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Bullying homofóbico en el colegio: esta fue mi experiencia

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No es fácil que en clase y en el recreo nos griten “marica” o “ahí va la loca”. Me tomó tiempo sanar tanto dolor acumulado. Hoy animo a quienes viven experiencias similares a no callar y a que sepan que hay un montón de maricas dispuestos a apoyar y a abrazar a quienes lo necesiten.

Por Óscar Julián Benavides Marín*

Bullying homofóbico
“Hay muchas formas de sanarse. A quienes viven o han vivido experiencias similares les animo a que cuenten sus historias, a no callar y a levantar su voz”.

Una y otra vez mi madre me dijo: “las palabras tienen poder”. Ahora, casi terminando mis estudios universitarios, siento la fuerza que esa frase adquiere en mi cotidianidad. Mido con atención lo que voy a decir y pienso con cautela antes de hablar porque sé que muchas palabras pueden herir o hacer daño.

No es fácil sentirse en una posición de debilidad o estar en un enfrentamiento que desde el comienzo uno percibe perdido. La impotencia, la frustración y la rabia recorren el cuerpo. Es entonces cuando uno se dice que debería ser más fuerte y más rápido para devolver la agresión de la misma manera. (Ver: Camilo Colmenares: la música me salvó la vida).

Así me sentía yo y así se sienten muchos/as estudiantes cuando sus pares, en medio de una clase o en el recreo, les gritan “marica”, “puto” o “ahí va la loca” o cuando se ríen de la forma en que caminamos, hablamos o nos peinamos. (Ver: El bullying por homofobia debe salir del clóset).

Hace unos meses asistí a una cita con una psicóloga de la EPS (Entidad Promotora de Salud) a la que estoy afiliado. El momento de la charla que más me llamó la atención fue cuando ella me preguntó si en el colegio había sufrido matoneo. (Ver: Bullying y homofobia en el colegio: hablamos mucho pero hacemos poco).

Tardé algún momento en responder y ante mi silencio la psicóloga sonrió y dijo: “en ese tiempo eso no existía”. Mi respuesta fue “¡claro que sí!”. Algunas personas consideran que el bullying es reciente solo porque hoy se habla más al respecto, pero el maltrato a los estudiantes por prejuicios ha existido desde siempre.

Yo me gradué en 2007 y fui víctima de esta clase de violencia. Cuando estaba en séptimo grado y aún no aceptaba mi orientación sexual, recuerdo que durante una charla en el salón, uno de mis compañeros me dijo: “oye, ¿por qué no sales del clóset como lo hizo Burbujita el de Gran Hermano?”. Se refería a uno de los participantes de ese reality que hablaba abiertamente de su homosexualidad.

Muchas veces tuve que esforzarme por “mejorar” la forma en que caminaba porque según mis compañeros la mía era de “maricas”.

Para empezar, nadie está obligado a salir del clóset y nadie debería presionarnos para esto, mucho menos cuando ni siquiera lo tenemos claro, estudiamos en colegios religiosos homofóbicos y no tenemos el apoyo de al menos un adulto. (Ver: Bullying escolar LGBT: más fuerte y dañino).

Recuerdo una vez en la que yo hablaba en mi casa de lo que vivía en el colegio y la respuesta de mi papá fue: “eso te pasa por consentido”. Por poco me dice “¡eso te pasa por no ser todo un varón!”. Entonces, ¿a quién le iba a contar lo que vivía? ¿En quién me iba a refugiar?

Al año siguiente, en el colegio realizaron un ejercicio en grupo. Se trataba de entregarle a otro compañero un regalo -un marcador- que representaba un valor o una cualidad. El ejercicio era muy sencillo pero implicaba una profunda carga emotiva. Mientras el objeto se entregaba, se decía el valor que representaba y se explicaba la razón por la que elegíamos a un determinado compañero.

Yo recuerdo que uno de los chicos más divertidos del salón me entregó el marcador diciendo que me elegía porque aunque ellos me molestaban mucho, yo nunca les respondía. “Siempre fui un buen tipo con ellos”, dijo.

Yo no les respondí por miedo. ¿Qué podía decir? ¡Sí, soy homosexual! Si ni siquiera yo mismo me aceptaba.

En ese momento solo tenía rabia conmigo mismo por no ser capaz de responder a sus insultos. Uno de los peores fue un apodo que me puso un chico llamado Sebastián. Por mi apellido Benavides me decía: “Benacho, el del culo ancho”. (Ver: Bullying: ni inofensivo ni normal).

Sabrá Dios si realmente así lo tenía, lo que sí sé es que ahora llevo ese sobrenombre, Benacho, con orgullo. Me recuerda que soy más fuerte que quienes acostumbran señalar y discriminar. Me encanta ser “Juli Benacho”.

Hoy tengo muy claro que si las risas son producto de burlas o insultos, no son divertidas y que si te señalan para humillarte y sacarte lágrimas, no son simples “juegos de niños”. Y si hieren, son más que palabras sueltas.

A veces el daño es tan profundo que las personas piensan en escapar. Piensan en la muerte.

Muchas personas dirán que el bullying no es grave, que todos/as en algún momento lo vivimos. Yo tuve que ir a terapia psicológica y ahí frente a mi terapeuta, en medio de lágrimas, por primera vez pude decir: “sí, soy gay”.

Más adelante tuve la oportunidad de salir del país, de vivir fuera de Colombia, de conocer a otras personas y de decirles a muchas de ellas lo que soy. Pude bailar y sanar tanto dolor acumulado. Mucha gente no tiene esa posibilidad o esta llega tarde.

Si el manual de convivencia de un colegio prohíbe la homosexualidad, la consecuencia es que se arrinconará a muchos/as de sus estudiantes y les impedirán ser quienes son. (Ver: El camino para decirle “no” al bullying por homofobia).

Hay muchas formas de sanarse. Les animo a que cuenten sus historias, a no callar, a levantar su voz y a que sepan que hay un montón de maricas dispuestos a abrazar a quienes lo necesiten en los momentos más duros, en aquellos en los que ni entiendes por qué te pasa esto. Esta es mi historia y les aseguro que con el tiempo, todo mejora.

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*Estudiante de Administración Pública en la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP). Email: julianmarin51@gmail.com

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