Inicio Blogs Jorge Parra Del activismo LGBTI y sus demonios (II parte).

Del activismo LGBTI y sus demonios (II parte).

Consultor en Derechos Humanos. Ha trabajado con instituciones del Estado, organizaciones de Cooperación Internacional y Naciones Unidas. |La opinión de los colaboradores es personal y no compromete a Sentiido ni a institución alguna|

Aunque la idea no es exterminarlos, vale la pena caracterizar otros demonios del activismo LGBTI. Están, por ejemplo, los que se mueven por ambición más que por convicción, los andrajosos, los dorados, los televisivos… 

activistas LGBT reconocidos de Colombia
Algunos de los demonios del activismo LGBTI. Foto:Dan Machold.

Tras mi anterior columna, me quedé pensando que existen otros demonios que rondan y conviven dentro del activismo LGBTI. Nunca se logrará una descripción taxonómica exhaustiva (dicho más simple: hay mucho demonio y poco espacio para escribir), por lo cual quiero mencionar unos cuantos más que he ido encontrando en el camino y que al ser conocidos e identificados, espero que puedan ser transformados (soy hippie de corazón).

Hay un demonio de un solo ojo, una sola mano, una sola boca, un solo estómago y un solo pie. Suele tener varios años y en esos tantos ha mostrado su único miembro ante la comunidad, ante el Estado y ante la cooperación internacional. Lo ha hecho a tal punto que muchos sospechan que es el único o única que trabaja en su organización.

Los años han ido pasando y a su lado no ha crecido ni el pasto, porque se ha inflado de tal manera que ha opacado a cualquiera que intente crecer a su lado, a pesar de que se lucra del trabajo y energías de otros.

Este demonio es muy dañino porque desprestigia los procesos comunitarios, no logra empoderar nuevos liderazgos y por lo general se mueve por ambición más que por convicción: ha encontrado una forma de vida que no puede coexistir con procesos más horizontales, pues con ello perdería poder y protagonismo.

En el mismo barrio de este demonio, hay otro muy parecido. A veces se funden y forman uno solo: el andrajoso. Este demonio se ve muy sucio, con aspecto lamentable, y esto se complementa con su discurso. Apela a la condición de víctima, siempre hay situaciones muy tristes a su alrededor, habla por aquellos que “no tienen voz” y mantiene su mano extendida para las donaciones.

Organiza proyectos pequeños de los cuales no muchos conocen los resultados y menos los impactos. No muestra historias de éxito, sólo historias de dolor. No propone soluciones estructurales, solo paliativos de corto y quizás mediano plazo.

Su vecino, con el cual se fusiona a ratos, es el demonio dorado. Está vestido con ropa costosa, relojes costosos, habla varios idiomas y es muy sofisticado. Se codea con embajadores, políticos y empresarios, les habla al oído y los convence de crear proyectos que suenan muy bonitos y que benefician a un grupo reducido a su alrededor.

Son demonios pequeños que se revisten de una apariencia muy agradable pero que no pasan de hablar de situaciones críticas y de proponer alternativas muy cortas, que se venden muy bien en brochures de cooperación internacional pero no transforman la realidad de las personas LGBTI más necesitadas de apoyo. Dan conferencias sobre la crisis humanitaria y, cuando levantan el puño para denunciar, aparece su reloj bonito y reluciente.

Este demonio tiene un primo muy cercano: el televisivo. Le encanta salir en medios, dar declaraciones, apariciones públicas, ir a eventos, codearse con gente de la farándula, robarse el protagonismo de las causas. Cuando se organiza una marcha está en primer lugar, cuando hay elecciones se viste con la bandera del orgullo LGBT y se la pinta en sus mejillas.

Este es un demonio simpático, porque resulta funcional para la causa, ya que la posiciona públicamente, pero lo que genera dudas es cómo se articula con el movimiento LGBT, cómo lee sus demandas y cómo las transforma en políticas públicas o en asuntos concretos. Invierte (por no decir que despilfarra) tanto tiempo en los medios que no se entienden bien a qué horas hace algo de “verdad”.

“Nadie me da la talla”

Y para cerrar la calle del horror, está el demonio de la boca grande. El que critica todo, nada está bien, todo es una porquería, nadie es inteligente, nadie ha logrado hacer algo de verdad y, sobre todo, nadie le da la talla. Este demonio tiene la boca grande, pero los dedos cortos, los pies pesados y el cerebro pequeño.

La crítica solo le sirve para descargar la frustración y el hastío pero no puede proponer algo concreto. Incluso ha tenido la oportunidad de hacerlo, pues una boca grande logra llamar la atención. Pero cuando ha llegado a cargos o espacios, evidencia sus miembros débiles y no da el paso siguiente a la crítica: la propuesta. O incluso, no es una crítica estructurada, orientada a llamar la atención sino al sabotaje.

Estos demonios pueden coexistir simultáneamente en un mismo cuerpo, en una misma organización y en un mismo espacio. Pueden ser muy problemáticos al momento de crear alianzas o de darle forma al “movimiento” o a la “comunidad” LGBTI. Son quienes a veces dan una mala impresión a los detractores, y dan lugar a que concejales de la familia hablen de una “comunidad” violenta, ineficiente e inútil.

La reflexión sobre estos demonios nos debe alertar sobre cómo lidiar con ellos o cómo usar su energía en estrategias más amplias que partan de la sinceridad. No es posible convivir con demonios esquizofrénicos: pasan de su condición de victimarios a la de víctimas fácilmente, pues se sienten perseguidos por sectores contrarios a su forma de ser o de pensar y motivan el fraccionamiento de nuestro ya débil movimiento.

No existen exclusivamente en el sector LGBTI, también se pueden ver en cualquier otro, no son la mayoría (pues no conozco el primer estudio cuantitativo que permita decirlo) ni son exclusivos a “nuestra forma de ser” (“como las personas LGBTI son conflictivas es muy común verlos”, tampoco conozco un estudio cualitativo que permita decirlo).

Por tanto, puede aprenderse de otros sectores sobre cómo coexistir con ellos, pues tampoco abogo por su exterminio. Estos demonios responden a procesos históricos, sociológicos y políticos que les dieron forma y por ello es necesario entenderlos y así transformarlos a ellos/as y al resto de activistas.

Ser conscientes de la importancia de usar el título de “Defensor de Derechos Humanos” es el primer paso. Este no es sólo un rótulo, es un compromiso de vida, que implica capacitarse, dialogar con bases comunitarias, ampliar y fortalecer nuevos liderazgos.

No es un negocio, no es un estilo de vida. Podemos serlo todos y todas, reconociendo la trascendencia del título y las formas menos corruptas y menos politiqueras que el medio colombiano nos ha mostrado en su completo esplendor.

Confío en un movimiento LGBT más fuerte, que pueda tener agendas comunes y que vaya más allá de lo que vemos acá y ahora, que logre aprovechar al máximo el momento político que vivimos y sobre todo, que le sepa responder a los opositores de nuestra causa de qué estamos hechos.

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