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Cuando las creencias están por encima de la verdad

Género, diversidad sexual y cambio social.

En el encuentro de mujeres periodistas de Montevideo (Uruguay), en el que Sentiido participó, la periodista brasilera Eliane Brum explicó cómo la suma de fanatismo religioso, autoverdades y pérdida de credibilidad de los medios es una bomba de tiempo en América Latina.

Traducción: Andrea Domínguez*

Cuando las creencias están por encima de la verdad
Jair Bolsonaro fue el primer presidente brasileño que participó en la “Marcha para Jesús”, evento de las personas evangélicas en Brasil. Foto: Marcos Alves – Agência O Globo.

El 3 y 4 de mayo de 2019 tuvo lugar en Montevideo (Uruguay) el seminario “Amenazas a la libertad de expresión en contextos de desinformación – Voces y experiencias de mujeres periodistas y comunicadoras de Europa y América latina”, liderado por la organización Cotidiano Mujer y la Articulación Feminista Marcosur.

En este encuentro, en el que Sentiido estuvo, también participó Eliane Brum, periodista, escritora y documentalista brasilera, colaboradora en The Guardian y columnista de El País de España. Brum compartió su preocupación sobre la crisis que la prensa está viviendo, no solo por el cambio en el modelo de negocio provocado por Internet, sino por su pérdida de credibilidad. También analizó cómo la suma de autoverdades, fanatismo religioso, crisis de los medios y la escasa educación de buena parte de la población se está convirtiendo en una bomba de tiempo en América Latina.

Palabras de Eliane Brum:

Quiero comenzar diciendo: ¡Marielle presente! Hace 414 días que Marielle Franco fue asesinada y aún no sabemos quién ni por qué la mató. Esto es revelador en estos tiempos o tal vez de toda la historia de Brasil. Antes de llegar a lo que hoy vivimos como periodistas o ciudadanas, es necesario recordar que el ataque del bolsonarismo a la prensa sólo tiene el impacto que ha tenido porque la prensa brasileña ya estaba en crisis. (Ver: Brasil: una elección presidencial en tiempos de odio).

En las manifestaciones del pueblo brasilero en junio de 2013 (que tuvieron origen en el aumento de las tarifas del transporte público, sumado al costo de la vida y al gasto público invertido en la realización de la Copa FIFA Confederaciones 2013, la Copa Mundial de Fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016) quedó claro que en Brasil la crisis de la prensa no sólo era por el cambio en el modelo de negocio provocado por Internet. No era apenas una crisis de financiamiento, sino también una crisis de credibilidad, lo que es mucho más serio.

Parte de la población, en especial los más jóvenes, no se sentía representada por los políticos y partidos tradicionales, pero tampoco por la prensa. Iniciativas como Midia Ninja, que transmitió las protestas por Internet, fueron decisivas para que la gente tuviera acceso a narrativas hechas en las calles.

Algunos periodistas de la prensa tradicional solamente pudieron cubrir las protestas desde helicópteros o en lo alto de los edificios porque eran expulsados y hasta agredidos por los manifestantes. Como periodistas debemos señalar la arbitrariedad de expulsar a la prensa, pero también tenemos que escuchar lo que ese comportamiento nos está diciendo.

Las calles de Brasil le estaban diciendo a la prensa: no me representa.

La prensa tiene un papel fundamental en una democracia, y la prensa brasileña, en particular la impresa -que siempre estuvo relacionada con mayor profundidad- está muy frágil desde hace muchos años. Las redacciones son cada vez más pequeñas, los despidos han afectado a los periodistas con mayor experiencia o aquellos imprescindibles en estos momentos porque conocen las trampas en las que tienen que evitar caer en situaciones de tantas presiones.

Son también los periodistas más experimentados los más capaces de hacer resistencia interna porque cualquier redacción es un territorio de conflicto político. Sin embargo, la mayoría de esos periodistas han quedado por fuera.

