?

A.B.: Algunos sectores conservadores asumen mal la idea de “no se nace hombre ni mujer sino se llega a serlo” porque creen que las personas nacen hombres y mujeres heterosexuales y punto. Les asusta pensar en otras posibilidades y les despierta terror aceptar que existen niños maricas y niñas lesbianas. Piensan que si es así es porque algo no está bien y está impidiendo “lo natural”.

Mi perspectiva pedagógica no es pretender que niños y niñas sean lesbianas, gais o trans porque eso sería repetir lo mismo que hizo la cultura heterosexual de imponernos ser hombres o mujeres heterosexuales. Por el contrario, debemos darles la oportunidad de vivir sin esas categorías.

S: ¿Las diferencias biológicas entre hombres y mujeres marcan características de unos y otras (entendiendo, por supuesto, que estas diferencias no deberían traducirse en desigualdades)?

A.B.: Sí marcan diferencias. No es lo mismo tener o no un útero. Nuestros organismos son diferentes pero la cultura ha hecho que nuestras diferencias biológicas se traduzcan en desigualdades. Durante mucho tiempo los comerciales de toallas higiénicas o medicamentos para disminuir el cólico menstrual, mostraban que las mujeres siempre deben estar felices, así no estén bien. ¡Claro que hay diferencias! Las mujeres trans, por ejemplo, no tienen las mismas experiencias de las mujeres cisgénero. Son cuerpos diferentes y esas diferencias deberían enriquecernos y no ser barreras limitantes.

Para las personas trans es importante hablar de nuestros cuerpos porque vivimos en un sistema médico que no los comprende, en un sistema educativo que no sabe cómo hablar de sexualidad con nosotros y con amantes que les da miedo meterse con una persona trans. Tenemos que romper esas fronteras y escucharnos y solidarizarnos.

De hecho, ¿por qué a lo largo de la historia se ha asumido que una persona que introduce su pene en una vagina tiene que casarse para toda la vida y comprar una casa y ojalá otras propiedades? ¿Por qué pensar que tener una relación sexual debe involucrar la tierra? Eso es raro. ¿Por qué no cuestionamos eso que se dice “normal” y por qué el hecho de que mi cuerpo tenga pene y tetas puede resultar tan dañino?

S: Algunas personas hablan de “sexo asignado al nacer”, pero quienes no son expertas en el tema, quedan perdidas. ¿Cómo explicar que el sexo sí fue asignado a pesar de que a quienes nacen con vagina se les llama “mujeres” y a quienes nacen con pene, “hombres”?

A.B.: Antes de que las personas nazcan, con base en los genitales que se ven en las ecografías, se les asignan identidades y futuros. La medicina se ha encargado de clasificar los cuerpos y de definir qué es normal y qué no. Sin embargo, hay comunidades indígenas que les asignaban el sexo a los niños con base en los sueños. Nosotros nos basamos solamente en los genitales que no definen ser masculino o femenina, esto depende de enseñarles a esos menores a portarse de una forma y no de otra: a ser delicada si eres niña y fuerte si eres niño. ¿Por qué esa clasificación? Para establecer jerarquías entre hombres y mujeres.

S: Muchas personas entienden el género como una categoría estática y no como un amplio espectro. ¿Cómo explicar esto?

A.B.: Tratar de construirme como Alanis es para mí estar al borde del borde. No me interesa pertenecer a ningún género. Quiero ser libre porque siento que esas casillas de “hombre”, “mujer”, “gay”, “trans” o lo que sea, nos limitan, nos hacen pensar que, obligatoriamente, así será para siempre. Mis tránsitos son de alianzas y de amores.

“Yo no construyo mi identidad para excluir sino para conectarme con la gente”.

A mí me funciona la política del afecto, del cuidado y de encontrarnos sin necesidad de acudir a una categoría para unirnos. Estoy de acuerdo en defender identidades como “LGBT” pero de manera estratégica. Por ejemplo, si atacan a una persona gay y hay una política LGBT, ¡usémosla! Si algunos sectores quieren eliminar la educación para la sexualidad, luchemos como personas LGBT para que esto no pase. Pero en mi vida cotidiana y en mis interacciones con el mundo, esas categorías me limitan.

no quiero ser un hombre ni una mujer
Alanis tiene una pareja que la entiende y que la apoya y eso le da fuerza porque es agotador estar peleando todo el tiempo. “A veces, simplemente, quisiera irme”, dice.

