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De iglesias y otros demonios

Coordinadora de proyectos en Sentiido. Doctora en Lenguas y Literaturas Romances (Universidad de California, Berkeley). Profesora de Género y Sexualidad y Literatura Latinoamericana en American University (Washington DC).
El escándalo de María Luisa Piraquive y su iglesia ha permitido que los medios reproduzcan la idea de que todas las iglesias cristianas son corruptas y se aprovechan de sus feligreses.
cómo saber si las iglesias cristianas son corruptas
Este es uno de los titulares que da a entender que es un común denominador que las iglesias cristianas están involucradas en problemas legales.

En la Nota al pie de SentiidoLa ‘polémica’ manera de titular“, se puso sobre el tapete cómo la manera en la que los medios de comunicación titulan sus artículos afianza estereotipos, condona comportamientos e incluso predispone la anti-sim-patía de los lectores y su des-aprobación.

El domingo 26 de enero se pudo ver otro interesante caso en la edición online del periódico El Espectador. Allí hay dos artículos sobre iglesias en Colombia.

El primero, titulado “Escándalos que han salpicado a las iglesias evangélicas en Colombia” habla de su rápido crecimiento y condena los abusos asociados a éstas:

“Estafas, abuso sexual e incluso nexos con el paramilitarismo son algunas de las actividades non sanctas en las que han incurrido algunos pastores que, abusando del nombre de Dios, han pasado de pastores a ovejas negras.”

Si bien estas acusaciones son de gran seriedad y deben ser investigadas, el artículo asume un tono efectista, casi teatral, para narrar sus denuncias. Subtítulos como “de pastores a lobos”, “los pastores de Costa Rica” (que no son una banda criminal constituida por pastores, sino por criminales que se hacen pasar por pastores) y “de diezmos y pirámides” crean la idea de que las iglesias evangélicas son instituciones corruptas y peligrosas que manipulan y se aprovechan de sus feligreses.

En este orden de ideas, una de las principales preocupaciones del artículo es la expansión que estas instituciones han tenido en los último años. Se mencionan cifras que dan cuenta de este crecimiento y se resalta la incapacidad del gobierno colombiano para detener la ironía trágica que esta supuesta “plaga” representa para nuestra sociedad, aparentemente demasiado dispuesta a la fe.

El artículo prosigue entonces a culpar de este alarmante panorama a la Constitución del 91 a través de las anónimas palabras de un “vehemente funcionario público”:

“El Ministerio no puede hacer nada más. No puede inmiscuirse en los entresijos de la congregación debido a que si lo hace puede estar violando la libertad de cultos, establecida por la Constitución de 1991. ‘Ojalá se pudiera’, señala vehemente un funcionario consultado por este diario.” 

Iglesia católica vs. “el resto”

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Estoy de acuerdo con la gran mayoría de estos puntos, y me parece bien que ante violaciones y crímenes las autoridades y los medios de comunicación denuncien e investiguen.

Sin embargo, es notable la diferencia de tono al hablar de la Iglesia católica sólo un par de artículos más abajo.

Si por un lado se subraya la discriminación que iglesias como la ya célebre Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional cometen en contra de personas con discapacidades —que sin lugar a dudas son inaceptables y deben convertirse en motivo de rechazo y debate nacional—, se pasa por alto el hecho de que al menos en muchas iglesias evangélicas no se discrimina desde sus posiciones jerárquicas a la mitad de la población mundial: las mujeres.

Este es precisamente el ángulo que el otro artículo aborda y al que se le da un título benévolo y engañoso, con ínfulas reformistas: “Papa Francisco desea mayor participación de la mujer en la Iglesia”.

Pero basta leer el cabezote o las primeras líneas para darse cuenta de que esto no es lo que el Papa Francisco desea. Lo que el Papa Francisco desea es lo mismo que han deseado casi todos los papas en el pasado: la mayor participación de la mujer en el hogar.

Pese al título, lo que el Papa hace en sus declaraciones es reforzar la tradicional y excluyente idea que la “contribución vital de las mujeres en la sociedad, [es] su sensibilidad e intuición hacia el otro, los débiles y los indefensos”.