Cuando las creencias están por encima de la verdad
Eliane Brum es periodista, escritora y documentalista brasilera. Es colaboradora en The Guardian y columnista de El País de España.

En 2013 la prensa tradicional criminalizó a los manifestantes tachándolos de “vándalos”. La mayor parte de los medios publicó reportajes de la operación “Lava Jato” (una de las mayores investigaciones sobre la corrupción imperante en Brasil) no a partir de su propia reportería sino a partir de filtraciones de alguna de las partes interesadas. La cadena TV Globo reprodujo audios privados ilegales de la entonces presidenta del país Dilma Rousseff filtrados por el juez Sérgio Moro, hoy Ministro de Justicia.

Quienes siguen mi trabajo saben cuánto soy y fui crítica de los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) y especialmente del gobierno de Dilma Rousseff por la construcción de la hidroeléctrica de Belo Monte y por su política hacia la Amazonia y los pueblos de la selva. Pero eso no me impide ver que una parte de la prensa brasileña “compró” o adhirió a ciertas versiones presentándolas como “la verdad”. O peor: como la verdad completa.

“Sectores enteros de la prensa brasileña tendrán que dar muchas explicaciones a la historia sobre su papel en el actual escenario de Brasil”.

No es solo el PT el que tiene que hacer autocrítica, la prensa brasileña también. No es que estuviera haciendo un periodismo óptimo y ahora esté siendo atacada por el gobierno de extrema derecha. La prensa había perdido credibilidad. La frase “no me representa” estaba dirigida a los partidos políticos pero también a algunos medios de comunicación.

En el contexto pre-Bolsonaro parte de la prensa brasileña había producido fake news antes de las fake news lanzadas por las milicias de extrema derecha y eso la debilitó cuando era más necesaria que nunca. (Ver: Postverdad: La gente cree lo que quiere creer).

La mayor manifestación contra Bolsonaro fue organizada por mujeres: el movimiento #EleNão y la manifestación del 29 de septiembre de 2018. Pero en WhatsApp los seguidores de Bolsonaro difundieron imágenes de otras protestas, algunas de ellas ni siquiera ocurrieron en Brasil. Había incluso imágenes de mujeres rompiendo símbolos religiosos, lo que nunca ocurrió en la manifestación “Ele não”, pero una parte de la población, especialmente evangélicos que fueron decisivos para la elección de Bolsonaro, creyeron esto. (Ver: La mezcla entre religión y política, ¿inevitable?).

Y esto fue posible porque la mayor manifestación de mujeres de la historia de Brasil durante las elecciones de 2018, fue casi ignorada por la televisión y no fue titular de ningún periódico: las fake news se convirtieron en verdades por la falta de referencia. Las personas tienen razones para dudar de la prensa.

La postverdad se ha convertido en los últimos años en un concepto importante para entender el mundo actual, pero tal vez sea necesario pensar en lo que podemos llamar “autoverdad”: la valorización de una verdad autoproclamada por cada individuo.

“El valor de la autoverdad no está en su relación con los hechos, es una elección de cada quien”.

En el fenómeno de la postverdad, las mentiras que falsifican la realidad pasan a producir verdades, como sucedió con la elección de Donald Trump o la aprobación del Brexit. La autoverdad se articula con ese fenómeno pero sigue otra lógica: la cuestión no está en la sustitución de verdades con mentiras producidas para falsificar la realidad. El valor de la autoverdad está menos en lo que se dice y más en cómo se dice.

Esto puede ayudarnos a entender la resonancia de personajes como Jair Bolsonaro. La profesora Esther Solano, investigadora de las manifestaciones de la segunda década en Brasil, entrevistó a diferentes personas en Sao Paulo para entender el crecimiento de las nuevas derechas. Ella dice: “al comienzo de las conversaciones con los alumnos de uno de los barrios más pobres de Sao Paulo, vimos un vídeo con las frases más polémicas de Bolsonaro. Al final, muchos alumnos estaban riéndose y aplaudiendo, ¿por qué? Palabras de los alumnos: porque él es chévere, porque él es chistoso, porque él dice lo que piensa y no le importa lo que digan”.