S: A mucha gente le causa ansiedad no poder identificar rápidamente si una persona es hombre y mujer y se codea y se pregunta entre sí “¿es hombre o mujer?”. ¿Cuál ha sido su experiencia al respecto?

A.B.: En mis trabajos yo exijo que me llamen Alanis porque es el nombre que yo elegí. Exijo que mi cuenta de correo y todos los documentos estén a ese nombre, así por ahora no quiera cambiar el nombre masculino que me otorgó mi familia. Sin embargo, un día, un ingeniero de sistemas me dijo que yo ponía en crisis el sistema porque estaba usando dos identidades. Yo le respondí que no estaba atentando contra nadie pero mucha gente nos ve como personas que ponemos en crisis a las instituciones.

Todos los fracasos de la humanidad son producto de pensar de manera binaria: “malos” y “buenos”, “negros” y “blancos”, “hombres” y “mujeres”, “heterosexuales” y “homosexuales”, lo que no permite otras pluralidades. Las personas que hacemos tránsitos tenemos que explicarnos todo el tiempo para poder sobrevivir. Somos máquinas pedagógicas con patas. Nos la pasamos explicando por qué no deben matarnos, por qué no deben clasificarnos, por qué no pueden jodernos. Es una situación tan desgastante que repercute en nuestra salud mental. Vivimos estresadas, con miedo de salir a la calle, de que nos peguen, nos maten, nos violen y no nos amen.

S: En muchas partes es evidente la diversidad étnica, expresión de género, creencias religiosas, etc., pero en países como Colombia, ¿se tiende a la homogeneidad al menos en la expresión de género?

A.B.: Yo no siento que en una ciudad como Bogotá haya homogeneidad. Hay personas migrantes y generaciones de familias negras o indígenas bogotanas. El asunto es que no hemos incorporado las diferencias que nos atraviesan. Hay muchos casos de hombres negros que solamente son vistos como máquinas sexuales u objetos de deseo pero no como personas que uno llevaría a su casa para presentarlas como su pareja.

Yo no utilizo la expresión “comunidad LGBT” porque no operamos como una comunidad sino como grupos sociales con luchas similares o que coincidimos en temas pero nuestras experiencias son múltiples. Así como hay hombres gais de izquierda hay otros de derecha. Mi sueño es hacer un sindicato de maestros y maestras raritos, lesbianas y trans porque no tenemos voz. Todo eso de la “ideología de género” afecta, por ejemplo, el derecho laboral de una maestra que se asuma lesbiana en un colegio.

S: ¿Por qué cree que a algunas personas les incomoda que una mujer se vea “masculina” y un hombre “femenino”?

A.B.: Existen los imaginarios de género. De las mujeres se espera docilidad, pasividad y delicadeza, mientras que de los hombres fuerza, razón y violencia. Y cuando una persona con vagina no cumple con esas expectativas de ser femenina y que le gusten los hombres, de inmediato entra la disciplina social a “normalizarla” porque piensan que pone en peligro la idea de “lo natural” o lo que debe ser.

Quienes nos salimos del mundo imaginario donde solamente existen hombres y mujeres, somos vistos como intrusos. En los museos, por ejemplo, solo se ve la historia heterosexual. Por eso acompañé a las mujeres trans de Chaparral (Tolima) en su apuesta de montar el museo travesti. Preservar el pasado de transgresiones de género y de sexualidad es una forma de incidir en el presente y en el futuro: hemos estado y seguiremos estando.

S: La presión social, las miradas y los agravios muchas veces impiden que una persona viva su género libremente. ¿Cómo ha sido su experiencia?

A.B.: En muchas películas se muestra que cuando una persona sale del clóset se libera, todo el mundo la acepta y es feliz para siempre. Para mí el clóset es como ese monstruo fantástico de la literatura griega que tenía mil cabezas: cuando uno piensa que ha salido del clóset, después viene otro y así sucesivamente. Salir a la calle con una determinada ropa a veces implica tener que ponerse chaquetas encima para no ser agredidos. Ese es justamente el privilegio heterosexual: poder ser en cualquier parte. Por eso no me gusta la metáfora del clóset: yo no salí del clóset sino que invité a mi mamá a que entrara en él y me hiciera compañía porque en el mundo no encuentro libertad.

