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Cristina Rodríguez: mujer orgullosamente trans

Género, diversidad sexual y cambio social.

La comunicadora, fotógrafa y activista Cristina Rodríguez Romero comparte con Sentiido sus experiencias personales y profesionales como mujer trans en Colombia. Nos recuerda que todas las personas necesitamos un lugar en el mundo: un lugar de enunciación.

Por Andrea Domínguez*

mujer orgullosamente trans
Cristina Rodríguez Romero es comunicadora social y periodista, activista por los derechos humanos, fotógrafa y mujer. Mujer orgullosamente trans. Ilustración: Rowena Neme para Sentiido.

Hija consentida, hermana compinche, tía amorosa. Amante de los gatos. Comunicadora social y periodista. Activista por los derechos humanos. Fotógrafa. Mujer. Mujer orgullosamente trans. (Ver: Orgullosamente trans)

Cristina Rodríguez no pasa desapercibida. No quiere hacerlo. Su presencia y sus ideas se toman los espacios físicos o virtuales que ella visita. Es provocadora por gusto y por decisión: “que siempre se me note lo trans”, suele decir. (Ver: A mí sí se me nota).

Que “se le note” es su forma de celebrar su identidad y de inspirar a otras personas a sentirse orgullosas de lo que son, pero es también un mensaje a una sociedad que no está acostumbrada a compartir en el supermercado, en la oficina, en el transporte público o en la universidad con una persona trans. (Ver: Diferentes formas de ser trans).

Ser y parecer trans también es una postura política que Cristina ha asumido, a pesar de los riesgos que esto implica en una sociedad conservadora y violenta como la nuestra. “Cuando tú eres una persona visiblemente trans, irrumpes en la cotidianidad de la gente cuando caminas por un lugar o habitas un espacio. Para ti eso ya es gigantesco, porque lo que trae tu presencia en esas calles y espacios es un cambio de chip”.

“La gente no está muy acostumbrada a ver personas trans en su cotidianidad y el hecho de que empiecen a vernos haciendo lo mismo que cualquier otro ser humano, ayuda a desmitificar lo trans”.

Ese activismo que se ha dado de una forma natural es el que esta quindiana de 26 años ha ejercido en su entorno, primero como estudiante de comunicación social -época durante la cual inició su tránsito- y luego como profesional al servicio de los derechos humanos.

Más recientemente, su trabajo le ha dado la oportunidad de ejercer un activismo institucional. Actualmente Cristina trabaja como coordinadora del programa LBTI del Fondo Lunaria Mujer, una organización feminista dedicada a apoyar iniciativas de mujeres en Colombia.

Otra gran pasión que va de la mano con su trabajo es la fotografía, que comparte en sus redes sociales. “Amo la fotografía, me gusta retratar a mis amigos y mis momentos, registrar lo que está a mi alrededor así sea sólo para compartirlas en mis redes”.

“Soy una persona muy visual, para mí la estética es importante y es algo que trato de aplicar en todo, desde mi trabajo, hasta en mi maquillaje y mis redes”.

Y sí. Basta asomarse a alguna de sus redes sociales para ver sus fotografías retratadas bajo una mirada profunda y amorosa y ver la belleza capturada hasta en escenas aparentemente desprovistas de encanto. De hecho, esta pasión fue el motivo de su primer empleo como docente, pues dictó clases a estudiantes de comunicación social sobre el uso de redes sociales, entre ellos la composición visual de las mismas. “Fue una experiencia muy bonita, para mí, para ellos y para mis colegas, pues no es usual tener una profesora trans en el ambiente estudiantil”, agrega.

“Cuando tú transitas, tu entorno transita”

Pero para lograr romper con los estereotipos de lo que puede o no hacer una mujer trans en una sociedad que tiende a fetichizarlas, fueron necesarias varias condiciones. La primera -reconoce Cristina- fue el apoyo y amor incondicionales que recibió de sus padres en el marco de una familia convencional en su natal Armenia, donde creció y vivió hasta hace poco más de un año cuando su trabajo la llevó a mudarse a Bogotá antes de que empezara la pandemia. (Ver: Cuando nos volvamos a encontrar).

Mi papá es un hombre mayor y muy conservador en muchos aspectos. Yo siento que a pesar de la educación que él recibió -en un hogar cafetero tradicional- siempre ha entendido que lo más importante es apoyar a sus hijas. Eso es esencial porque el tránsito no es algo que tú hagas sola, sino que lo haces con tu círculo inmediato y en mi caso ese círculo ha sido mi familia. Mi mamá es una mujer maravillosa que a pesar de sus falencias en educación sexual, me ha respetado, me ha amado y me ha impulsado a ser lo que soy hoy”. (Ver: “Dejemos de decir que no queremos hijos LGBT”).

Por supuesto, no todo ha sido color arcoíris en su vida. El hecho de no encajar en el colegio, las dudas sobre sí misma, el proceso de aceptación de su identidad de género así como el tránsito hacia esa Cristina que hoy se reconoce y abraza, forman parte de una época desafiante de su vida.