Con más de cinco millones de seguidores en Facebook en ese momento, Bolsonaro representaba una derecha que se comunica con los jóvenes, una derecha que algunos jóvenes identifican como “rebelde”, como “contraposición al sistema”, como “una propuesta diferente” y que tiene -según palabras de estos jóvenes- “el valor de decir lo que tiene que ser dicho”, “él es el putas”.

El uso de las redes sociales con vídeos cortos y memes con la figura heroica y el “mito” Bolsonaro con declaraciones irreverentes, fuertes y destructivas son aspectos que les atraen a muchos de esos jóvenes. Si en los años 70 ser rebelde era ser de izquierda, ahora en las palabras de Esther Solano, para muchos de esos jóvenes votar por esa nueva derecha es “cool”. “El bolsomita (como se les llama a los seguidores de Bolsonaro) es divertido, el resto de los políticos no”, dice uno de estos estudiantes.

“El discurso de odio de Bolsonaro se disfrazó en vídeos y memes divertidos que atrajo a muchos jóvenes”

Una estudiante de una de las regiones más pobres de Sao Paulo dice: “él no tiene discurso de odio, sólo está exponiendo su opinión, diciendo la verdad”. Es decir, la opinión de Bolsonaro, la verdad de Bolsonaro, es calificar de “vagabunda” a una diputada y decir que él jamás la violaría por considerarla muy fea. (Ver: Catalina Botero: las críticas se responden con argumentos, no con censura).

La verdad de Bolsonaro es afirmar que su hija menor, entre cinco hermanos hombres, era el resultado de una debilidad. También, su declaración de que sus hijos no se enamorarían jamás de una mujer afro o nunca serían gais porque fueron muy bien educados y que prefería tener un hijo muerto que gay. O que la dictadura mató pocas personas porque ha debido matar por lo menos 30 mil. (Ver: ¿Cómo responder a los insultos en redes contra las personas LGBTI?).

También está su performance cuando votó homenajeando a Carlos Alberto Lustra, uno de los torturadores más sádicos en la historia de Brasil, quien llegó a llevar niños pequeños para que vieran a sus madres siendo torturadas.

Aun así una de las entrevistadas dijo: “él tiene ese modo de ser tosco, brusco de hablar, pero él no quiso decir esas cosas. A veces exagera, se deja llevar por el impulso porque es muy honesto, sincero y no mide las palabras como otros políticos que piensan en lo políticamente correcto y en lo que la prensa va a decir. A él no le importa lo políticamente correcto, dice lo que piensa, pero él no es homofóbico, es su forma de ser”.

Cuando las creencias están por encima de la verdad
En el medio, la periodista y escritora brasilera Eliane Brum, durante el encuentro de mujeres periodistas de Montevideo (Uruguay).

En las periferias de Sao Paulo y en la región Xingú en el Amazonas, en diferentes clases sociales y edades, yo oía frecuentemente una variación de estas frases: “él es honesto porque dice lo que piensa” o “él no tiene miedo de decir la verdad”. Cuando yo cuestionaba el contenido de lo que Bolsonaro piensa, o su verdad, veía una sonrisa divertida, medio cariñosa, medio cómplice de “él es medio exagerado, pero porque es muy sincero”.

Así, Bolsonaro no sería homofóbico, misógino o racista para aquellas personas que lo siguen sino apenas “un hombre de bien ejerciendo la libertad de expresión” y es muy importante que observemos eso: para esas personas eso es libertad de expresión y en ese contexto la prensa amenaza su libertad de expresión al señalar la violación de derechos que Bolsonaro comete. (Ver: Catalina Botero: las críticas se responden con argumentos, no con censura).