S: ¿Qué implica en la cotidianidad ir más allá de “hombre” y “mujer” o “masculino” y “femenino”?

A.B.: Yo he aguantado ir al baño un día entero. En algunos trabajos en los que he estado, a pesar de que hay gente open mind, muchas veces evito entrar al baño porque me da pánico que si entro al de mujeres me vayan a sacar y si lo hago al de hombres me hagan sentir mal. También he tenido que optar por esconderme y por salir a la calle con mil chaquetas porque siento terror.

“He tenido que luchar con no suicidarme y con sentir que somos cuerpos para odiar”.

También pasa que a veces la gente no me cree. Si yo digo algo, la respuesta puede ser: “¡ah! Pero lo dice esa loca”. O me encasillan. En mi rol como maestra donde tengo experiencia como investigadora en temas de sociología del trabajo y memoria histórica, siempre me invitan a hablar de género como si solamente pudiera abordar este tema. Es lo mismo que cuando encasillan a las personas negras a hablar solamente de racismo.

S: Cuando se acerca la marcha LGBTI es frecuente leer o escuchar frases como “hay que asistir bien presentados” o “cómo vamos a exigir igualdad si salen como unas locas”. ¿A qué le atribuye esto?

A.B.: La marcha es un espacio interesante de hacer presencia en la ciudad, pero muchas veces está cooptada por los bares. Es cierto que es un espacio de fiesta y de diversión pero los bares tienen allí un amplio espacio y eso crea una desconexión frente al mensaje político que busca transmitir. También es cierto que hay quienes se quejan de que algunas mujeres trans muestren sus tetas porque consideran que eso no es aceptable, como si la única manera de obtener derechos fuera apelando a la moralidad. El mensaje es que según como una persona se comporte se garantiza sus derechos. Una mujer trans fumándose un porro y mostrando sus tetas es vulgar porque se piensa que solamente somos ciudadanos si cumplimos con las normas morales impuestas por la sociedad.

Entonces, será mejor mostrar un gay masculino, con una pareja similar, que no ponga en tensión a la sociedad heterosexual. Pero todas las personas tenemos derechos. Y lo que hacen las mujeres trans es mostrar el orgullo de un cuerpo: transitar en su cuerpo es lo único que este mundo les ha permitido.

S: Muchas veces a las personas trans se les exige “cuestionar el género” o ir más allá de lo femenino y de lo masculino casi como si esa fuera su misión en la vida. ¿Qué opina?

A.B.: Las personas trans aprendemos el género en la misma sociedad que el resto. No tenemos otros parámetros para aprender del tema. Algunas mujeres trans, por ejemplo, pelean entre sí por un hombre. Entonces, es complejo pedirles que sean “las revolucionarias de las identidades de género”. Liberarnos de los estereotipos de género no es una tarea exclusiva de las personas trans sino de todas porque a todas nos oprimen.

“Lo trans no es una identidad salvadora, también tiene  cuestionamientos”.

Para mi la categoría trans no es estable. Nos permite ir y venir, construir el cuerpo de manera autónoma y luchar contra la imposición de unos géneros. Pero, por supuesto, nuestras experiencias de vida no son iguales: hay personas trans que están en la calle y otras que han pasado por la universidad.

S: ¿Cómo empezó a cuestionar categorías como “masculinidad” y “feminidad”?

A.B.: Las desigualdades creadas entre hombres y mujeres empiezan a ser cuestionadas desde los años 60 y 70 con los feminismos de segunda ola que acuden a la categoría “género” para evidenciar la posición subordinada que tienen las mujeres y quienes se salen de tener que ser un hombre o una mujer. Esta es una categoría que ha mutado con el tiempo y que dependiendo de los contextos tiene su propio significado.

¿Por qué las tareas de las mujeres y las de los hombres son diferentes?