Mi experiencia en el colegio no fue tan chévere, fue realmente el típico caso de bullying y por eso ahora viéndolo en retrospectiva entiendo por qué yo pasaba tanto tiempo con mi mamá, ella no quería que yo me expusiera a otros niños que podían ser crueles y agresivos. De hecho, al no tener vida social ni otras posibilidades, yo me dediqué a estudiar, así que a los 15 años empecé la universidad y ahí la experiencia fue diferente porque, aunque en un principio mis compañeros eran ignorantes, homofóbicos y transfóbicos, poco a poco yo me fui ganando mi lugar y hoy en día tengo una relación profesional lindísima con la mayoría de ellos”, afirma. (Ver: El bullying por homofobia debe salir del clóset).

Y es que a pesar de ser tan joven, Cristina era la adulta del grupo. Ella recuerda un campamento de fotografía al que asistieron en Salento (Quindío) y una tremenda rumba que hicieron sus compañeros, al punto de que a las tres de la mañana uno de ellos, intoxicado por alcohol, empezó a convulsionar. Como Cristina no bebe y hasta el profesor estaba un poco pasado de tragos, ella fue la que terminó en urgencias cuidando al enfermo.

Ella y sus compañeros vivieron juntos su tránsito. Ella porque a los 18 años por fin estuvo preparada para dar ese paso y ellos porque fueron testigos de ese momento. “Desde mi perspectiva, hacer el tránsito, que la gente me viera cambiar físicamente de manera gradual, crecer como persona, me mostró que nunca se transita sola, que es una transición social y familiar”. (Ver: “Dejemos que nuestros hijos vivan su vida y no nuestros sueños”).

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Basta asomarse por alguna de las redes sociales de Cristina para ver sus fotografías retratadas bajo una mirada profunda y amorosa. Foto: Cristina Rodríguez.

Y aunque su tránsito comenzó durante la carrera de comunicación en la Universidad del Quindío, se hizo oficial durante su primer trabajo en Contacto Escuela de Fotografía. “El momento de decirles a los demás: ‘bueno a partir de ahora llámenme Cristina y usen pronombres femeninos’, llegó cuando trabajaba en Contacto. Siempre recuerdo con mucha emoción que estando allí un día un amigo me preguntó si quería que me llamara Cristina”

Eso, dice, le voló la mente. “Si él siendo un hombre tan tosco, tan parco, podía verme así, ¿por qué el resto del mundo no? Y eso es algo que siempre le voy a agradecer a Leo porque al decirme esto me abrió la perspectiva de pensar que, si mis amigos y mis colegas podían respetarme y quererme como soy, el resto del mundo también. Fue un día muy importante y muy triste también porque ese día murió mi abuela, pero a partir de ahí me cambió la vida”, recuerda Cristina. (Ver: Sí, todo mejora).

Empatía versus odio

Otro hito relevante en la vida de Cristina fue su encuentro con Laura Weinstein, directora ejecutiva del Grupo de Acción y Apoyo a Personas Trans (GAAT), quien falleció en enero pasado tras ser hospitalizada por dificultades respiratorias. Aún con las emociones a flor de piel por la prematura partida de una amiga y colega tan querida, Cristina recuerda que conocer a Laura le “cambió el chip”. (Ver: Laura Weinstein, una fuerza que no morirá).

En el descubrimiento de mi identidad, de entenderme y respetarme como una mujer trans yo no había pensado en el activismo, hasta que conocí a Laura Weinstein. Ver todo lo que ella aportaba con su luz y con su carisma, me inspiró y me hizo ver que yo tenía una posición de privilegio. Así que dije por qué no, por qué no hablar por mí, por las muchas otras personas que están detrás de mí y por todas las otras que también le están poniendo el alma y el cuerpo a esto”. (Ver: La silenciosa lucha de Laura Weinstein).

“Mi meta más grande en la vida es seguir abogando por el reconocimiento y respeto de las identidades trans”.

Increíblemente, en años recientes esa lucha por el respeto de las identidades trans ha tenido que desplazarse al interior de las propias huestes del feminismo debido al surgimiento del movimiento transexcluyente, liderado por mujeres que se dicen “feministas” pero que pretenden negar que las mujeres trans padecen la opresión del heteropatriarcado. (Ver: Feminismo en Colombia: una historia de triunfos y tensiones).

El mensaje de Power Plumas es claro y contundente. Ilustración: Sindy Elefante para Sentiido.

Frente a esta situación, Cristina exhorta a reconocer primero al ser humano. “Hay que hacer un ejercicio de entender que más allá de las teorías y de las definiciones, estamos las personas, los seres humanos atravesados por un montón de situaciones que vivimos. Entonces, más allá de replicar consignas malentendidas del feminismo, tenemos que ver al otro, a esa persona que está al frente mío, que siente, que piensa”.

“Pongamos en ejercicio la empatía y entendamos que los discursos de odio disfrazado de teoría siguen siendo discursos de odio. Ninguna de las grandes referentes del feminismo es transfóbica”.

