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Del activismo LGBTI y sus demonios

Consultor en Derechos Humanos. Ha trabajado con instituciones del Estado, organizaciones de Cooperación Internacional y Naciones Unidas. |La opinión de los colaboradores es personal y no compromete a Sentiido ni a institución alguna|

Para continuar la “primavera” por la que atraviesa el movimiento LGBTI en Colombia, los activistas vinculados a cargos públicos, ONG  y administraciones, no deberían dejar a un lado su capacidad crítica y de resistencia.

el lado negativo de ser activista

Hay veces en que uno anda cansón. Hay una molestia sobre lo que sucede, lo que observa, lo que siente y lo que le afecta. Pues bien, esa molestia la he venido sintiendo en los últimos meses respecto a la defensa que se hace en el país de los derechos humanos de las personas con orientaciones sexuales e identidades de género diversas, que para fines prácticos llamaré LGBTI.

Tras muchos años de presión, constante denuncia y articulación nacional e internacional de organizaciones, movimientos, colectivos y otros ejemplares de la sociedad civil, hemos llegado a una época en la que no sólo podemos hablar de personas LGBTI, de nuestros derechos humanos, de su protección, defensa, respeto y promoción, sino de una “primavera LGBTI”.

Esta ha florecido en el seno de las Naciones Unidas, con el Secretario General y la Alta Comisionada como sus más férreos activistas. También en varios países que han aprobado leyes respecto al Matrimonio Igualitario y para la protección de las personas LGBTI frente a ataques a su dignidad.

Colombia ha sido parte de esta primavera LGBTI. Ahora tenemos: una Corte Constitucional que con sus limitaciones ha ido emitiendo jurisprudencia favorable para nosotros y nosotras, un Vicepresidente de la República comprometido (al menos de dientes para fuera), un Programa Presidencial de Derechos Humanos que nos escucha y emprende algunas medidas, un Ministerio del Interior que está diseñando una política pública LGBTI (con mucha oscuridad a su alrededor), un Ministerio de Relaciones Exteriores que promueve la agenda en Nueva York y Ginebra (Sedes de la ONU) y alcaldías que han diseñado e implementado políticas públicas que van desde el esfuerzo bogotano hasta el desfallecimiento de Medellín y los embriones en Barranquilla y Valledupar, entre otros.

Parece que este panorama es el punto final de la lucha. ¿Lo logramos, compañeros y compañeras? No. Colombia es el país de un paso adelante y catorce para atrás. Y a veces no es un asunto del Gobierno solamente. A veces es el movimiento LGBTI el que pareciera darlos. Y esto es lo más preocupante, pues en últimas con los Gobiernos uno está preparado para que así suceda, y esa es la lucha más constante. Pero la del movimiento sí es agobiante porque es un ciclo repetitivo que desgasta el alma de los y las activistas.

Las lógicas políticas que se han visto últimamente en el país están marcadas por una sentencia fulminante: “Si tanto critica, si tanto le molesta, venga y hace a ver si es tan fácil”. Y el resultado ha sido que muchos/as activistas se hayan ido a trabajar a cargos públicos. Acá viene el demonio número uno: almas críticas moribundas (“pues en últimas usted está acá y como le pagamos ¡no joda!”).

Esta lógica tiene otra arista: las ONG o activistas que se convierten en prestadoras de servicios para los gobiernos nacionales o locales. Se crea así un nuevo demonio: el muerto viviente, pues “tenemos que sobrevivir y para eso no contradecimos lo que se dice o hace”.

Ambos demonios surgen de una característica fundamental del escenario político: se deben mover por resultados, indicadores, luchas políticas con adversarios/as, el posicionamiento de una agenda y, finalmente, la supervivencia de quienes se encuentran en cargos de poder. Es decir, en este paisaje de demonios, hay jerarquías y los más altos necesitan alimentarse de los más pequeños.

Entonces, ¿usted está “satanizando” a todos y todas quienes están en cargos públicos? No. Este no es el propósito de este escrito. Creo que es posible coexistir armónica o conflictivamente entre activistas y funcionarios públicos. Hay formas de colaborar sin perder la libertad de expresión y de asociación y la capacidad de disentir y criticar.

Esta discusión me hace pensar en los avances en el derecho internacional, en los que no se  puede argumentar que uno comete delitos por seguir órdenes de un superior. Si usted lo cometió, usted responde en la justa proporción al daño infligido.

Pues bien, si uno en ejercicio pleno de su autonomía, decide involucrarse en procesos que sabe que no son idóneos, que van en contra de sus valores, que atentan contra la gente o que no son sostenibles: reaccione, critique y levántese. Y usted como funcionario público recuerde que los seres humanos no perdemos nuestros derechos por ser funcionarios, prestadores de servicios, consultores u otro tipo de persona en subordinación laboral remunerada.

En Colombia hemos avanzado muchísimo en la defensa de nuestros derechos. Pero hasta ahora comienza la etapa de concretar y profundizar los logros y de encarar los retos, que no son insignificantes, trazados por quienes se oponen, cada vez de manera más furibunda, a nuestras conquistas.

Por ello, resulta urgente desarrollar capacidades de liderazgo, defensa y promoción de derechos humanos, participación política, auditoría social y sobre todo ética,  para no convertirnos en demonios y poder disfrutar y prolongar la “primavera LGBTI” en todos los rincones del país y del mundo.

PD: Sobre las dudas de qué podemos hacer para respaldar a nuestros hermanos y hermanas en Uganda, Rusia, Nigeria u otros países que promulgan leyes anti LGBTI, necesitamos reflexionar y articularnos más, para generar presiones a través de la Cancillería o de organizaciones de sociedad civil internacional. Al final, un ataque contra cualquier persona LGBTI en cualquier lugar del mundo, es un ataque contra todos y todas.

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