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Comunidad cristiana: la misericordia debe estar en cada uno de nuestros pasos

La coalición “Religiones, Creencias y Espiritualidades en Diálogo con la Sociedad Civil” reúne a comunidades religiosas, instituciones y organizaciones basadas en la fe (OBF) para la conformación de un espacio de diálogo y acción comprometido con la inclusión y los derechos humanos. Promueve la sensibilización y formación sobre la pluralidad de visiones del campo religioso, a través del acompañamiento e incidencia política en América Latina en alianza con organizaciones civiles, movimientos sociales y espacios religiosos.

Muchas de nuestras iglesias están transitando por una crisis de paradigmas, actuando con frecuencia desde líneas ofensivas y defensivas con sus pares y con otras creencias religiosas.

Por: Cecilia Castillo Nanjarí*

Comunidad cristiana: la misericordia debe estar en cada uno de nuestros pasos
Ser cristianos se nos ha tornado en un lugar cómodo. Ya no somos agentes de cambio, gozamos de privilegios en medio de corrupciones.

En los últimos años los diversos fundamentalismos religiosos han aumentado y se han fortalecido a expensas de las flaquezas e incongruencias que tenemos como movimiento ecuménico (aquel que promueve la unidad entre las iglesias cristianas). Se han beneficiado y empoderado a través de nuestras divisiones y pugnas por el poder. (Ver: Estrategias de los discursos religiosos que discriminan).

A lo anterior se suma que como personas cristianas con vocación ecuménica no tenemos plena conciencia –o no queremos darnos cuenta– de que la mayoría de nuestras iglesias está transitando por una crisis de paradigmas, actuando constantemente desde líneas ofensivas y defensivas con sus propios pares y con otras espiritualidades y creencias religiosas.

“Las crisis siempre existirán. son oportunidades para crecer, pero saber transitarlas hace la diferencia”.

Las crisis en nuestras comunidades de fe ameritan vivirlas de manera saludable y trabajar en los conflictos con respeto y ética, algo que no está sucediendo. Mientras más comunicados estamos a través de las redes sociales, más distantes nos encontramos de lo esencial que implica ser parte de la comunidad cristiana universal, una red que acoge y acompaña. (Ver: Se necesita un diálogo entre cristianismo y derechos humanos).

Hace algunos meses un grupo de mujeres católicas –claretianas– me invitó a realizar un taller de Biblia sobre profetisas del Antiguo Testamento con una mirada ecuménica.

Me dispuse a preparar el encuentro y me imaginé en una mesa acompañada de mujeres del norte, del centro y del sur de Chile, cada una con sus respectivos contextos. Me lo imaginé como una celebración de la vida, una experiencia donde la acogida era mutua y trascendía los credos y las doctrinas que tantas veces nos separan de nuestra identidad en común: ser mujeres.

Compartir lo que nos une

La fuerza inspiradora y creadora nos daba la oportunidad de que una pequeña parte de la Iglesia reunida a través de este grupo de mujeres católicas –y yo, pentecostal– compartiera saberes, vida, pan y Biblia.

Posiblemente, estas mujeres católicas no se imaginaron que yo, pentecostal, compartiría con ellas la Biblia desde ese lugar tan maltratado y violentado por siglos: nuestros cuerpos de mujeres.

“Compartimos aprendizajes desde nuestras tradiciones religiosas pero, especialmente, desde nuestras vidas de mujeres”.

Fue una bella experiencia que comenzó con el cálido recibimiento alrededor de una taza de té, de sonrisas y de recordar nuestros orígenes e identidades como mujeres cristianas. También compartimos nuestras preocupaciones y desafíos como parte de la Iglesia cristiana chilena y latinoamericana. Y recordamos a otras mujeres de antaño, las de la Biblia, con sus temores, aciertos y desazones.