“adjetivos que aparecían al lado de Bolsonaro en la óptica de sus electores: sincero, auténtico, honesto y políticamente incorrecto. Esto último como elogio”.

Aunque lo que Bolsonaro decía obviamente influenciaba el apoyo de su electorado, me parece que él fue más beneficiado por el fenómeno que yo estoy aquí llamando “autoverdad”: donde el acto de decirlo todo y la manera cómo se dice parecen más importantes que el contenido. La estética es decodificada como ética.

Por eso para tantos de sus electores fue posible desconectarse del contenido real de sus declaraciones. Por eso, tantas personas votaron por él diciendo que él no haría lo que decía que haría. Por eso es tan difícil que la deconstrucción de su contenido tenga efecto sobre sus electores. Ese es el gran desafío para la prensa.

Cuando la prensa mostraba que Bolsonaro fue un diputado mediocre que se ganó su salario haciendo casi nada en el Congreso, cuando mostraba que no tenía nada de nuevo sino que era un político tan tradicional como otros o hasta más tradicional que muchos, cuando la prensa mostraba que faltaba consistencia en su discurso así como un proyecto que justificara su disputa por la presidencia, esos reportajes tuvieron poco o ningún efecto sobre sus electores porque el contenido poco importaba.

Las agencias de chequeo de información (fact checkers) son un buen instrumento para combatir las noticias falsas, las fake news y una buena herramienta para combatir la postverdad pero poco funcionan para combatir la autoverdad o esa elección personal. La lógica en que opera la prensa, que es la lógica del contenido, no toca a Bolsonaro porque su electorado opera en una lógica distinta. Así, los instrumentos disponibles para exponer verdades y hechos no funcionan.

Este no es un fenómeno exclusivamente brasileño. Pero en Brasil hay una particularidad que, creo, impacta en forma decisiva la autoverdad: el crecimiento de las iglesias evangélicas fundamentalistas -las neopentecostales- y su narrativa del mundo a partir de una lectura premeditadamente tosca de la Biblia. (Ver: ¿Qué dice la Biblia realmente sobre la homosexualidad?).

“La retórica del bien contra el mal atraviesa fenómenos como la bolsonarización del país”.

Aunque los pastores fundamentalistas exalten “la persecución del pueblo de Dios”, la práctica muestra exactamente lo contrario: son ellos quienes persiguen a las personas LGBTI y las mujeres. Y en algunos casos de racismo son ellos quienes persiguen a los negros y a los indígenas. Pero los hechos no importan. Lo que importa es la retórica y la forma. La autoverdad atraviesa el discurso fundamentalista con estética.

El milagro aquí es justamente hacer que la estética sea convertida en ética. Formados en esa narrativa bíblica, una generación de brasileños es capaz de leer o ver un reportaje de prensa mostrando verdades que a Bolsonaro no le gustaría que salgan a la luz e interpretar, únicamente, que él está siendo perseguido. El contenido no importa cuando el que cuestiona es automáticamente un enemigo capaz de usar cualquier mentira para atacar a “un hombre de bien”.

Bolsonaro se vuelve un perseguido en la lucha del bien contra el mal, lo que tiene todo el sentido para quien es bombardeado por una visión maniqueista bíblica del mundo. Productos de entretenimiento como las novelas y las películas supuestamente bíblicas de una red de televisión como Record, colaboran para formatear una determinada mirada sobre la vida. Ese es el mecanismo que se ha propagado por Brasil y que se ve intensamente beneficiado por la tragedia educativa brasileña.

“Si alguien solo ve el mundo de un modo no es capaz de verlo de ningún otro. No hay más interpretación”.

No es casualidad que la escuela pública, tan desvalorizada y desprestigiada, esté sufriendo un brutal ataque representado por el movimiento político e ideológico llamado “Escuela sin partido”. El pensamiento múltiple y el debate de las ideas son los principales instrumentos para devolverle la importancia a los hechos y al contenido así como volver a poner en su lugar la cuestión de la verdad.