El artículo, y el Papa, continúan:

“Las cualidades de delicadeza, peculiar sensibilidad y ternura, de las cuales es rica el alma femenina, representan no sólo una fuerza real para las vidas de las familias, sino una realidad sin la que la vocación humana sería irrealizable”, mantuvo el Pontífice.
Si el mundo del trabajo y en la esfera pública es importante, la contribución más incisiva del genio femenino (…), la presencia de la mujer en el hogar, resulta más necesaria que nunca, para su transmisión a las futuras generaciones de sólidos principios morales y para la misma transmisión de la fe”.

Sé que el Papa tiene derecho, y que es su trabajo, defender la posición que la iglesia ha tenido, y continúa teniendo, sobre el rol de las mujeres en la sociedad. No veo nada de extraordinario en que, una vez más, el máximo pontífice asegure que la mujer es naturalmente menos racional, más sensible y “tierna”, y que en consecuencia su papel principal debe seguir siendo cuidar a los niños, hombres, ancianos e indefensos, y no luchar por su realización personal y profesional.

¿Cuál es la “mejor”?

Lo que me llama la atención es la diferencia de tono entre los dos artículos. Si las iglesias evangélicas se presentan como una “amenaza” para el país y son tratadas como instituciones que están “fueran de control”, la Iglesia católica es vista como un ente reformador aún al retirar una de las posiciones más anacrónicas y discriminatorias de la historia: que las mujeres tienen por naturaleza una posición subordinada dentro de la sociedad.

Más aún, nada se dice de los numerosos y recientes escándalos de la iglesia liderada por Francisco. Nada se dice de los abusos sexuales, las corrupción del banco del Vaticano, los vínculos de muchos sacerdotes católicos en Colombia y el mundo con actividades tan “pecaminosas” y graves como las que se acusa a los pastores evangelistas.

Entiendo que estoy hablando de dos artículos diferentes. Pero los medios de comunicación tienen una responsabilidad también con su criterio editorial. Si en la primera página de su edición del domingo se contraponen dos artículos que hablan de maneras muy diferentes de, por una parte, la Iglesia católica, y, por otra, “todas las demás”, se produce una peligrosa falacia: que la libertad de culto, vital para toda democracia, es un peligro abierto por la constitución del 91.

El contraste entre ambos textos sugiere que las “nuevas iglesias” contribuyen al declive moral del país, y usurpan el lugar, los feligreses y hasta los bienes de la Iglesia Católica, que en contraposición es vista como una institución seria, que no presenta un problema para el país, y que actualmente es liderada por un hombre excepcional y modernizador, aún cuando repite las anacrónicas arengas de sus antecesores.

El contraste en la manera en las que las diferentes denominaciones religiosas son tratadas por el periódico hace olvidar que, al menos en Colombia, ha sido y sigue siendo la Iglesia Católica una de las instituciones que históricamente más ha impedido la transición del país hacia un estado democrático moderno y ha causado y promovido discriminación y violencia sexual y física.

Finalmente, también ha sido una de las que más ha justificado las inicuas desigualdades sociales protegiendo sus intereses y los de la clase dominante por sobre los de sus feligreses a quienes predica paciencia y resignación.

Cosas aparentemente tan inofensivas como el contraste de tono y la posición de dos artículos en una edición dominguera alimentan nuestros prejuicios sobre mujeres, personas con discapacidad e iglesias.

Esto nos hace menos democráticos y corre el peligro de regresarnos al “ojalá se pudiera” del “vehemente funcionario público” citado en el artículo anterior. Ese “Ojalá se pudiera” volver a los viejos y buenos tiempos en que iglesia era una palabra siempre dicha en singular y con mayúscula.

Ese “ojalá se pudiera” regresar a los tiempos gloriosos en los que no se gastaba tanto tiempo ni tinta discutiendo “inmoralidades” como el divorcio, los derechos de los hijos nacidos fuera del matrimonio, la anticoncepción, el aborto, el matrimonio diverso, y un largo, larguísimo, etcétera.

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