Soy pentecostal de cuarta generación en Chile, lo que no ha sido una experiencia fácil. Mis bisabuelos paternos, quienes eran pentecostales, quizás verían con asombro que su bisnieta trabaja con el mundo católico desde los 18 años, algo que ellos no vivieron debido a la hostilidad mutua que reinaba en Chile a principios del siglo XX entre la tradición católica apostólica y romana y el movimiento pentecostal.

He podido vivir en el mismo seno familiar lo que significa el día a día de una caminata ecuménica, a veces incomprendida, debido a que mis raíces cristianas por parte materna son católicas.

La convivencia entre hermanos y hermanas cristianas nunca ha sido fácil. Con mayor razón las experiencias de un ecumenismo donde las diversas espiritualidades y religiones comparten alrededor de una mesa.

Una práctica genuina

Aun así, hay experiencias que resaltamos. En épocas difíciles chilenas, ser de la tradición protestante y pentecostal significó ser una persona comprometida con el evangelio de Jesús y con una práctica genuina y activa por la defensa de la dignidad humana, lo que implicaba un tremendo riesgo en la dictadura militar en la que se vivía.

Además, exigía un compromiso social activo, realizado por estas comunidades de fe en conjunto con las eclesiales de base de la Iglesia católica: sentirse parte de la comunidad cristiana no era una opción sino una vocación y un mandato.

“El cuidado por las otras personas debe estar presente en una comunidad cristiana, así como no obstaculizar el camino de quienes están en situación de vulnerabilidad”.

La misericordia debe estar presente en cada paso que damos. Ser cristianos se nos ha tornado en un lugar cómodo. Ya no somos agentes de cambio, gozamos de privilegios en medio de corrupciones.

Es allí, justamente, donde cobra nuevamente sentido la palabra del evangelio de Jesús, con la mirada puesta en los ojos de nuestras hermanas y hermanos: “Yo he venido para anunciar la buena noticia a los pobres, a predicar el año agradable”.

El camino es árido. Parece una ironía justamente en el contexto de celebración de los 500 años de la Reforma Protestante. Puede ser una llamada de atención para revisar nuestras malas prácticas ecuménicas que se encuentran anquilosadas en la ley del más fuerte y en el “patriarcalismo ecuménico”.

Se cumplen 40 años de la convocatoria de Oaxtepec (México, 1978) que daría a luz al Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI). ¿Cómo estamos 40 años después? ¿Qué acciones son necesarias hoy frente a los desafíos de la realidad ecuménica en el continente?

Parte de la respuesta está en la sororidad (o en la solidaridad o hermandad entre mujeres) y en la acción movilizadora para transformar lo que atenta contra la dignidad humana. La sororidad implica amar y cuidar la caminata de la oikoumene (la tierra habitada): reunida y cuidada. (Ver: Es feminismo: no humanismo ni “igualismo”).

“El ecumenismo es un verbo, se hace acción cada día a través de la praxis humana”.

¿Qué significa para mí ser parte de la iglesia mundial? Una experiencia ecuménica y de género que se enriquecen mutuamente. Una experiencia de vida y de fe que se unen en aprendizajes.

Una experiencia del pan compartido en una comunidad de pares. Una experiencia que trasciende barreras ideológicas, económicas y políticas. Una experiencia amable y de cuidado de la caminata ecuménica.

Para mí también significa atesorar las vivencias de cada minuto compartido con mujeres, acoger la sabiduría de las africanas en su lucha diaria por la vida, contemplar lo divino junto a las asiáticas y escudriñar la trayectoria de las europeas en su lucha por la dignidad humana. ¡Así sea!

En palabras de la poeta y música argentina María Elena Walsh: “Porque el camino es árido y desalienta. Porque tenemos miedo de andar a tientas. Porque esperando a solas poco se alcanza. Valen más dos temores que una esperanza. Dame la mano y vamos ya, dame la mano y vamos ya”.

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* Teóloga, licenciada en leyes y magister en teología e historia. Integrante del Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI).

1 Comentario

  1. La vaga idea de que Dios es demasiado amable para castigar a los impios se ha covertido en opio mortal para la conciencia de millones -A.W Tozer

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