Pero este no es un riesgo que los protagonistas de las nuevas derechas quieran correr. En el juego de las apariencias su truco es siempre el mismo: hacer un movimiento ideológico afirmando que es “para combatir la ideología” y actuar políticamente pero definiéndose como anti-políticos. Esa máscara sólo funciona si aquel a quien el mensaje está dirigido renuncia al pensamiento a favor de la fe.

“La retórica supuestamente bíblica está educando a aquellos que no están siendo educados”.

Ya existe una generación formada en la adhesión a la política por la fe. Esa es la gran jugada de los actuales protagonistas de la articulación religiosa-militarista que figuras como Bolsonaro representan: el único contra el mal, ungido por las personas de bien, dispuestas a linchar al que se atraviese en el camino.

Al final si la lucha es del bien contra el mal, no solamente todo es permitido sino también bendecido. No hay nada más peligroso que un elector que crea ser un instrumento de Dios absuelto previamente por todos sus actos aunque estos sean sórdidos y hasta criminales.

Como la ley que vale no es la terrenal y laica, sino aquella dictada desde lo alto, todo es permitido porque supuestamente Dios estaría actuando. Pero hay algo posiblemente más destructivo: la religiosización de la política que tiene como primer efecto la política de la antipolítica. Es cierto que la campaña electoral de Bolsonaro se benefició de la crisis económica, del crecimiento de la violencia y de la producción de miedo, pero su fuerza vino de una población entrenada para adherir por la fe a lo que no tiene que ver con la fe.

Si el imperativo es creer, la adhesión ya está garantizada no importa el contenido del discurso, desde que la dramaturgia garantice entretenimiento y espectáculo. Que nadie se engañe: una parte significativa del electorado brasileño está formada por creyentes, y cuando hablo de creyentes no me refiero solamente a adeptos a una religión. Incluso hay ateos hoy en Brasil que adhieren a la política como creyentes.

El desafío impuesto tanto por la postverdad como por la autoverdad es devolverle la verdad a la verdad. En este contexto el desafío de la prensa es reubicar la importancia de los hechos y recuperar la credibilidad perdida. Un desafío enorme para una prensa que tantas veces traicionó al público y que corrompió los hechos, pero es un desafío urgente y posible si la prensa se dedica a hacer periodismo.

“La buena noticia es que antes del horror del gobierno Bolsonaro, una pequeña parte de la prensa brasileña ha hecho periodismo como hacía mucho tiempo no se hacía”.

Solo quiero agregar lo que está pasando en la Amazonia brasileña. El principal objetivo del gobierno Bolsonaro es abrir la selva, las tierras protegidas de los pueblos de la selva para el ganado, la soya, la minería y las grandes obras. En tres décadas 18% de la selva ya fue destruida. El punto de no retorno puede acontecer entre 20% y 25% de su destrucción.

Estamos viviendo el mayor desafío de la historia humana: la crisis climática. Los científicos ya mostraron que tenemos 11 años para intentar detener que el planeta se caliente más de un grado y medio, que es muy difícil de evitar. Esto va a marcar la diferencia entre vivir en un planeta malo y uno hostil y esta diferencia es muy grande, especialmente para las personas más pobres.

Hoy los movimientos en la Amazonia son mayoritariamente de mujeres y ellas están siendo amenazadas y asesinadas. Es muy importante mirar hacia el Amazonas, denunciar lo que Bolsonaro está haciendo porque la destrucción del Amazonas no es un problema de Brasil: si el Amazonas es destruido no hay posibilidad de detener el calentamiento global y todos estaremos jodidos.

Una última provocación. En Brasil la mitad de la población es negra y casi no hay negras en la prensa brasileña, tanto en la gran prensa como en la independiente. Y el género está atravesado por la cuestión racial: eso no puede ser olvidado.

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* Periodista. E-mail: andreacotela@gmail.com

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