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El día en que me reconocí como lesbiana

El día en que me reconocí como lesbiana, abracé mi libertad

El día en que logré romper las cadenas que coartaban mi libertad y pude reconocerme como una mujer lesbiana, sentí que salí de una cárcel para tener una vida más auténtica y feliz.

Por: Laura Henao Jaramillo*

A los 17 años me di cuenta de que me gustaban las mujeres. Sentí miedo, vergüenza y confusión. No se lo dije a nadie pero a los 18 años decidí empezar terapia psicológica porque me sentía muy nerviosa y triste. El enfoque de esa terapeuta era psicoanalítico y durante el proceso tuve un recuerdo muy doloroso: cuando tenía 4 años, el conductor del bus del colegio abusó sexualmente de mí.  

En medio de la terapia empecé a desarrollar dolores muy fuertes de columna, me autolesionaba y sentía un dolor profundo en mi alma. Después de dos años de terapia, logré sanar la herida del abuso y pude hablarle a mi psicóloga de mi orientación sexual. (Ver: Mi proceso de aceptación del abuso sexual).

A los 21 años le conté a mi hermana, quien me apoyó. Pero yo seguía mal, no le encontraba sentido a mi vida, así que empecé a ir a psiquiatría. Mis papás se enteraron de mi orientación sexual, perodurante cinco años no se habló del tema. Yo seguí con dolor de columna, fibromialgia, trastorno de ansiedad, depresión, migraña, autolesiones y colon irritable. (Ver: De eso no se habla).

“La psicóloga me apoyó en el proceso de aceptación de mi orientación sexual, pero sentía mucho miedo”.

“Todos los seres humanos tenemos derecho a expresar nuestra orientación sexual e identidad de género y a que esta parte de nuestra identidad sea respetada”.

El día en que me reconocí como lesbiana

A los 26 años decidí viajar a Estados Unidos a trabajar de niñera en una casa y se me abrió el mundo, descubrí que las personas homosexuales sí tenemos espacio. A los dos meses decidí devolverme a Colombia con la firme intención de hablar con mis papás. Quería que ellos escucharan de mí: “soy lesbiana y no voy a seguir escondiéndome”. No fue fácil, pero poco a poco ellos fueron entendiendo que mi orientación sexual es una posibilidad más y que puedo seguir adelante con mis sueños. (Ver: “A mi yo de 12 años le diría: eres perfecta como eres”).

Desde hace 8 años empecé a hacer mandalas tejidos y coloreados, práctica que me ha ayudado mucho en mi proceso de sanación y liberación. Ahora estoy sin dolor de columna, llevo dos años y medio con mi novia a quien mis papás y mi familia quieren y tenemos planes de casarnos. Sigo en terapia psicológica y psiquiátrica, pero me siento libre y veo la vida con color. (Ver: Miguel Rueda y su apuesta por el amor).

Todo cambio cuando entendí que mi libertad dependía única y exclusivamente de mí, que cada ser humano es un mundo distinto y vive su orientación sexual e identidad de género como lo siente, por supuesto, sin hacerle daño a nadie. Estar en el clóset es estar en una cárcel siendo inocente, es sentir de manera permanente un nudo en el estómago y los músculos y la mandíbula tensionados. Implica fingir todo el tiempo ser alguien que uno no es por complacer a los demás en lugar de estar a gusto con uno mismo. Estar en el clóset es sentir culpa y vergüenza por ser uno. (Ver: Sí, todo mejora).

El día en que pude quitarme las ataduras y reconocerme como una mujer lesbiana, logré romper las cadenas que estaban coartando mi libertad, ¡salí de una cárcel! Y pude tener una vida más linda y placentera. No fue un camino fácil, pero valió la pena. Mi invitación es a que, en la medida en que cada quien pueda hacerlo, vaya soltando esas ataduras, se quitarán un enorme peso de encima y verán un mundo en el que sí cabemos.

* Psicóloga.

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