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El día en que me puse en los zapatos de ellas

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Un lector de Sentiido decidió, literalmente, ponerse en los zapatos de ellas. Aunque esto le generó ampollas en sus pies, ese día entendió parte de la carga que la sociedad intenta imponerles a las mujeres.

Por William Andrés Silva.

ponerse en los zapatos del otro
El día en que me trepé en los tacones de ellas, nació otra persona. Una a la que le encanta transgredir, que lucha contra los prejuicios y que ama enfrentar a la gente con sus propios miedos y odios. Foto: Archivo / La Chiki.

Finalizaba el mes de octubre. Eran días muy ajetreados de entrega de trabajos en la universidad donde estudiaba. Recuerdo que recibía llamados de atención de mis jefes y burlas de mis compañeros de oficina porque a veces me dormía en mi puesto de trabajo.

Por ese entonces, una noche, entre chiste y chanza, surgió una idea curiosa con mis amigas de la universidad. “¿Por qué no te vistes de mujer?”, me preguntó una de ellas. Por no negarme al reto y de paso romper esquemas y desmontar prejuicios, le dije que sí. Así que empezamos a planear cuándo y cómo tendría lugar este hecho.

Para facilitar la situación, escogimos el viernes 31 de octubre. Ese día, por presión de algunos, la clase en la universidad terminó a las 9 de la noche. Cuando salimos pensaba que ya no lo haría, que el tema se había olvidado, hasta que una de mis amigas -quien llevaba la pinta que usaría- me preguntó: “¿No me hiciste traer todo esto para nada?”

Entonces, con nerviosismo, me apoderé con firmeza de unos zapatos de ocho centímetros de tacón (aunque sin medias para que mis pies cupieran). Me ubiqué a plena vista del público justo en frente de una de las sedes de la universidad La Gran Colombia.

¡Cuánto había crecido! ¡Dios, qué alto me sentía! Giré hacia donde estaban mis amigas y otros tres compañeros, quienes sin parpadear, con la boca abierta y sin pronunciar palabra, no daban crédito a lo que veían.

Con una amiga en cada brazo caminé sin bastón y lo mejor que pude hacia la Estación Universidades de Transmilenio para regresar a mi casa.

El camino estuvo lleno de halagos por parte de mis amigas. La reacción de la gente me dio mucha fuerza para seguir caminando. Amé sus caras de asombro, crítica y burla. Algunos grupos de hombres detenían sus actividades para mirarme, señalarme y hablar de mí.

Esa noche nació otra. Sí. Nació otra persona. Nació este personaje al que le encanta transgredir, que hoy lucha con más fuerza contra los prejuicios y que que ama hacer enfrentar a la gente con sus propios miedos, odios y juicios.

Ese día nació un hombre más activista y más comprensivo con la carga que la sociedad intenta imponerles a las mujeres. Llegué a la estación con ampollas en cada pie y con ganas de caminar descalzo.

Este fue un ejercicio de, literalmente, ponerme en los zapatos de ellas. Incluso pensé: si a la gente no le gusta, en últimas el odio, la discriminación y los prejuicios me motivan para seguir luchando y tener una misión más clara en la vida. Finalmente, si resistí críticas parado sobre ocho centímetros de tacón y no me caí, ya no me caeré.

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