En los últimos años las personas diversas sexualmente se han apropiado de la categoría “género” para cuestionar esa división arbitraria que hace la cultura de los cuerpos y la obligación de tener que ser hombres masculinos y mujeres femeninas. No existe una base biológica, natural, verdadera o como quiera llamarse que haga que los cuerpos sean masculinos o femeninos. Estas son formas culturales de existir que se aprenden en las casas, en las escuelas o en el espacio público. Todo está codificado en ser un hombre o una mujer sin permitir una autonomía para decidir.

S: ¿Qué implica vivir en la cotidianidad, cuando uno intenta ir más allá de ser “hombre” o “mujer” o “masculino” o “femenino”?

A.B.: Desafiar las normas de ser hombre o de ser mujer en una sociedad como la bogotana implica cerrarse puertas, que el cuerpo sea un objeto sospechoso y que muchas veces no nos traten como seres humanos. Identificarme como una persona trans no binaria me ha representado rechazo, invisibilidad, falta de credibilidad, que las personas no me tomen en serio, que muchas veces no se respete mi identidad y que constantemente tenga que andar explicando quien soy.

Muchas veces lo hago a manera pedagógica pero hay momentos en los que siento que esto se convierte en una tarea fastidiosa y compleja porque es como si tuviera que pedirles permiso a las personas para existir. Eso no lo viven otros. En mi caso, también ocupo esa posición privilegiada de contar con títulos académicos y de ser docente e investigadora, oportunidades que otras personas trans no tienen. Un escritor argentino brasilero Néstor Perlongher (1949 – 1992) decía: “no queremos que nos discriminen ni que nos maten. Lo que realmente queremos es que nos deseen”.

S: ¿Cómo cree que se podría superar esa educación donde solo existe una forma de ser hombre y una de ser mujer?

A.B.: Ese tema ha sido parte de mi interés académico en los últimos años. He estado explorando algo que denomino “transpedagogía” o cómo los maestros y maestras podemos contribuir a desmontar los roles de género que se imponen desde temprana edad. Me parece que crear una pedagogía que atienda el deseo, el cuerpo y que cuestione cualquier imposición de normas, sea de género, raza, clase o sexualidad, contribuye a hacer transformaciones no solamente en el aula sino en la sociedad. ¿Por qué, por ejemplo, tenemos que imponerles a niños y a niñas que hagan filas separados, a que utilicen uniformes diferenciados por sexo o a que entren a un baño y no a otro?

“Cuando lo otro no se menciona y no se hace visible, se mata”.

Mi tarea como maestra es plantear la posibilidad de construir el propio cuerpo y de explorar otras formas de ver el mundo. No se trata solamente de hablar de que existen personas LGBT, sino todo lo contrario: que las personas tengan un espectro amplio para construir su propio deseo para mutar, transitar y cambiar. La pedagogía trans aboga por la posibilidad de encontrarnos con “lo otro”, no para verlo como algo raro o diferente, sino como parte de mi cotidianidad. En mi aula de clase yo incomodo a la gente, porque cuando una persona no siente la incomodidad que se vive al tener una identidad estigmatizada, muchas veces no es capaz de sentir empatía frente a ese dolor.

“No podemos seguir pensando la sexualidad y el género como algo desconectado de otras luchas”.

No podemos seguir pensando que es hacia unos pocos niños raros en el colegio que deben enfocarse las acciones pedagógicas. Tenemos que aprender a construir diálogos a través de las diferencias e ir eliminando esas normas que nos hacen daño no solamente a las personas no binarias y LGBT sino a todas. Para crear cambios tenemos que empezar por cada uno: desde ahí se produce el cambio estructural.

S: ¿Cómo explicarles a quienes dicen “las mujeres son por naturaleza delicadas y femeninas” y los “hombres protectores y proveedores” que no es así?

A.B.: Hay que abordar el tema con contundencia para crear un cambio de conciencia. Yo lo he vivido con mi mamá en un proceso de enseñarle que no quiero ser un hombre ni una mujer. Al principio, ella me decía: “¿entonces usted no quiere ser nada?”. He hecho este proceso pedagógico con amor y enseñando a vivir en libertad. La tarea de quienes estamos comprometidos con un cambio es mostrando que estamos orgullosos de nuestros cuerpos, deseos y formas de entender el mundo. La inteligencia está en la apertura al conocimiento, a la posibilidad del cambio y a no quedarnos en un punto.

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