Para Cristina las posiciones transexcluyentes dentro del feminismo están fragmentando al propio feminismo y beneficiando a la derecha extrema y a los fundamentalismos de índole ultraconservador. “Yo siento que la avanzada antiderechos en el mundo está cada vez más fuerte y que mientras deberíamos estar luchando contra el sistema que nos oprime, estamos agarradas entre nosotras”.

Relaciones significativas

El último año, al desafío habitual de encontrarse con discursos de odio en las redes o con actos de acoso e irrespeto en la vida real, Cristina ha enfrentado como todo el mundo el peso del confinamiento, los excesos del trabajo online y la lejanía de los afectos. Ella es consciente de las cargas emocionales que las personas están acumulando durante la pandemia y de los retos en particular que pueden estar enfrentando personas trans dentro de sus hogares. Por eso cree que es muy importante apoyarse en las relaciones significativas. (Ver: Covid-19 y personas LGBT: respuestas a preguntas frecuentes).

Este año ha sido muy duro. Empecé la pandemia acompañada pero después de un tiempo la relación se acabó y desde entonces he estado muy sola, pues he estado trabajando la mayor parte del tiempo desde la casa. Yo valoro mucho las relaciones personales, tanto familiares, como laborales, como amorosas, como sexuales”.

Y ese es otro reto, dice, que tienen las mujeres trans: “ser una persona visiblemente trans en una sociedad con tanto machismo, con tanta transfobia es muy complejo. Relacionarnos afectivamente con un hombre es difícil y es muy triste, somos vistas como un fetiche. Parte de la experiencia de muchas mujeres trans es que los hombres nos buscan por cuestiones sexuales, pero cuando se intenta establecer una relación afectiva estable, a pesar de sentir una gran atracción o un gran sentimiento por nosotras, esto no se hace realidad” (Ver: Por qué me gustan trans).

“Nosotras también queremos relaciones sanas, que nos aporten, en las que no nos nieguen ni nos escondan, que no nos invisibilizen y que respeten nuestra integridad”.

Otros afectos, muy significativos en su vida, llenan el corazón de Cristina. Se trata de sus hermanas, sus sobrinas y sus gatos. Antes de mudarse a Bogotá, Cristina vivía con ellas en un hogar feminista y felino en el que estuvo de visita brevemente durante la pasada Navidad.

Yo tengo otro hogar con dos de mis hermanas y mis tres sobrinas en Armenia y ya llevábamos un buen tiempo viviendo juntas con nuestros nueve gatos antes de mi traslado a Bogotá. Siento que es un hogar con una perspectiva feminista gigante -mis hermanas son madres solteras- y hemos tratado de educar a las niñas desde esa perspectiva, a la vez que hemos ido creciendo y complementándonos como profesionales, una de ellas es gerontóloga y la otra pedagoga social. La pasamos muy bien juntas, viendo películas, conversando y disfrutando la compañía de nuestros nueve gatos”.

Ilustración: Rowena Neme para Sentiido.

Cristina le agradece a la vida el hecho de vivir una “versión linda” de la experiencia trans en Colombia, pues la realidad de muchas mujeres trans es otra. Pero ella también es consciente de que no sólo los lazos de consanguinidad implican familia. “Históricamente las mujeres trans han tenido que conformar hogares de manera marginal. Muchas veces no lo han podido hacer desde los lazos de consanguinidad porque con frecuencia son arrojadas a la calle y han tenido que conformar su red de apoyo, sus familias, con personas en situaciones similares. Por eso existen las madres trans que te acompañan en diferentes partes de tu proceso. Esa es una figura muy bonita”.

“Las familias no tienen que tener necesariamente lazos biológicos, podemos conformar familia con los amigos, con el marido, con las primas y con los animales que están a nuestro cuidado”.

Todo eso es, para ella, construcción de paz. “La paz en Colombia no es que dos bandos digan ‘cesamos el fuego’ ni un acuerdo de paz. La paz entendida como un proceso social, puede ser liderado por diferentes actores de la sociedad y claramente hay una simbiosis entre la violencia generada por el conflicto armado y los conflictos con la diversidad sexual. Reconocer que la diversidad es un proceso que atraviesa a todas las personas que integramos la sociedad es el granito de arena de quienes nos posicionamos desde lo diferente, lo diverso”. (Ver: María Emma Wills: no son los derechos LGBT y de las mujeres los que están en juego, es la democracia).

Al imaginar un mundo ideal, viene a la mente de Cristina el recuerdo de Laura Weinstein. “Mi utopía es ‘travestilandia’, como decía Laura. Tal vez no sea pronto, pero espero no morirme pensando en que no logramos un mundo en el que se respete la diversidad. Ser homosexual, lesbiana, trans es tan válido como ser cisgénero y heterosexual y antes que cualquier teoría o creencia, somos seres humanos atravesados por una serie de factores. Todos necesitamos un lugar en el mundo, un lugar de enunciación. Esa es mi respuesta tipo Miss Universo”, dice Cristina, seriamente, entre risas.

*Periodista de Sentiido.

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